26 de abril de 2026
En la era libertaria el empleo formal parece destinado a extinguirse, mientras que la informalidad se consolida como una modalidad creciente de contratación. Ingresos y jubilados.

Construcción. Es el sector con mayor informalidad: un 75%, detrás del de trabajadoras de casas particulares.
Con salarios que corren por detrás de la inflación y un mercado de trabajo formal que no absorbe las nuevas demandas, crece el empleo precario y se multiplican las «changas». Informes oficiales y privados advierten que la presión laboral excede lo que muestran las estadísticas. El mercado laboral evidencia así una dinámica que combina caída del empleo registrado, expansión de la informalidad y una creciente participación de jubilados en actividades económicas. Los datos más recientes muestran un escenario en el que la creación de trabajo no implica necesariamente mejores condiciones de vida, sino, en muchos casos, apenas una recomposición precaria de ingresos.
Es así que, pese a que la tasa de desempleo abierta se mantiene en niveles relativamente bajos, distintos informes advierten que el deterioro del empleo se expresa en la calidad del trabajo y en la necesidad de amplios sectores de la población de aceptar ocupaciones de baja intensidad y sin derechos.
El crecimiento de la informalidad se convirtió en uno de los rasgos más visibles de la fase libertaria. Según los datos del propio Indec, cuatro de cada diez trabajadores se desempeñan fuera del sistema formal, sin aportes jubilatorios, cobertura de salud ni estabilidad. Esta tendencia se profundizó en el último año y afecta con mayor intensidad a jóvenes, mujeres y adultos mayores. La falta de generación de empleo registrado explica este fenómeno.
Con un sector privado que no logra expandir la demanda de trabajo formal y un Estado que reduce su participación como empleador, el mercado laboral se movió hacia formas más flexibles, pero también más inestables. En paralelo, los ingresos pierden capacidad de compra y obligan a redefinir estrategias familiares. En ese marco, el regreso de jubilados al mercado laboral deja de ser un fenómeno marginal para convertirse en una señal estructural del deterioro de las condiciones previsionales. Lejos de representar una elección, se trata en la mayoría de los casos de una necesidad.

Mayores. Cada vez más jubilados vuelven al mercado laboral en condiciones precarias por la pérdida de poder adquisitivo de los ingresos.
El huevo de la serpiente
Los datos del índice de salarios reflejan parte de esa tensión. «En febrero de 2026, el índice de salarios se incrementó 2,4% mensual y 35,8% interanual. El indicador acumula una suba de 5,0% con respecto a diciembre de 2025», informó el organismo estadístico oficial. Sin embargo, la evolución no es homogénea entre sectores. «El crecimiento mensual se debe a subas de 1,6% en el sector privado registrado; 2,3% en el sector público; y 4,6% en el sector privado no registrado», detalla el informe.
La diferencia en las variaciones evidencia que el mayor dinamismo se concentra en los segmentos más precarios del mercado laboral. Es decir, los ingresos crecen más rápido allí donde las condiciones de trabajo son más inestables, lo que sugiere una recomposición basada en actividades informales o de menor calidad. Este comportamiento también plantea un límite para la recuperación del poder adquisitivo. Los trabajadores registrados, que cuentan con mecanismos de negociación salarial, muestran incrementos por debajo del promedio, mientras que el sector informal refleja subas más altas, aunque partiendo de niveles significativamente más bajos.
La brecha entre ambos segmentos sigue siendo relevante. Las estimaciones indican que un trabajador informal percibe entre un 35% y un 40% menos que uno registrado. A esto se suma la ausencia de derechos laborales básicos, lo que amplifica la vulnerabilidad frente a la inflación y la inestabilidad económica.
En este contexto, la mejora nominal de los salarios no alcanza para revertir el deterioro acumulado. La recomposición se da en un marco de fragmentación, donde el acceso a ingresos suficientes depende cada vez más del tipo de inserción laboral.
El avance del empleo no registrado constituye uno de los principales rasgos del mercado laboral actual, donde el «43% de los trabajadores se desempeña fuera del sistema formal». La informalidad no solo crece, sino que se consolida como una forma dominante de inserción para determinados grupos. «El 36,8% de los asalariados no está registrado, mientras que si se incluye a cuentapropistas informales, el universo supera el 40% del total de ocupados», indica el documento.
El impacto es particularmente fuerte en sectores específicos. El comercio minorista presenta niveles de informalidad superiores al 50%, la construcción alcanza cifras cercanas al 74% y el trabajo en casas particulares roza el 80%. En hoteles y restaurantes, la proporción ronda el 60%; pero el dato más significativo aparece al analizar la situación de los adultos mayores. «El hundimiento del gasto previsional llevó a que los adultos de mayor edad tengan que salir a hacer “changas” para sobrevivir», advierte el informe.
Las cifras reflejan esa tendencia: entre las mujeres de 65 años y más, la informalidad pasó del 56,4% al 61,6% en un año. En el caso de los varones, el salto fue del 45,3% al 55,6%. Cada vez más jubilados vuelven al mercado laboral en condiciones precarias. Este fenómeno se vincula directamente con la pérdida de poder adquisitivo de las jubilaciones. La necesidad de complementar ingresos impulsa la participación en actividades informales, generalmente de baja productividad y sin protección social.
