Opinión

Jorge Vilas

Periodista

El patriotismo según Milei

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4 de julio. El presidente junto a su hermana Karina y el embajador Peter Lamelas, en la celebración del día de la independencia de Estados Unidos

Foto: @OPRArgentina

En una patética carrera por ser el más trumpista de la región, el presidente Javier Milei firmó un decreto de persecución a extranjeros y migrantes que quieran ingresar a la Argentina o vivan en el país. Según el comunicado difundido por la Presidencia, la medida «incorpora como causal de prohibición de ingreso y de expulsión del territorio nacional a todo extranjero que dirigiere o incitare mensajes de odio, discriminación y/o violencia contra el pueblo argentino o sus ciudadanos por razón de su nacionalidad, así como el ultraje a los símbolos patrios».

La medida viene a cuento de una supuesta «campaña antiargentina», desatada en el marco del reciente mundial de fútbol, y entre cuyos impulsores estarían –según la particular visión de Milei– los Gobiernos de Brasil y México, entre otros promotores.

Si una persona nacida fuera del territorio nacional difundiera una opinión contraria al país sería deportada, según el decreto.
Distinta suerte, claro, correrían las corporaciones globales extractivas, todas extranjeras, a las que el Gobierno invita a servirse de las riquezas naturales argentinas –petróleo, gas, litio, tierras raras, etcétera– en condiciones de colonia, mediante el RIGI, el SúperRIGI y con el desmonte de todo límite a la adquisición de tierras que propugna el proyecto oficialista denominado «Ley de inviolabilidad de la propiedad privada», que intentará aprobar en el Senado la próxima semana.

El falso nacionalismo de Milei surge después de quedar «en orsai» durante el Mundial cuando, como ocurre cada cuatro años, la sociedad se embanderó detrás de la selección y entre tantas banderas agitadas apareció una que dejó al desnudo al Gobierno.

Aquella sábana con la leyenda «Las Malvinas son argentinas» –que ahora se muestra en cada partido de fútbol que se juega en el país y ya es remera y meme–, la que Giovani Lo Celso desplegó en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta tras el triunfo contra Inglaterra y luego acompañó el baile de Lisandro Martínez y otros jugadores en la celebración del triunfo semifinal contra Inglaterra reavivó el sentimiento masivo de identificación con esa causa nacional y, al mismo tiempo, dejó del otro lado del muro al presidente, admirador de la criminal de guerra Margaret Thatcher.

Para colmo, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva actuó el día previo al partido como si fuera una funcionaria estadounidense, señalando que los hinchas argentinos no podían llevar al estadio banderas o carteles que mostraran «el mapita» de las Malvinas.

El mensaje de la bandera dio la vuelta al mundo, y el propio presidente tuvo que retroceder de su descalificación hacia los jugadores –«adolescentes termos mononeuronales», los llamó– por el impacto popular del «banderazo» de Atlanta.

Xenofobia
Ahora, con el doble objetivo de recuperar el terreno perdido durante el Mundial y mostrarse como el más trumpista del barrio, embate sobre extranjeros y migrantes con un decreto «para la tribuna». La deriva xenófoba del oficialismo, que se expresaba, hasta ahora, en los mensajes en redes sociales publicados por los comandos de trols rentados y, en muchos casos, reposteados por el propio presidente, se plasma ahora en un decreto.

Mientras, a lo Trump, Milei ataca a migrantes, insulta a presidentes antagonistas en lo ideológico, como a Lula da Silva el sábado 24, y aspira a ser el referente de la ultraderecha regional, su «líder» le responde incluyendo a Argentina entre los 60 países a cuyas exportaciones el amo del norte aplicará un 10% como mínimo de aranceles.

El contraste difícilmente pueda ser más elocuente. El Gobierno endurece las fronteras para las personas, pero las diluye para el capital. Levanta la bandera nacional cuando se trata de perseguir migrantes o responder a una polémica en redes sociales, pero renuncia a ella cuando entrega recursos estratégicos, flexibiliza la compra de tierras o resigna herramientas de soberanía económica. Más que un giro nacionalista, el decreto parece formar parte de una estrategia de comunicación destinada a recuperar iniciativa política y consolidar un lugar en la internacional ultraderechista. La verdadera prioridad mileísta no es defender a la Nación, sino administrar el modelo neoliberal en su versión más cruda, en busca de consolidar un país fragmentado, al servicio de un puñado de corporaciones y en desmedro de millones de argentinas y argentinos.

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