31 de mayo de 2026
Con el final de la primavera democrática, el rock argentino expresó el desencanto juvenil con un sonido entre pospunk, dark y gótico. Un documental y varios libros rescatan ese clima de época.

Banda clave. El Corte retratado en una escena de El camino contrario, la película estrenada en el Bafici.
Foto: Aspix
«Los 60 fueron tres putos años nomás», canta el Indio Solari en «Tomasito, ¿podés oírme? Tomasito, ¿podés verme?». Es una referencia a uno de los temas de Tommy, la ópera rock de The Who y, a su vez, una desmitificación sobre la valoración, en perspectiva, de aquella década como años dorados, en bloque, sin matices. Algo análogo ocurre con los 80 en la Argentina o, yendo al punto, con el rock hecho en esta parte del mundo.
El trazo grueso refiere a la renovación del pop-rock, un período luminoso con eje en la famosa primavera alfonsinista. Sin embargo, la época tuvo varias capas. Una de ellas fue el surgimiento de grupos que, con música y actitud, iban señalando el fin de una ilusión. La banda de sonido de un deterioro hacia los alzamientos militares, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y la hiperinflación. Allí estaba el rock para capturar el clima de época: del imperativo «tirá para arriba» de Zas se pasó a la encerrona de «la salida de tu vida es la caída» de Don Cornelio y la Zona.
A fines de abril se estrenó en el marco del Bafici El camino contrario, un notable documental sobre El Corte, la gran banda gótica argentina. Además, salieron temas inéditos de Don Cornelio y se pusieron en valor con ediciones y publicaciones bandas como Los Pillos y La Sobrecarga. El músico Walter Lema sacó un delicioso libro titulado Generación en llamas. Historias de punks en la Argentina, 1979-1986. Y una de las grandes visitas del otoño fue la de PIL, el grupo liderado por Johnny Rotten, de Sex Pistols. ¿Nos quiere decir algo este mosaico retro?
Juego de espejos
Dirigida por los periodistas Martín Wain y Daniel Flores, El camino contrario pone el foco en un período breve y sustancial: los años 1986 y 1987. Fue el tiempo que duró la banda de Javier Calamaro y Hernán Reyna. El Corte, grupo gótico por antonomasia, con su existencialismo opresivo y letras claustrofóbicas, se espejaba en bandas como Joy Division y Bauhaus.
Además del testimonio de Javier Calamaro y la indagación en la misteriosa muerte de Reyna –se ahogó al darse vuelta un bote, en España–, en el documental se escuchan a protagonistas de la época como Ariel Minimal y Sergio Rotman. Ambos coinciden en que fue un período denso y, de alguna manera, sí, «dark». Daniel Flores, desde hace años director de la revista Rolling Stone, se pregunta: «¿Qué pasaba en Buenos Aires para que estos subgéneros oscuros, de armonías menores y letras mortuorias, tuvieran tanto eco? No es un capricho vincular el “dark” con cierto ánimo social. No se puede soslayar la crisis y la violencia de una democracia no totalmente consolidada. Pienso también en el caos que se produjo en el show de The Cure en Ferro».
En marzo de 1987 The Cure, los góticos más exitosos de su tiempo, dio dos conciertos en Ferro. El primero fue una tragedia: pasó a la historia por el nivel de locura del público, hasta el punto de que varios perros policías murieron apaleados por la turba. En su diario de viaje el líder de la banda, Robert Smith, escribió: «En la mitad del set hay varios uniformados con fuego en su cuerpo, con la mayoría de sus camaradas refugiándose bajo el escenario de la incesante y despiadada lluvia de monedas, piedras, butacas y vasos».
Las calles de Buenos Aires eran atravesadas por jóvenes de atuendo oscuro –pilotos, sobretodos, borcegos– que desplazaban y combatían a los coloridos hippies tardíos. Habías tribus por doquier, y la policía se ensañaba con todo aquel que mostrara una actitud desafiante. Por momentos, fue un todos contra todos. El Parque Rivadavia supo ser escenario de trifulcas entre skinheads y punks.
«Me he comido palazos de la policía de la nada», recuerda Wain. «Nos ponían las manos en la patrulla, nos vaciaban los bolsillos. Me preguntaban el origen de mi apellido, se llevaban el documento. Me acuerdo de la policía montada, que te tiraban los caballos encima. La represión de entonces apuntó fuerte al rock. Y los darks y los punks la pasaban especialmente mal porque los veían más raros. Quisimos que se cuente algo de eso al hablar de El Corte. También de las otras bandas del under que, en realidad, formaban parte de pequeñas o medianas escenas: punk, gótica, ska, rockabilly, skinhead, new wave. En algunos casos los espacios coincidían, pero no se mezclaban demasiado. O terminaban en peleas como las históricas de Parque Rivadavia».
En abril también salió Voces de la primavera democrática. Los reportajes de Canta Rock (1983-1988), de Pipo Lernoud. Es notorio cómo el tono de las entrevistas –de Charly García a Federico Moura, de Spinetta a Isabel de Sebastian– se va oscureciendo. «No fue intencional. Me di cuenta cuando tuve todas las notas juntas, ordenadas cronológicamente. Era el Gobierno que se deshilachaba, el fin de la esperanza, y también las consecuencias de tanta cocaína, una droga de mierda», dice Pipo. Federico Ghazarossian, bajista de Don Cornelio, va en el mismo sentido: «Estábamos en llamas. El consumo de sustancias tuvo que ver. Fue una etapa muy honesta y, a la vez, muy dura».
El Lado B de aquel rock/pop de exportación y limusinas, esa primavera que las políticas menemistas terminaron de pulverizar, ocurrió en la calle: en los adoquines de San Telmo, el Centro, Palermo, y en el Conurbano. «No hay nada que romantizar de aquel tiempo», dice Rotman. «Había música buenísima y ocurría en los márgenes. Pero todo era una mierda». Fue el sonido de la desintegración de un deseo. Un sueño vuelto pesadilla. A 40 años, no es casual que esa música vuelva al tapete, otra vez, de un modo marginal. «Algo huele podrido en Dinamarca», se decía en Hamlet para representar la corrupción y la descomposición del poder. Vuelve a percibirse un clima nauseabundo. A veces nuestra historia parece encerrada en un juego de espejos.
