Política

López, el memorioso

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Luciana Rosende

Testigo clave en los juicios contra los represores de la dictadura, está desaparecido desde el 18 de septiembre de 2006. Dos décadas después, el Estado sigue sin explicar qué ocurrió con Jorge Julio López.

Testimonio fundamental. López declaró en el juicio, recorrió centros de detención y brindó información fundamental para condenar a los responsables.

Foto: Horacio Paone

Se cumplen dos décadas de la segunda desaparición de Jorge Julio López, el único sobreviviente de los centros clandestinos de detención de la última dictadura y testigo de los juicios por delitos de lesa humanidad que fue desaparecido en democracia. Así permanece desde el 18 de septiembre de 2006. El delito se sigue cometiendo sin que el Estado haya dado respuesta sobre su ausencia.

López fue testigo y querellante contra Miguel Osvaldo Etchecolatz en el primer juicio contra represores que se abrió tras la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Fue desaparecido horas antes de la sentencia: la primera que condenó a un represor a cadena perpetua «en el marco de un genocidio».

Una de las imágenes más fuertes que legó lo muestra con su buzo bordó, declarando con énfasis y ademanes sobre las torturas de Etchecolatz, sobre los fusilamientos que presenció en Arana, sobre las personas que vio en los distintos centros clandestinos del Circuito Camps por los que pasó.

Aportó nombres, apellidos, descripciones. Hasta hizo llegar a destino un mensaje que le transmitió en cautiverio una compañera de militancia, Patricia Dell’Orto: «López, no me fallés. Si salís… el único que puede salir de nosotros sos vos. Andá, buscalos a mi mamá o a mi papá, a mis parientes, a mis hermanos y deciles… y dale un beso a mi hija, de parte mía».

López no le falló. La hija de Patricia, Mariana De Marco, tenía 25 días cuando la dictadura cívico-militar se llevó para siempre a su mamá y su papá. Ella conoció su desenlace gracias a la palabra del testigo desaparecido en democracia.

Investigador en bicicleta
La declaración de López en el juicio a Etchecolatz se convirtió en un documento emblemático y herramienta de denuncia que fue material de prueba incluso en juicios posteriores a su segunda desaparición. Pero su recorrido testimonial y su recopilación de información habían comenzado mucho antes de aquel 2006. También, durante sus años de silencio.

López fue secuestrado por primera vez el 27 de octubre de 1976. Se lo llevaron de su propia casa, en el barrio platense de Los Hornos. Fue liberado el 25 de junio de 1979, tras permanecer primero como detenido-desaparecido y luego como preso político en la Unidad 9 de La Plata. Como si cerrara un paréntesis de dos años y medio, retomó su vida anterior y prácticamente no habló sobre lo que había vivido. En su casa, al menos, optó por el silencio.

Pero fue un silencio activo, casi detectivesco. Sus hijos entenderían mucho después, ya tras su segunda desaparición, por qué durante la década de 1980 los llevaba a andar en bicicleta o a pescar en la zona de Arana, donde había permanecido secuestrado. Esos paseos formaban parte de la búsqueda de información que López emprendía sin hablar.

Más tarde, repetía esas pesquisas cuando su patrón le encargaba controlar las plantaciones de kiwi en la zona de Ignacio Correas, donde creía que había funcionado uno de los centros clandestinos de detención por los que había pasado.

Eso lo plasmó él mismo en sus recuerdos escritos. Papeles que dejó escondidos en una valija de su casa, donde registraba cada dato que recordaba o le contaban. Listó nombres de represores y hasta ensayó sus retratos. Un caudal de información que vio la luz recién tras la desaparición de 2006 y que fue compilado por el artista Jorge Caterbetti en el libro Memoria escrita.

De esos mismos papeles se desprende que el silencio que López mantenía en su casa se rompía en el barrio: hablaba y preguntaba entre vecinos y vecinas. Anotaba toda información que recibía, aún si no tenía que ver con su propio cautiverio. Su búsqueda era por sus compañeras y compañeros desaparecidos.

