2 de mayo de 2026
Durante su paso por Buenos Aires, la economista argentina Cecilia Rikap, investigadora en la London’s Global University, reflexionó sobre el rol de las megaempresas en la producción de conocimientos.

Cecilia Rikap es doctora en economía e investigadora del Conicet. Vive desde hace más de 10 años en Gran Bretaña, donde se desempeña como profesora de Economía y jefa de Investigación en el Instituto de Innovación y Propósito Público (IIPP) en la London’s Global University. Durante su paso por Buenos Aires para la presentación de su último libro, Teoría de la dependencia digital, conversó con Acción acerca de cómo las gigantes tecnológicas inciden en la coproducción de conocimientos, la intervención que obran sobre los recursos naturales y los vínculos que establecen con los Gobiernos.
–El acceso a internet, a las plataformas digitales, a la IA, están al alcance de casi todas las personas. ¿Cómo inciden estos recursos en la producción y distribución del conocimiento?
–El acceso a internet a nivel mundial está en alrededor del 70%, Argentina tiene altísima penetración de internet: 90%, eso se siente como que efectivamente todes tenemos acceso, sin embargo, sigue habiendo un porcentaje enorme de la población que no lo tiene. Y hoy por hoy no sería tan generalizadamente malo. Pasa lo contrario, hay una presión de los propios Gobiernos –en parte por recomendación de los organismos internacionales y de las gigantes tecnológicas– para que todo el mundo tenga que estar incluido. Y ese uso no va de la mano con una comprensión de quién produce esas tecnologías, quién se enriquece. Esto es clave, porque si no, nos volvemos monos con navaja –dicho poco feliz por los pobres monos–. Hay discursos ideológicos construidos alrededor de estas tecnologías que hacen que incluso Gobiernos que estén más preocupados por el riesgo de estas tecnologías, no terminen de comprender la complejidad de los entramados de coproducción de conocimientos. Las gigantes tecnológicas se presentan como productoras de distintas tecnologías y generando conocimiento de acuerdo con los lineamientos dictados por ellas mismas.
«Hay una presión de los Gobiernos para que todos tengan que estar incluidos en las tecnologías. Y ese uso no va de la mano con una comprensión de quién las produce, quién se enriquece.»
–Ocurre algo similar con la industria farmacéutica.
–Claro, este manejo de agendas de investigación no es solo de tecnologías digitales. En el área de la salud históricamente hay un sesgo hacia las enfermedades cuyos medicamentos generan más beneficios, hacia los tratamientos contra la prevención, hacia la droga que vuelve a una persona dependiente. Pero, lo que se sabe menos, es que ese conocimiento siempre es coproducido en conjunto por las universidades, pequeñas empresas, en parte incubadas desde las universidades en conjunto con el Estado. Basta un ejemplo, el motor de búsqueda de Google surge de dos pibes que estaban en la Universidad de Stanford. Y un ejemplo local: Machinalis, empresa originalmente consultora de software, cuando se muda a la Universidad Nacional de Córdoba empieza a recibir estímulos de los profesores y con esos intercambios advierte una pista interesante en el desarrollo de modelos de IA. Buscan clientes a quiénes venderles, pero al ser un modelo de IA necesitan tener datos. Y es muy difícil que una empresa quiera dar sus datos, o está en eso o es clienta de quienes controlan esa tecnología, Microsoft, Google, Amazon, etcétera. Entonces, Machinalis, ¿a quién se lo termina vendiendo?: a Mercado Libre. En consecuencia, vemos una capacidad de producción de conocimiento local, en un ámbito público que pasa a ser propiedad para beneficio de una empresa. En lugar de contribuir al desarrollo tecnológico, se contribuye a la profundización de las desigualdades en materia de ingresos o riquezas y también, volviendo a tu primera pregunta, en materia de conocimiento.
–En tu último libro Teoría de la dependencia digital, advertís sobre el excesivo consumo de agua de los centros de datos en detrimento de sectores vulnerados.
