Cuento | Por Fernanda García Lao

Útero fácil

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Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) publicó las novelas Muerta de hambre (Premio Fondo Nacional de las Artes, 2004), La piel dura (2011) y Fuera de la jaula (2014) y los libros de cuentos Cómo usar un cuchillo (2013) y El tormento más puro (2019), entre otras obras. Ha sido traducida al portugués, al inglés, al sueco y al griego.

Cada vez que Estelita sale a dar una vuelta, vuelve embarazada. Ya parió cinco veces y aún no cumplió los veintitrés. Ahora tiene el mundo prohibido. Ni al almacén la dejamos. Mamá guarda las cajas del súper. No tiren nada, por si hay que usarlas de nuevo.
Una vez paridos, los bebés son adjudicados azarosamente por el barrio. Mamá designa la puerta y yo, amparado por la noche, entrego el paquete.
Por suerte, Estelita suele parir en primavera. Son paseos perfumados. Pero los niños han empezado a parecerse. Hay un par de cuadras en las que todos tienen pecas, los dientes torcidos y el pelo rubio. Son Estelitas en potencia. Si esto sigue así, el mundo será como ella. Porque esas criaturas serán fértiles en extremo. Habrá cientos de Estelitas, un universo. El deseo se embaraza solo de escuchar su nombre.
Hace dos meses tuvo trillizos. Ninguno sano. Según mamá, entre los tres no hacían uno. Al verlos, se puso resolutiva: todos a una caja, ahorremos. Bernardo, tomate un bondi y andá lejos.
Tuve que esperar con la caja mal cerrada en la avenida. ¿Patos?, se atrevió el conductor. No, tortugas. Me senté al final, en el asiento individual sobre la rueda. Los triples comenzaron a llorar con el primer bache. El conductor me hizo una seña por el espejo. Bajate. Quedé frente a un baldío. Un perro defecaba contra el muro. La basura me frunció la nariz. Mis mocasines esquivaron la invitación a ser cruel. No podía abandonarlos entre bolsas podridas. Al fin y al cabo, son familia. Crucé la calle. En la puerta de una veterinaria me detuve. Me arrodillé como si fuera a atarme un cordón. Y aproveché la posición para no ser visto. Gateando los dejé, en su caja.
Volví mal, dispuesto a decir algo honesto. No pude. Si estoy triste, se me traba la sintaxis. La angustia en la nuca me obliga al silencio. Me metí en la cama de Estelita. Y dormimos abrazados, las piernas enredadas como gatos callejeros. Soy oscuro y bajito, me atrae lo contrario. Estelita es puro sol, una llaga reluciente.
Hoy fue un día tenso. Le dio positivo de nuevo. Puede que yo sea el padre. Mamá nos cita en el living. No doy más, dice. Me voy. La garganta se le mueve como una branquia recién salida del agua. Estelita se queda muda. Me mira para que yo tome la palabra. Pero la palabra huye de mí, salta de mi boca y abandona la casa. Siento el impulso de seguirla. No lo hago.
Mamá está ofendida con nuestra falta de respuesta. No doy más, dice de nuevo. Y esta vez, suena menos dramático y más verdadero. Arreglate sola, Estelita. Sos demasiado erótica. Y vos, Bernardo, buscate un empleo. El ocio no es para gente como uno. Acá hay cuentas. Esto se llama realidad.
De pronto, se aturde, se encierra. Escuchamos su llanto mal llorado por un tiempo. Después, la llamada del novio de turno que la pasa a buscar y nos mira con desprecio. Mamá se pone anteojos de sol y sale del cuarto arrastrando una valija. No me busquen. El novio la ayuda a bajar, la mete en el auto y acelera. No es la primera vez. Cuando hay crisis, pinta el novio.
Estelita está de buen humor. Se pasea en bombacha sin comprender el desastre. La heladera semivacía, igual que nuestros bolsillos. Mamá no dejó ni un monedero. Y nosotros no sabemos hacer nada. Somos improductivos.
Lo que sigue es un mareo. Mío. Ella se embaraza y yo me mareo. Le pido ayuda y se desabrocha. Me prendo a su teta, lo único que me calma. Siempre tiene leche. Al rato, nos dormimos en el sofá cama del living, consumidos por el desgaste lácteo.
Hace días que comemos raro, todo crudo. No sabemos ni prender el fuego. Mamá llama y nos corta. Seguro que se cansó del novio, o viceversa. En el último llamado, Estelita le gritó mami te extraño, pero era equivocado, uno del banco. Por la deuda. El tipo, un tal Gálvez, se interesó por mi hermana. No sé qué hablaron, pero cayó por casa al día siguiente.
Como no tenemos café, solo charla. Soy un ser sensible, confiesa Gálvez sin que nadie le pregunte. Parece que su mujer es estéril. Estelita tiene más suerte que cabeza.
El señor Gálvez está dispuesto a pagar una buena suma, más allá de la deuda. Decimos sí y Estelita firma un contrato. El tipo nos deja un sobre lleno. Bebemos, enlazados en el sofá, y luego pedimos pizza. Entre eructos, nos mojamos. Pero la felicidad dura poco. Al saber que ubicamos al nuevo, mamá vuelve. Esta vez en taxi, sin novio. Al fin hacen algo inteligente. Nos abraza en el living. Hoy salimos a festejar. Estelita, podés ir escotada, total ya no importa. Tenés permiso para fornicar hasta Nochebuena. Y vos, Bernardo, afeitate. Le digo que no, que me quedo. No nos esperes despierto. Estelita me guiña un ojo mientras salen.
Me siento en la oscuridad. Parálisis sin medida. Soy el inútil de la familia. El más solo, el adoptivo. Tendría que hacer planes. Entonces me ilumino. Voy a forzar los hechos. Quiero fracasar como nunca.
Me levanto y agarro el sobre que dejó Gálvez. Lo meto en el horno, lo enciendo. El futuro se extingue rápido.

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