24 de junio de 2026

Tarde invernal o de varios climas juntos en la mesa del bar.
–Tobías de mi karmasutra, ¿vos me querés a mí?
–Sí, Rebequita, a mi, a fa, a sol, hasta a re sostenido te quiero; aunque te pongas en «dominante de mi» siempre tendrás mi si, sin bemoles.
–Ay, Tobías, entonces te voy a hacer una pregunta más. ¿Vos a quién querés más, a mí o a Messi?
–¡Pero Rebequita de mis tonalidades subcromáticas! ¿Qué clase de pregunta es esa?
–Una interrogativa directa con sujeto concreto, Tobías. Y vos estás usando el ablativo declinatorio para evitar el compromiso sin objetos indirectos.
–Uy, ¡estás filóloga! Me gusta cuando te invade el metalenguaje.
–Y a mí no me gusta cuando callas porque estás como ausente, Tobías. ¿Tanto te cuesta decir que me querés?, ¿pero a Messi lo querés más todavía?
–¡Es que no es cierto, Rebequita de mi área penal!
–Y entonces, ¿por qué te escuché gritar: «¡Vaaamos Messi, dale Messi, siiiii!»?
–Pero era una jugada de un partido de fútbol, Rebequita de mis dolores.
–¡Uy, Dios! Ya no sabés qué excusa inventar para ocultar tu doble vida.
–¿Qué doble vida, Rebequita, qué doble vida? ¡Yo no tengo ninguna doble vida! Te digo más, nadie tiene doble vida. Y los que la tienen es porque con una sola vida no les alcanza para llegar a fin de mes.
–Ah, bueno, ¡ahora te agarró la veta socioeconómica!
–¡Rebequita, pará un poco! ¡No podés transformar un minuto de excitación futbolera en un escándalo amoroso gastrointestinal!
–¡Pero vos le gritabas a Messi de una manera salvaje como jamás me gritás a mí!
–Pero es que estamos en el Mundial, Rebequita, y en el Mundial me transformo, me sale el Dr. Hyde futbolero que todos llevamos dentro.
–¿Vos decís que te pasa como eso de los lobizones, pero no en las noches de luna llena sino una vez cada cuatro años?
–No sé, Rebequita, me parece que es algo que nos pasa a muchos, muchas, muches y buches. De pronto una pelota circula en el pasto verde y los seres humanos nos volvemos peloteros.
–Peloterudos, diría yo, Tobías. Imaginate que yo estuviera en peligro cual princesa de cuento, en las fauces de un dragón fogoso, y te llamo para que me salves, vivamos felices y comamos perdices; pero vos me decís «¡Esperá, esperá que está atacando Argentina, sí, sí, siiii gooooooool!» y cuando te das vuelta y venís a socorrerme, el dragón ya me hizo hamburguesa.
–Eso sería imposible, Rebequita.
–¡Porque vos dejarías de mirar para venir a salvarme, amor mío!
–No, ¡porque el dragón no te haría nada hasta ver cómo termina la jugada!
En fin.
