6 de junio de 2026
Testigos que denuncian coerción, arrepentidos bajo sospecha y un expediente cuestionado reabren interrogantes sobre los métodos que dieron origen al caso Cuadernos. Perfil de sus principales impulsores: Bonadio y Stornelli.

Dupla. Bonadio y Stornelli armaron una causa que involucra a 19 funcionarios y a 65 empresarios. Algunos testimonios aparecen como falsos.
Foto: NA
Ante todo, un interrogante: ¿acaso la literatura imita a la vida o eso es al revés? Sucede que actualmente transcurre en los tribunales federales de Comodoro Py el juicio oral de la llamada «Causa Cuadernos», cuya cadena de eventos parece inspirada en la novela El proceso, escrita por Franz Kafka entre 1914 y 1915.
Su trama gira en torno al vía crucis de un tal «Josef K», quien es acusado de algo que desconoce, por lo que tiene que defenderse a ciegas, trazándose así una metáfora sobre la inaccesibilidad a la Justicia.
A su vez, la otra trama –iniciada en 2018– gira en torno a la pesadilla del ministro de Planificación Federal durante el Gobierno del Frente para Victoria (FpV), Julio de Vido, y de su segundo, Roberto Baratta, tras ser imputados por «asociación ilícita» (algo que, además, salpica a Cristina Fernández de Kirchner, a 19 funcionarios y a 65 empresarios) en un expediente construido en base a un (jamás probado) tráfico de bolsos repletos de dólares, fruto de trapisondas (no especificadas) que habrían sido cometidas desde el Poder Ejecutivo hasta 2015. O sea, se trata de la misma metáfora kafkiana.
Sus hacedores: el juez federal Claudio Bonadio (ya fallecido) y el fiscal Carlos Stornelli, quien continúa en su puesto.
El gran mérito de este dúo fue idear un sistema confesional basado en la «delación asistida». Una mixtura entre la inquisición española y el macartismo destinada a privar de su libertad a todo imputado o testigo que no declarara lo que ellos pretendían oír. Así comenzó un festival de arrepentidos; pero el fiscal incurriría en el pecado de tensar la cuerda más de lo debido. Y ahora sus efectos ya están a la vista.
En resumen, unos 30 testigos de cargo (es decir, convocados a la instancia oral por la fiscalía) denunciaron haber recibido amenazas de variada índole para suscribir, durante la instrucción del expediente, declaraciones testimoniales que ellos jamás pronunciaron.
Una buena razón, entonces, para poner en foco a estos dos seres.
Los huevos de la serpiente
La siguiente frase explotó como una bomba en medio del silencio:
–Apúrese. Porque no hay sortijas para todos.
Su receptor fue el empresario Mario Rovella, quien esquivaba con un dejo desesperado las acusaciones lanzadas por aquel hombre con rostro perruno y sobrepeso. Era el fiscal Stornelli, que, súbitamente, le ofrecía la salvación.
Aquella escena ocurrió durante una mañana otoñal de 2019 en el Juzgado Federal N° 11, cuyo titular, el doctor Bonadio, permanecía en silencio.
Lo cierto es que este sujeto había llegado lejos.
Fruto de una familia de clase media afincada en la localidad bonaerense de San Martín, el joven Claudio se recibió de bachiller en el colegio La Salle a fines de 1973; pero tardó 15 años en obtener el diploma de abogado. En dicho lapso alternó su condición de estudiante universitario crónico con la militancia en Guardia de Hierro, una organización peronista entre cuyos cuadros hubo personajes tan polémicos como José Luis Manzano y la ya olvidada Matilde Menéndez. Al concluir la última dictadura se vinculó con Miguel Ángel Toma y Eduardo Vaca, dos caudillejos del Partido Justicialista (PJ) capitalino. En ese contexto, le cayó en gracia al intendente Carlos Grosso. Y ya en los albores del menemismo, este lo acercó a su definitivo mentor: Carlos Corach. De su mano llegó, en 1994, a la titularidad del Juzgado Federal N°11.
Entre él y Stornelli flotaba una notable sintonía.
Este último, siendo estudiante de la UBA, solía visitar a su progenitor, el teniente coronel Atilio Stornelli, en la sede de Radio Belgrano, de la que fue el último interventor militar. Algunos empleados de entonces lo recuerdan: el tipo acudía a la emisora de uniforme y tenía en su despacho un crucifijo más grande que el de Río de Janeiro. Cabe destacar que, además, el carácter taciturno de su vástago no pasaba desapercibido.
Por eso fue inimaginable el protagonismo público que adquiriría a través del tiempo. Un protagonismo, desde luego, con dobleces.
