18 de julio de 2026
Argentina encontró en el Mundial una herramienta de influencia global. La repercusión por la bandera exhibida por los jugadores argentinos incomodó al Gobierno y desnudó la inacción oficial en el reclamo soberano.

Mensaje global. El festejo en el estadio de Atlanta difundió el reclamo de Argentina en todo el mundo.
Foto: Getty Images
Decía el prusiano Carl von Clausewitz que la guerra es la continuidad de la política por otros medios. La frase habilita un corolario: «El poder blando es la continuidad de la guerra por otros medios». Se entiende por soft power, que de eso se está hablando, a la capacidad de una nación para influir sobre otros actores internacionales a través de sus valores culturales, ideológicos, históricos. Un país que sepa aprovechar esa cualidad puede, siguiendo a otro estratega militar, el chino Sun Tzu, ganar 100 batallas sin disputar ninguna. El Mundial de Fútbol le está demostrando otra vez, como hace cuatro años, la enorme posibilidad que ofrece la argentinidad para ser protagonista y no solo en las canchas.
Solo bastan un par de ejemplos: los festejos en India y Bangladesh de los triunfos del seleccionado de Lionel Scaloni, y especialmente contra Inglaterra, no paran de asombrar a propios y ajenos.
Se puede decir que son países donde el dominio colonial británico –«poder duro o hard power» en su máxima expresión– no dejó un buen recuerdo. Lo mismo sucede, por ejemplo, en Escocia o Gales, donde los lazos con Inglaterra son más estrechos y por lo tanto más asfixiantes. En Irlanda, por su parte, reconocen a las Malvinas como territorio argentino, en contra incluso del pensamiento que alguna vez expresaron el presidente Javier Milei, el embajador ante la Unión Europea Fernando Iglesias o la diputada Sabrina Amjechet, ahora en La Libertad Avanza.
Tango
Otras formas de «soft power argento» podría ser la frase «se necesitan dos para bailar el tango» tan extendida como ilustrativa en todo el planeta. Ni hablar de los tangos que aparecen en películas no solo de Hollywood como algo que forma parte de la cultura universal, pero refiere automáticamente a la Argentina, mal que les pese a los uruguayos, que son partícipes necesarios de esa diablura, diría Borges (otro universal) que «los atareados años desafía». ¿Y el mate? Otro asunto a compartir con la otra orilla del Plata y el sur de Brasil que caló en mundialistas de la talla del francés Antoine Griezman, retirado de Les Bleus hace un par de años, y el español Ferrán Torres, que estará contra la albiceleste este domingo en el estadio de East Rutherford, Nueva Jersey.
La polémica de la semana que pasó toca tangencialmente estos temas. Porque el Gobierno nacional terminó embadurnado en una disputa en el ámbito que para Milei es el punto neurálgico de su paso por el mundo, como es la batalla cultural. Y salió perdiendo. Si en 2022 el cántico popular aludía a «los pibes de Malvinas que jamás olvidaré», esta vez, que el equipo conducido por Lionel Messi tuvo que enfrentar a Inglaterra en semifinales, era obvio que la cosa iba a escalar.
La actitud de la Casa Rosada se pareció demasiado a aquella del mundial en casa, en 1978, cuando los comunicadores del régimen imploraban para que desde las tribunas no arrojaran papelitos porque era algo de mal gusto, impropio o poco menos. Ahora la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, dijo que en el estadio de Atlanta no se iba a permitir el ingreso «con botellas ni con elementos que contengan mensajes provocativos, políticos, de odio o de intolerancia racial o religiosa». Y aclaró: «Banderas con las Malvinas es contenido político. No pueden ingresar banderas con contenido político».
Tanto Scaloni como el presidente de la Nación buscaron bajar decibeles sobre el encuentro. Que «es solo un partido de fútbol», que «no hay que buscar nada más allá de eso». Los voceros no oficiales del Gobierno –al igual que sus antecesores de hace 48 años– se sumaron a la decisión en nombre de la moral, las buenas costumbres y etcétera; pero en la cancha «se vieron los pingos» y ya desde los himnos se sintió que no era un partido más. Al final, la bandera con la inscripción «Las Malvinas son argentinas» que mostraron los jugadores golpeó fuerte en el Gobierno y ni que decir en los quizás hasta 3.000 millones de personas que vieron el encuentro en todo el planeta en los distintos dispositivos en vigencia.
Si del triunfo de la selección se querían colgar dirigentes del oficialismo, con Milei a la cabeza, la vicepresidenta le permitió mostrar una faz nacionalista que su compañero de fórmula no comparte, y hasta desde Washington celebró el canciller israelí, Gideon Sa’ar con sus pares de Argentina, Paraguay y Bolivia en una minicumbre que tuvo mucho tufo a excusa para estar en las plateas, la imagen de esa bandera fue como una «puñalada trapera». Había que ver el rostro de indignación de los mencionados personajes públicos y el reclamo para nada solapado de que la FIFA castigue a los transgresores.

Sesión caída. El clima instalado tras el partido contra Inglaterra impidió la sanción de la ley de inviolabilidad de propiedad privada, herramienta para la libre extranjerización de la tierra.
Gibraltar
Cosas del soft power geopolítico: el mismo miércoles se puso en vigencia el acuerdo entre la Unión Europea y Reino Unido que eliminó el paso fronterizo peatonal, la famosa Verja que separaba Gibraltar de La Línea de la Concepción desde 1909, un acontecimiento festejado como un triunfo por el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez. Todavía no estaba definido quién iría en la final de la Copa 2026 contra España, pero si era el caso de la Rubia Albión, se correría el riesgo de que jugadores españoles reclamaran por el Peñón, como hicieron en 2024 el mediocampista Rodri y el delantero Álvaro Morata y terminaron sancionados por la UEFA.
En fin, que mientras tanto el Gobierno de Milei tuvo que suspender el tratamiento de la ley que permitiría la venta irrestricta de tierras a extranjeros. No era el momento en semejante clima de efervescencia de lo argentinidad. Sí, en cambio –como se trató del más silencioso decreto 590/26– se aprobó el permiso para que la firma Challenger Energy PLC, de origen británico, explore en busca de hidrocarburos en la plataforma marina. Y la Cancillería tuvo que salir a protestar, obligadamente, en este contexto, por el ingreso del buque de guerra británico HMS Medway en aguas jurisdiccionales argentinas. Y además, el propio Milei tuvo que pedir micrófono para afirmar que el reclamo por las Malvinas está en la agenda. Si hasta e el diario británico The Guardian pegó el mensaje de los jugadores argentinos y admitió que no podrán seguir siendo inglesas por mucho tiempo más.
«Estamos orgullosos y felices de poder regalarle una alegría a la gente, los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar. Hay gente que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando, la vida nuestra que nos tocó siempre. Poder regalarle todo este tipo de alegrías a ellos, estar en una final del mundo una vez más, meter dos seguidas es una alegría para nosotros», dijo un Messi totalmente convertido en ídolo popular. Y ser ídolo para los argentinos quiere decir todo eso que conmueve en el mundo y que, bien aprovechado, representa un poder capaz de hacer ganar batallas sin necesidad de usar armas.
