Cultura | DARÍO BARASSI

El comediante que verduguea

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Julián Gorodischer

Con un estilo chispeante e irónico que refuerza su perfil de antihéroe, el actor devenido animador se destaca en ciclos como ¡Ahora caigo! o 100 argentinos dicen.

Histrionismo. El conductor interactúa con los participantes en un tono entre amistoso y sarcástico.

Foto: Télam

Qué frecuente y constante es la adhesión de la tevé a un «culto al saber» en un sentido televisado, como promueve desde su origen, desde la primera vez que se vio en una pantalla el clásico Odol Pregunta, que presentaba Jorge Cacho Fontana. El presentador fue un modelo de señor por lo general atildado (de Pancho Ibáñez en Tiempo de Siembra a Héctor Larrea en el Pozo Noblex de Seis para triunfar), promovido y asegurado por la gran marca, interesada en asociarse al contenido vinculado con el «conocimiento», en su régimen más simplificado y fragmentario.
Acá no hay tiempo para disertar ni debatir: el conocimiento al que honra la TV es monosilábico o, a lo sumo, se limita a una oración breve, intercalado con una sucesión de chistes y pasos de comedia para que la atención no decaiga. Y aquí es donde interviene la carrera standapera basada en un doblez histriónico-irónico de Darío Barassi, primero en 100 argentinos dicen y hoy al frente de ¡Ahora caigo! Los 100 argentinos, aquel jurado imaginario del ciclo, fueron el perfecto interlocutor y la proyección de su personaje ramplón, criticón y juzgador, en una versión inofensiva y amigable, amparado en someter a ese mismo escarnio a su cuerpo de persona de 138 kilos.
«¿Argentinos, coinciden?», les decía Barassi a los participantes de su primer programa como animador, con un ingrediente absolutamente singular: iba hacia el punto que le generaba incomodidad al concursante, como en el vodevil de antro gay o la revista porteña, cuando «se metían con el público», y un sacrificado vale por millones que se ríen a carcajadas frente a ese inocuo verdugueo. Quién no temió alguna vez en un clásico teatro marplatense ser señalado por el capocómico que hacía chistes a costa de la panza o la calvicie del «homenajeado».
Con Barassi eso se produce más tímida y elegantemente, con un doble sentido corrosivo que también se mete con lo físico (la panza, las arrugas, los prejuicios) de una multitud representada por cuatro de un lado, y cuatro del otro, inmunes a los dardos gracias a que el principal antihéroe antihegemónico es el animador.
«Se nota que sos virgen», «Es el turno de la botoxeada», «Qué raro; está drogado». La seguidilla de azotes solo genera sonrisas, y he ahí la cualidad disruptiva de Barassi: hay algo en su hipergestualidad, algo en la papa en la boca que suena en solfa a lo Fernando Peña o Campa, nata pero también revisitada con un acting crítico. Las crueles verdades de Barassi se toleran, quizás, por la rapidez con la que su gesto vira a la comedia después de lanzar la acidez, y por su corpacho corrido de cualquier canon o statu quo del género, cuyo modelo antiguo era erguido y trajeado a lo Silvio Soldán y Leonardo Simons.

Anti TV
Barassi habla desde el «más allá» de los cuerpos que fueron no televisivos durante añares, los que no daban ni para tribuna porque eran interceptados y rebotados en las puertas de los estudios. Entonces descolló por fuera del circuito de la avenida Corrientes, luciéndose como actor de comedia musical en Chicos católicos y Peter Punk. También fue el sorprendente movilero del ciclo AM, con Vero Lozano y Leo Montero, capaz de extender la nota de calle sin testimoniantes hasta el límite de lo concebible, gracias a los personajes de raros y disfuncionales que habitan en él.
En sus intervenciones como animador, pero a veces también como actor –por ejemplo en El encargado, la serie de la dupla Cohn-Duprat; o en Chueco, de Disney, que lo perfila como actor de trascendencia global– filtra su típico «bebitos», con el que refiere a su audiencia, o como se dice en tiempos de vínculos digitales, de su «comunidad»: eso también es Barassi, un showman de la vida cotidiana y los viajes a lugares paradisíacos, como exponente de una de esas tantas vidas con público de las redes en las que todo es aventura y hedonismo.
Pero Barassi les agrega a esas crónicas de «gente bien» –Pacheco Barassi dice el DNI– esa cualidad con la que también cuenta Verónica Llinás, la de cortar con la estirpe y, de pronto, en el resort de lujo, abrazar una palmera y bromear con las dimensiones de su panza. «Me quise hacer el sexy», dice en el mismo lugar del Caribe mexicano en el que posó Pampita. Es un cuerpo que se muestra en su imperfecta plenitud y, desde ese lugar, en diálogo con «la gente común», se abraza a un humor negro basado en el código entre iguales.
Barassi es discurso no asido, es un decir en el fragor del humor y la redención –él, un cheto payaso, un desclasado voluntario–, a sabiendas de que el camino del artista de fortuna –de Esmeralda Mitre a Ricardo Fort– es ser tan lapidario con sus parodiados como consigo mismo. En 100 argentinos dicen militó en un sentido de respuesta que no era un dato objetivo, sino una manifestación de la opinión pública: una previsibilidad, un preconcepto. Hay que saber interpretar el sentido común como lo hizo Barassi, cuyo mejor interlocutor es quien es capaz de seguirlo en el juego del doble sentido y el asedio cómico con la conciencia de estar haciendo show, junto a sus «bebitos» y sus «reinas». Para un participante, enfrentar a Darío es dejar que el virus hackee voluntariamente el sistema de las apariencias y las imposturas para que se genere un vibrato alto, un desacomodamiento funcional a que algo trascendente se filtre en la escena, genere sorpresa y desarme a su interlocutor.
Ya al frente, desde este año, de ¡Ahora caigo!, también en el 13, como Lizi Tagliani, como Ronnie Arias, como antes Fernando Peña, luce más asentado, manejando grupos más grandes en el nuevo programa y, a la vez, configurando una cofradía aún más hermética e intensa que en el ciclo anterior; acá hay más gag físico cuando ante una mala respuesta el agujero se abre y los participantes se escurren por el orificio. Ahí Barassi arma tribu con su detrás de cámara, en un monólogo cómplice, que gira en círculos concéntricos, basado en un imprescindible pacto de autoindulgencia, con el sarcasmo necesario para garantizar que el espectáculo sea efectivo.

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