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El juguete rabioso cumple 100 años

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Alejandro Caravario

La primera novela de Roberto Arlt no tuvo una repercusión inmediata, pero sus personajes feroces, su linaje plebeyo y su estilo libérrimo la llevaron a sacudir los cimientos de la literatura argentina.

Estilo. Si bien ancla su historia en las clases populares, Arlt está lejos de tentarse con denuncias sobre opresores y oprimidos.

Foto: Archivo Acción

Se cumplen 100 años de El juguete rabioso, primera novela de Roberto Arlt, considerada por la crítica como un aporte decisivo a la modernidad literaria en el Río de la Plata. Una descripción que acaso no diga tanto, pero quizá sea el máximo de unanimidad esperable acerca de un autor que, al cabo de un siglo de lecturas y relecturas, sigue siendo escurridizo a las clasificaciones. Por sus personajes feroces y catatónicos, su estilo libérrimo y poderoso (acusado muchas veces de desnudar graves baches culturales), la ostentación de su linaje plebeyo y demás anomalías. Una mezcla de difícil digestión, que en 1926 no despertó demasiado entusiasmo, salvo entre los escritores de su generación.

Arlt terminó de escribir El juguete rabioso en 1924 y desde entonces se dedicó con denuedo a buscar quien lo publicara. Dos de los editores a los que acudió rechazaron la novela por distintas causas.

Samuel Glusberg, director de Babel, se justificó ante la historia diciendo que Arlt le llevó el texto cuando ya habían vencido los plazos del concurso organizado por su editorial. Aún así, leyó el manuscrito, en el que encontró méritos y problemas en proporciones similares. Por su parte, Elías Castelnuovo, responsable de la colección «Los Nuevos» de la editorial Claridad, creyó estar frente a los palotes de un principiante. «Sin incluir los errores de ortografía y de redacción, le señalé hasta doce palabras de alto voltaje etimológico, mal colocadas, de las cuales no supo aclarar su significado», se explicó Castelnuovo, muchos años después, en sus memorias.

Ricardo Güiraldes intentó publicarla en Proa, pero el presupuesto no se lo permitió. Así y todo, se transformó en el padrino literario del joven Arlt, quien le dedicó la primera edición del libro, que finalmente fue lanzado por la editorial Latina. Al autor de Don Segundo Sombra (obra que también cumple un siglo este año) se le atribuye, además, el cambio de título de la novela: el original era La vida puerca.


Mirada tremendista
El juguete rabioso podría leerse, sobre todo hoy, como el reverso oscuro de la movilidad social, esa pretensión de ascenso gracias al trabajo. Silvio Astier, un adolescente pobre que lucha por abandonar su destino de clase, no encuentra la fuerza motriz de sus anhelos en ningún oficio digno, sino en el delito y la literatura, dos mundos que convergen en su formación. «Yo ya había leído los cuarenta y tantos tomos que el vizconde Ponson du Terrail escribiera acerca del hijo adoptivo de mamá Fipart, el admirable Rocambole, y aspiraba a ser un bandido de la alta escuela», sintetiza sus horizontes en el primer capítulo. Astier gestiona su heterodoxo sistema de lecturas en los bordes menos prestigiosos de la cultura. En lugares insospechados como el local de un zapatero andaluz, quien le alquila «historias de bandidos españoles» que son su iniciación literaria.

Al coto restringido de los libros hay que tomarlo por asalto. Astier y sus dos socios aprendices de ladrones entran a una escuela durante la noche: el botín es la biblioteca, textos que luego intentarán vender.

Como Arlt, la pandilla se infiltra en el mercado literario. Ricardo Piglia dice de esta escena: «Arlt supo ver en la desigualdad del acceso a los bienes culturales el modelo concentrado de la injusticia política (a la inversa de Sarmiento, que veía en la disposición de los bienes culturales la solución a la injusticia política)».

Clásico. La tapa de la primera edición, bajo el sello de Latina.

Si bien Arlt ancla su historia en las clases populares, lejos está su narrativa de tentarse con reivindicaciones o denuncias sobre opresores y oprimidos. Su mirada tremendista detecta una «doble mugre proletaria y burguesa», como diría Julio Cortázar. En el mundo de Arlt, la salida del laberinto de los que sufren la vida (contra los que la disfrutan porque son ricos) tiene más de revelación individual que de acción política. La proporcionan los inventos (artefactos mágicos a los que Astier es aficionado) o la literatura, con su pedagogía del mal (enseña a ser un criminal exitoso). «Yo podría ser un ingeniero como Edison, un general como Napoleón, un poeta como Baudelaire, un demonio como Rocambole», resume su olimpo el antihéroe de la ficción, quien, por mucho que hable del dinero, persigue una salvación de otra índole. Su incomodidad no es económica, sino existencial. Y es además inefable y peligrosa.

«Lo que yo quiero es ser admirado de los demás, elogiado de los demás. Qué me importa ser un perdulario», esboza Silvio una verdad insuficiente, que no da cuenta del núcleo duro de su angustia. Lo que él necesita es traicionar a su compinche el Rengo. Delatarlo para que lo metan preso. Así lo confiesa: «Es cierto… Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo que sé… de destrozar para siempre la vida de un hombre… y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos».

La pulsión destructiva de Silvio Astier pasa del plano solitario a gesta colectiva en Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931), dos novelas que son una y condensan el programa de Arlt. También, según los que objetan su estilo, el autor logra aquí (al decir de Cortázar) superar «las opciones folletinescas», los «recursos sensibleros y cursis» y las formas «falsamente cultas».

El centenario de El juguete rabioso fue saludado, entre otras iniciativas, por una edición crítica de Alfaguara, con textos de autores variopintos como Juan Carlos Onetti, Ricardo Piglia, Oscar Masotta y Juan José Sebreli. ¿Puede decirse que existe una tradición arltiana vigente? Por lo pronto, donde aparecen sin mediaciones metafóricas los locoides (palabra arltiana si las hay) que atraviesan sus ficciones es en el actual Gobierno nacional. En Milei y su funcionariado –no en sus mandantes– uno percibe nítidas resonancias de la secta de humillados que imaginaba una sociedad revolucionaria en la saga Los siete locosLos lanzallamas. La ideología lisérgica de la crueldad que enarbola el Astrólogo, líder de la organización de conspiradores, y que postula «dos castas»: la mayoritaria vivirá «en la más absoluta ignorancia, circundada de milagros apócrifos», mientras que la minoritaria será «la depositaria absoluta de la ciencia y el poder».

¿Literatura predictiva?

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