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Educar en comunidad

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Lourdes Michiqué

Nacida hace cuatro décadas, la escuela cooperativa Amuyén propone enseñar a través de la experiencia y el aprendizaje colectivo. Apoyo del Banco Credicoop.

En conjunto. Familias de alumnos junto al equipo de trabajo de la escuela, en una jornada dedicada a tareas de mantenimiento.

Foto: Juan Manuel Quintanilla

En un contexto donde muchas veces la educación se piensa desde estructuras rígidas, la Escuela Amuyén (Cooperativa Tierra Nueva), de Mar del Plata, propone algo distinto: una experiencia construida colectivamente, donde enseñar y aprender también implica participar, decidir y sostener un proyecto en común. Ubicada en la avenida Constitución de la ciudad balnearia, nació a mediados de los años 80, cuando un grupo de familias del barrio decidió que quería otra educación para sus hijos e hijas. Así, primero formaron la cooperativa y luego la escuela. Hoy, en el año en el que van a festejar el 40º aniversario, ese espíritu sigue vigente, con una propuesta educativa de todos los niveles: jardín, primario y secundario.

Romina De Tullio, actual directora del nivel inicial, lo resume desde su propia historia: «Empecé como mamá, sin entender bien qué era esto de una cooperativa. Después concursé, quedé como docente, y desde ahí no me moví más». Su recorrido refleja algo que se repite: la escuela no es solo un espacio educativo, es también un lugar de pertenencia.

El proyecto se sustenta en dos pilares claros: el cooperativismo y el constructivismo. Esto no queda solo en lo discursivo, sino que atraviesa la vida cotidiana. «Las rondas de intercambio son fundamentales –cuenta Romina–. Es el momento donde la palabra circula, donde aprender a escuchar es tan importante como hablar».

Esa lógica también se ve en los talleres cooperativos, donde chicos y chicas eligen qué hacer: teatro, cocina, construcción de juguetes. No hay uniformes, no hay manuales tradicionales y las aulas se organizan en mesas compartidas. «Es como una casa –dice–, si no hacemos en equipo, no funciona». En primaria, la dinámica se profundiza. 

Mariela Morales, actual directora del nivel, llegó en 1999 desde Tucumán buscando horas de trabajo docente y encontró algo más: «Acá el rol no cambia la esencia. Todos vamos hacia el mismo objetivo». Esa idea de comunidad se traduce también en el vínculo con las familias. «Es una escuela de puertas abiertas. Si una familia tiene una inquietud, se atiende en el momento, no dentro de una semana», explica Mariela. Y agrega algo que suele generar dudas desde afuera: «Somos una escuela oficial de la Dirección Provincial de Escuelas. Los contenidos están, pero se abordan con otra mirada y nuestra impronta». El rol de las familias no es accesorio. Es estructural. A diferencia de otros modelos donde la participación se limita a reuniones esporádicas, acá las familias gestionan la escuela. Juan Manuel Molina, presidente del Consejo de Administración, lo cuenta desde su experiencia: «Llegué sin entender mucho, como muchas familias. Pero lo que me atrajo fue eso: una escuela que invita a ser parte».


Codo a codo
El Consejo –integrado por madres, padres y familias– se encarga de la gestión administrativa: desde los recursos hasta el mantenimiento. «Somos 14 miembros, elegidos en asamblea. Todo es ad honorem»,explica. Y no es el único espacio: existen también los «departamentos», donde se articulan cuestiones pedagógicas, salidas, eventos y la vida cotidiana escolar. Esa participación implica un cambio de lógica. «No sé si es cambiar el chip –reflexiona Juan Manuel–, pero sí activar algo. Entender que la escuela también es responsabilidad de quienes la habitamos». El quehacer cooperativo también llevó a Amuyén a vincularse con otras entidades del sector como el Banco Credicoop, con el que operan desde hace años a través de la filial 089. Este año recibieron de parte de la filial la donación de un equipo de audio para sumar a los elementos pedagógicos del establecimiento.

Para quienes pasaron por Amuyén, la experiencia deja huella. Pablo González fue alumno en los primeros años de la escuela y hoy es padre de una estudiante que ahora está en secundario. «Hay una cuestión emocional, claro, pero también una decisión: el tipo de formación que queremos. Acá se aprende a decidir, a construir con otros». Las jornadas de mantenimiento son un buen ejemplo de ese espíritu: familias, docentes y estudiantes trabajando juntos pintando, lijando y limpiando las instalaciones: «No es solo arreglar la escuela –dice Pablo–, es encontrarse, compartir, generar vínculos». En tiempos donde muchas instituciones atraviesan dificultades para sostener lo colectivo, la experiencia de Amuyén muestra otra posibilidad. Una escuela donde educar no es solo transmitir contenidos, sino también construir comunidad.

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