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El mundo según Trump

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Diego Pietrafesa

El historiador Leandro Morgenfeld analiza la agresiva política internacional de Estados Unidos que intenta sostener una hegemonía en decadencia. El rol de Europa, Rusia y China y el escenario en Latinoamérica.

Magnate. Trump quiere quedarse con Groenlandia, comprándola o invadiénola.

Foto: Getty Images

Tiene el mundo en un puño. ¿Lo tiene? No hay nadie que lo detenga. ¿Nadie? Su arrojo demuestra la grandeza de su país. ¿Grandeza? Para Leandro Morgenfeld, historiador, profesor de la UBA, investigador del Conicet y coordinador de estudios sobre Estados Unidos de Clacso, corresponde refutar a la hegemonía mediática en su discurso unívoco: Donald Trump es el amo, resolvió todo en Caracas en 47 segundos, se queda con el petróleo, listo, ganó. Ni tanto, ni tan poco.

–¿Cómo evaluás a Trump como líder político?
–Él internamente arrancó mucho más fuerte que hace ocho años, porque ahora sí ganó el voto popular, controla ambas Cámaras, logró purgar y controlar a buena parte del Partido Republicano y además controla la Corte Suprema dado que en el mandato anterior metió tres jueces ultraconservadoras rompiendo el histórico equilibrio del máximo tribunal. Esta Corte lo avaló durante todo el año pasado a que pueda ser candidato presidencial a pesar de todas las condenas que tenía.

La paradoja es que gobierna un Estados Unidos mucho más débil que hace ocho años, porque últimamente (sobre todo desde la pandemia) se profundizó el proceso que llamamos de transición hegemónica, es decir, declive relativo de Estados Unidos, que ya no puede ejercer su hegemonía como al principio de la posGuerra Fría, desde los años 90, desde la caída del Muro de Berlín.

–Declive que el propio Trump admitió.
–Claro, lo dice cuando asume el 20 de enero del año pasado, «Vengo a frenar el declive de Estados Unidos». El problema es si Trump va a revertir o acelerar ese declive.  Mi hipótesis es que lo va a profundizar. La guerra comercial que lanzó en abril contra casi todos los países del mundo, en particular contra China; la política de pelearse con sus propios aliados y humillarlos, caso Europa, caso Canadá; la política de destrozar el sistema del multilateralismo unipolar que construyó Estados Unidos y otros después de haber ganado la Segunda Guerra Mundial; el desprecio a las Naciones Unidas; el desconocimiento de instancias multilaterales como la Corte Penal Internacional; el desdén hacia espacios que construyó Estados Unidos como el G-20; son señales en ese sentido. Estados Unidos va perdiendo posiciones en todos los órdenes y por ahora solo mantiene la supremacía desde el punto de vista militar.

–¿Sobre esa supremacía regresa a la Doctrina Monroe, la de una «América para los americanos»?
–«El hemisferio es nuestro», acaba de decir Trump en referencia al continente americano. Ya lo había planteado hace un mes, al presentar la última estrategia de seguridad nacional. El secretario de Guerra incluso publicó una caricatura de hace más de 100 años que cuestionaba el imperialismo norteamericano y aparecía el Tío Sam con un garrote poniendo un pie sobre todo el continente, por las más de 30 intervenciones militares de entonces contra países, sobre todo de Centroamérica y del Caribe. Bueno, ese Tío Sam aparece ahora con la cara de Trump diciendo «desde Groenlandia hasta Alaska es todo para nosotros». Es una política hacia lo que ellos llaman, despectivamente, el patio trasero, que tiene muy pocas zanahorias y mucho garrote.

La agresión militar a Venezuela, el secuestro de un presidente en funciones, el bombardeo por primera vez en la historia en un país sudamericano, son acciones que configuran un salto en la Doctrina Monroe. Dicen que «ahora vamos a ir por Petro (presidente de Colombia), ahora vamos a ir por Claudia Sheinbaum, porque México está gobernado por los cárteles narco, y la próxima que va a caer es Cuba». Y dicen más; que se van a apropiar de Groenlandia sin importarle lo que diga Europa, lo que opine Dinamarca, «para nuestra seguridad nacional la tenemos que controlar y va a ser nuestra, por las buenas o por las malas. La compramos, como en su momento compramos Alaska, o la ocupamos por la fuerza, como le sacamos la mitad del territorio a México».