Ya con diploma de abogado, el joven Carlos se fue labrando una opaca carrera judicial en un tribunal porteño de menores. Pero el gran salto lo dio al desposar a Claudia Reston, sobrina del general Llamil Reston, el poderoso ministro del Interior y Trabajo de Videla y Bignone. Ella trabajaba de abogada en el estudio jurídico del ministro Carlos Corach. Y fue él quien colocó a su marido, en junio de 1993, al frente de la Fiscalía Federal Nº4. Lo cierto es que su designación contó con el beneplácito de Carlos Menem. El riojano estaba lejos de suponer que, un lustro después, ese muchacho dócil y retraído pediría su prisión preventiva por el contrabando de armas a Ecuador y Croacia.
Es que Stornelli tiene el hábito de morder las manos de quienes alguna vez le dieron de comer. De modo que no es un funcionario judicial muy querido. Aun así se las ingenió para atornillarse en su cargo.
Claro que tanto Bonadio como él atravesaron momentos muy difíciles, y no solo en el plano estrictamente procesal.
Pero vayamos por partes.
La pregunta del millón
Hay que reconocer que la de Bonadio fue una existencia signada por la audacia, el don de la oportunidad y sus opacidades. Tanto es así que, ya durante el primer lustro del siglo en curso, tuvo el coraje de arrestar a Leopoldo Galtieri, a Emilio Massera y a Jorge Acosta (a) «El Tigre». Pero enturbió tales proezas al ordenar también las detenciones –en la «Causa Contraofensiva»– de dos antiguos jefes montoneros: Fernando Vaca Narvaja y Roberto Perdía. Un himno a la «teoría de los dos demonios», y una meta casi ética: quedar bien con todos.
Esa misma etapa de su carrera judicial coincidió con profundos cambios en su propia persona. Aquel juez que nunca había ocultado su inclinación por las armas, los automóviles de lujo y las motocicletas de alta cilindrada, renunció sorpresivamente a su extravagante look: cabello largo atado con colita (a pesar de su semicalvicie), gafas oscuras y camperas de cuero, para comenzar a lucir trajes con demasiada fibra sintética y con el cuello de la camisa montada sobre la solapa del saco. No obstante, su trabajo fue tan sinuoso como siempre.
Stornelli, en cambio, es más conservador en sus hábitos, pero no menos aplomado ante cada expediente que cae en su escritorio, sea cual fuere su cariz; desde venta de marihuana al menudeo y contrabando de cigarrillos, hasta causas políticas de alto impacto. Y la desmesura es su marca registrada. Un ejemplo de reciente data: las acusaciones que desparramó sobre las 34 personas detenidas en la protesta del 12 de junio de 2024 contra la Ley Bases; a saber: «sedición», «incitación a la violencia», «uso de explosivos», «imposición de las ideas por la fuerza» y «atentado al orden constitucional».
Por otra parte, sería injusto soslayar la faceta de Bonadio como hombre de acción. Al respecto, cuenta en su haber con dos malvivientes abatidos, luego de que intentaran asaltarlo en una oscura calle de Villa Ballester, cuando él, sin más, les vació el cargador de su pistola Glock.
Stornelli también libró su propia batalla contra la violencia urbana, pero de un modo más institucional. Fue entre 2007 y 2010, cuando, de licencia en su fiscalía, el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, tuvo el tino de colocarlo al frente del Ministerio de Seguridad.
Durante esa gestión, Stornelli no dudaría en restaurar las atribuciones que La Bonaerense había tenido en sus peores épocas; pero solo le bastó un simple cambio administrativo en Prevención del Delito Automotor (una caja codiciada) para que los uniformados le declararan la guerra. Él renunció de inmediato y nunca más volvió a poner un pie en el territorio provincial.
Ya se sabe que, ocho años después, la «Causa Cuadernos» fue un regalo que a la dupla Bonadio-Stornelli les dio la vida; pero en febrero de 2020 el juez exhalaría su último suspiro a raíz de una larga y penosa enfermedad.
Al poco tiempo, Stornelli fue denunciado por planear la colocación de una cámara oculta al doctor José Ubeira, uno de los abogados defensores del caso. Eso dejó al descubierto su presunta pertenencia a una gavilla dedicada al espionaje extorsivo, junto a su amigote, el falso abogado Marcelo D’Alessio.
Sin embargo, al final, la corporación de Comodoro Py fue en su auxilio, dado que el juez federal Julián Ercolini se apuró a estampar su sobreseimiento. Ahora, el telón de la «Causa Cuadernos» está a punto de caer. ¿Acaso sus efectos lo arrastrarán? Esta es la pregunta del millón.
