10 de agosto de 2026

Un reclamo renovado. Tras la bandera desplegada por la selección en el partido contra Inglaterra, la causa Malvinas ganó fuerza en la sociedad.
Foto: Guido Piotrkowski
En el plano de la política vivimos días intensos en los que se manifestaron contradicciones muy importantes entre la iniciativa política del Gobierno y la oposición. Resulta insoslayable ‒a la vista de los resultados‒ que el Gobierno sufrió en el Congreso una importante derrota en su iniciativa relacionada con la enajenación de tierras. Por cierto, no se puede dejar de mencionar que todo el establishment, tanto local como extranjero, apoyaba esta propuesta promovida por el presidente y su ministro de Desregulación. Fuera del Congreso se generó otra situación política y social a partir de la amplia convocatoria que se hizo, no solo en Buenos Aires sino en una gran cantidad de ciudades del país, en torno al rechazo de este proyecto.
En ese sentido, no hay duda de que influyó la ola de recuperación nacionalista a partir del famoso «trapo» que los jugadores de la selección argentina desplegaron en el césped en el partido del triunfo ante los ingleses.
Esa imagen permitió el retorno inesperado de un sentido nacional potenciado por un antiextranjerismo cuya raíz cultural se remonta tanto a la maestra de la escuela que en el primer día de clase escribía en el pizarrón «las Malvinas son argentinas» como a los clubes de barrio en los que se iniciaron los mismos jugadores que levantaron la bandera en la semifinal del Mundial.
Seguramente ese sentimiento profundo en el que todos hemos abrevado desde nuestra niñez emergió en esa muchachada de la selección cuando se encontraron con ese emblema en el momento de euforia por el recordado partido.
Los legisladores y los gobernadores seguramente también comenzaron a sentir ese viraje en la opinión pública que se expresó en que nadie creyó que se tratara de la ley de «privatización de tierra», sino que era una ley de extranjerización.
Es notable cómo la mayoría de la opinión pública percibió este fenómeno enunciativo y lo que implicó: el descontento que crece en una parte de la sociedad que se había esperanzado con el modelo económico del presidente. Un descontento que, según señalan los encuestadores, refleja una pérdida de consenso sobre el propio modelo.
Ese «trapo» fue un tajo, fue una ruptura que, además, en el tema específico de la causa Malvinas, mostró ante quizás más de mil millones de personas la discusión y el conflicto sobre la legitimidad de las islas. Una rémora neocolonial. Un reclamo que podría ayudar a nuestra reivindicación ante los foros internacionales.
Esa imagen también golpeó en un cierto consenso silencioso que avalaba las políticas del Gobierno, que ahora quedó herido. De hecho, la iniciativa fue definida como «Ley de tierras», con lo que en ese sorpresivo clima nacionalista quedó atrapada en un discurso que al día siguiente generó otra derrota del Gobierno con la Ley del Manejo del Fuego.
Todo indica que la derecha sobreestimó sus posibilidades en un Parlamento donde contaba con el apoyo del PRO, de los radicales y de muchos gobernadores que avalaban las distintas iniciativas casi a libro cerrado después del triunfo electoral mileísta de octubre pasado.
Ahora, esta oleada de rechazo en la opinión pública retornó a los gobernadores a posturas que se compadecen más con sus identidades políticas peronistas y con el sentido del voto de su electorado. El Congreso se transformó en una caja de resonancia de este cambio ideológico y emocional, que se fue generando en una parte importante del pueblo.
También influyó la opinión del mundo de la cultura, muy particularmente de los jóvenes músicos y artistas que representan a buena parte de la juventud argentina, que se pronunciaron explícitamente.
En suma, la mentada batalla cultural que tanto menciona el presidente, inclusive a veces expresando que es gramsciano, paradójicamente, cuando está en las antípodas del pensamiento del intelectual italiano.
El Gobierno, en resumen, ha tenido una derrota política, pero también cultural, y hasta se podría decir que básicamente se trata de una derrota cultural que arrastró a lo político. Estos acontecimientos son demostrativos de que la batalla cultural no está resuelta, como los medios afines descontaban.
En este escenario se anuncia la visita del Papa León XIV y paradójicamente aparecen voces que claman porque la visita sea «despolitizada», así, entre comillas.
Todo indica que están preocupados por las críticas y la militancia explícita de los obispos argentinos, que también fueron protagonistas en los temas vinculados con las riquezas naturales, como la tierra, el agua dulce y los glaciares. Y no dejan de reclamar por un modelo económico-social que proteja la vida de la feligresía, y no trepidan en denominarlo justicia social, confrontando con la ideología presidencial.
El propio papa textualmente dice: «La rentabilidad no puede convertirse en el único parámetro para tomar las decisiones empresariales» y convoca a los jóvenes a romper con el individualismo para avanzar en una sociedad solidaria.