–Hablando de Europa, ¿parecen más espectadores que protagonistas?
–Europa está en una situación muy complicada, lo que viene haciendo en los últimos años es resignar cualquier relevancia geopolítica y subordinarse absolutamente a Estados Unidos. Esto tiene un costo enorme para el Viejo Continente, creo que si se levantara de la tumba Charles de Gaulle (expresidente de Francia) se revolcaría y volvería a morirse porque hoy no tenemos ningún liderazgo en Europa que plantee, aunque sea, mantener las formas de cierta autonomía estratégica. Trump está logrando imponer a Europa todo lo que quiere, después de haber apoyado la política de cambio de gobierno en el 2014 en Ucrania, haber empujado a un conflicto entre Rusia y Ucrania, haberle bombardeado el gasoducto Nord Stream 2, que le proveía de gas barato a Alemania por parte de Rusia; está obligando a Europa a que adquiera hidrocarburos americanos a precios muchísimo más caros, ahora le obligó a los países europeos a aumentar el presupuesto militar al 5% del PIB, lo que va a generar un desastre económico en muchos de esos territorios.

Foto: gentileza Morgenfeld

–¿Qué contrapeso pueden aportar China y Rusia?
–Antes de morir, Henry Kissinger (exsecretario de Estado de EE.UU.) le dijo a Trump «vos ahora tenés que entenderte con la Rusia de Putin porque nuestro enemigo estratégico es China». En eso acuerdan todos en la clase dominante norteamericana, con distintas estrategias: una fue la estrategia globalista de Barack Obama, los megaacuerdos de libre comercio para que China esté, si se quiere, dentro del campo capitalista, pero con las reglas que impone Estados Unidos. Esto no lo pudo hacer Trump en la primera presidencia porque tenía un Gobierno mucho más heterogéneo y porque los sectores rusófilos de la clase dominante norteamericana eran muy fuertes. Intenta ahora negociar con Vladimir Putin (presidente ruso) para tratar de provocar una separación, una fractura entre Rusia y China, pero tiene un problema: las sanciones brutales de 2022 contra Rusia por parte de Estados Unidos. Europa y sus aliados no solo no hicieron colapsar la economía rusa, sino que empujaron todavía más a una alianza estratégica que tienen hoy Rusia y China. Es más, el aumento de aranceles brutales contra la India, ahora uno de los principales compradores de petróleo a Rusia, hicieron que la India, que siempre tuvo conflictos con China y que tenía un juego propio, se abroquele. Entonces, hace pocos meses, en la vigésima quinta Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, que se hizo en China, se reunieron justamente los líderes de Rusia, de la India, de China, además de Turquía, Irán y otros países, y ratificaron la voluntad inquebrantable de la alianza de estos países.

–Hay otro mundo detrás de lo que Occidente llama «el Mundo».
–Hay una transición acelerada hacia un mundo más multipolar. Hay un proceso de construcción de otro mundo, de relaciones políticas, económicas, diplomáticas, financieras, monetarias, que no dependen del dólar, que no dependen de los sistemas bancarios que controla Estados Unidos, e incluso que pueda eventualmente superar las sanciones que ponga Estados Unidos o los bloqueos comerciales como los que sufrió Rusia o como los que le impuso a Venezuela en los últimos meses.

–¿Cuál es tu visión acerca del escenario en Latinoamérica?
–Obviamente cuando hay una ofensiva tan fuerte y cuando hay incapacidad o dificultad para una respuesta conjunta fuerte, como fue el «No al ALCA» en 2005, se generan muchísimas dudas. Eso sí; si bien las condiciones políticas hay que construirlas hoy, 20 años después del «No al ALCA» en Mar del Plata, las condiciones a nivel global, estructurales, para que América Latina tenga una política propia, una política de inserción internacional más diversificada y deje de ser el patio trasero de Estados Unidos y pase a ser un polo emergente en este nuevo mundo más multipolar, son mucho mayores que hace 20 años. Además, no hay que pasarse de rosca en pensar que porque tenemos a Milei, a Nayib Bukele (presidente de El Salvador, a Daniel Noboa (presidente de Ecuador), ahora ganó José Antonio Kast en Chile o Santiago Peña en Paraguay, la ultraderecha gobierna todos los países de la región. Tres de las economías más grandes, Brasil, México y Colombia, tienen Gobiernos de izquierda, Gobiernos progresistas dentro del campo nacional popular y hay otros, muchos otros Gobiernos. América Latina sigue siendo una región en disputa. Los desafíos son enormes. Creo que si entre los pueblos, los Gobiernos de la región, las organizaciones sociales y políticas, no frenamos esta avanzada imperialista desembozada de Estados Unidos con Trump, América Latina va a tener que resignarse a ser una región cada vez más periférica, cada vez más desigual, un patio trasero de Estados Unidos, sin ninguna relevancia geopolítica a nivel global y con sociedades que expulsen cada vez más millones de personas que tratarán de migrar hacia los grandes centros mundiales para escapar de condiciones de vida cada vez más penosas.

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