Reclamo vigente. Marcha a un mes de su desaparición, en 2006. El Estado no dio respuesta.

Foto: NA

Palabra cumplida
Fue un encuentro fortuito el que reconectó a López con un excompañero de militancia, entre fines de los ochenta y principios de los noventa. Todavía trabajaba como albañil cuando se cruzó en una obra con Pastor Asuaje. Lo conocía de los tiempos en la unidad básica montonera Juan Pablo Maestre.

No se habían visto después del primer secuestro de López. Asuaje ni siquiera sabía que había sobrevivido. La casualidad marcó un punto de inflexión para ambos. En ese reencuentro López empezó a poner en palabras lo que sabía y escribía, pero en voz alta. En esa charla contó sobre los fusilamientos que había presenciado. Fue la primera vez que se tenga registro de que haya compartido esa información, que luego sería prueba judicial y pieza para completar el rompecabezas de una historia familiar. A partir de entonces se vinculó con otros sobrevivientes y se comprometió como testimoniante.

Veinte años después de haber sido liberado como preso político, López declaró públicamente por primera vez. Fue el 7 de julio de 1999, en el marco de un Juicio por la Verdad. No avisó nada en su casa: su esposa y sus dos hijos se enterarían luego, por una publicación en un diario local.

Sí estaba presente para escucharlo la familia de Patricia Dell’Orto. Incluso estaba su hija Mariana, destinataria del mensaje que López guardaba para ella desde el cautiverio. Sentada al fondo de la sala, oyó por primera vez de boca de López el relato que ya le había hecho llegar Asuaje unos años antes. Al finalizar, no quiso acercarse al sobreviviente: no conseguía hablarle sin llorar.

Por el nivel de detalle que aportó en aquella declaración lo convocaron a participar en un reconocimiento por Arana. Durante el recorrido, habló sobre un avión que había caído en la zona. A varios de los presentes les generó dudas: más de uno creyó que estaba fantaseando. Hasta que los restos de la avioneta aparecieron ahí, a la vista de todos. Estaban al otro lado del muro perimetral del ex centro clandestino, cerca de donde el Equipo Argentino de Antropología Forense encontraría restos humanos calcinados.

Lo mismo había pasado alguna vez con relatos que compartía en su familia. Él aseguraba haber participado de un proyecto nuclear durante su conscripción en Bariloche. No le creían demasiado. Pero los documentos prueban que ingresó al servicio militar el 23 de enero de 1950, le asignaron el distrito militar de Junín de los Andes y fue incorporado a la Segunda Compañía de Construcciones, a cargo de las edificaciones en la Isla Huemul, donde el científico austríaco Ronald Richter tenía el aval de Juan Domingo Perón para avanzar en un proyecto nuclear. López recordaba bien.

«Pare de recordar»
La segunda declaración judicial del testigo fue el 28 de junio de 2006, en el juicio contra Etchecolatz. Él hubiera querido hablar ante la presencia del represor, pero no estuvo en aquella audiencia. Sí esperaba verlo el día de la sentencia. Su segunda desaparición, el 18 de septiembre, truncó ese objetivo. Entre tantos.

En el marco de ese juicio López también participó de inspecciones en zonas donde habían funcionado centros clandestinos. Igual que en sede judicial, allí también señalaba, contaba, describía. Tanto, que en un momento el juez Carlos Rozanski le dijo: «López, pare de recordar, pare de recordar». La escena que pinta a López, el memorioso, quedó grabada y forma parte del documental Un claro día de justicia.

La palabra de López sigue circulando. Por su contundencia, por su peso como prueba judicial, por su fuerza en el reclamo de memoria, verdad y justicia. Su ausencia también sigue presente. Veinte años después y sin respuestas del Poder Judicial ni del Estado en su conjunto sobre su segunda desaparición, hay que seguir preguntándose qué pasó, cómo fue posible, qué hicieron con Jorge Julio López. 

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