–Absolutamente, estas tecnologías generan desigualdad también en materia ecológica, el peso de esas crisis ambientales termina volcándose en las poblaciones más marginadas, que no tienen acceso al agua potable. Mientras tanto, las principales empresas asociadas a la operatoria de los centros de datos, Amazon, Google y Microsoft, debido a sus «nubes», consumen en el mundo un nivel de energía eléctrica análogo a lo que utilizan Francia o Alemania. En 2030 –lo dice un reporte del FMI– los centros de datos van a consumir más energía que cualquier país del mundo con excepción de EE.UU., China e India, principales consumidores de energía eléctrica.
«Las empresas asociadas a la operatoria de los centros de datos, debido a sus “nubes”, consumen en el mundo un nivel de energía eléctrica análogo a lo que utilizan Francia o Alemania.»
–¿No existen sanciones hacia esas empresas?
–Las empresas responden que consumen energía renovable, y eso es una semiverdad porque siempre tienen que tener de reserva energía no renovable, no se pueden dar el lujo de que se les apaguen los servidores. La energía renovable tiene que ser utilizada para objetivos prioritarios socialmente. En Querétaro, México, hay una mayor incidencia de hepatitis por falta de acceso al agua potable. Querétaro es el estado con mayor concentración de centro de datos. Y en Dublín, la capital de Irlanda, durante tres años se prohibió la instalación de nuevos centros porque la matriz energética no daba más.

–¿Los Gobiernos no tienen información acerca de lo que referís, o la tienen y la ignoran? ¿Quién le pone un freno a esta debacle?
–Depende. Podríamos decir que no se puede contestar sí o no. Los ministerios de Economía quieren solo la promesa del crecimiento económico, creen que el centro de datos es análogo a otro tipo de infraestructura del pasado. Durante el Gobierno de Boric, expresidente de Chile, el Ministerio de Ciencia desarrolló un visor territorial para mapear más de 80 variables socioambientales en Antofagasta. Generaron un mapa de calor para saber dónde se puede instalar un centro de datos, dónde no y dónde más o menos. Una tecnología digital, desarrollada exclusivamente por el sector público de un país periférico. Hay dos preguntas o respuestas de mi parte: una es que existe la manera de identificar dónde se pueden instalar centros de datos y cuáles son los más perjudiciales, cerrarlos o al menos cobrarles impuestos y, al mismo tiempo, se podría redireccionar esta tecnología en función de mejorar la vida de las personas. Pero eso requiere pensar las tecnologías digitales como un bien público, no como una fuente de enriquecimiento para unos pocos privados.
–Parece casi imposible imaginar que ese freno se materialice.
–Es difícil, pero la magnitud de los problemas que vivimos pone completamente de relieve que no es posible que los privados decidan el curso del desarrollo científico y tecnológico. Inevitablemente, más allá de cualquier altruismo, está en el ADN de las empresas generar beneficios. Microsoft le vendió tecnología a la petrolera Chevrón, en Kazajistán, para controlar a sus trabajadores y también identificar qué hace cada empresa y cómo. Esto es parte de estas gigantes tecnológicas que gobiernan y controlan más allá de la propiedad. Tenemos que tener capacidad de fiscalizar a las tecnologías digitales y democratizar el control.
«Vemos una gran capacidad de producción de conocimiento local en un ámbito público que pasa a ser propiedad para beneficio de una empresa.»
–Algo similar ocurrió en Palestina, de acuerdo con lo que usted refiere en Tecnología de la dependencia.
–El Gobierno y el ejército israelí tienen capacidad de desarrollo de tecnologías digitales y hay startups israelíes que contribuyen. Cuando el Gobierno israelí decidió hacer vigilancia masiva de todes les palestines, como no le alcanzaban sus datos, Microsoft le brindó servicios de nube y, en paralelo, Amazon y Google desarrollaron centros de datos exclusivos para Israel. Fue el proyecto Nimbus, que denunciaron empleados de Google y Amazon. El problema es el Gobierno y el ejército de Israel. Para nada este tipo de ejemplos tiene que incentivar al antisemitismo. Deberían ser juzgados porque no se terminó con el falso acuerdo de paz, es un exterminio de toda la población. Jamás es una minoría. Es tremendo que hagamos como si no estuviera pasando nada, te lo dice una persona que estaba en su casa, exactamente enfrente de la AMIA, el día que explotó la bomba. Entiendo las complejidades y dificultades del pueblo judío, pero no puedo creer que quienes han sido víctimas de un genocidio perpetúen otro.
