26 de mayo de 2026
La entidad Mujeres de Oro en Acción logró, mediante la fabricación de dulces, constituir un espacio de trabajo y contención para once familias del Alto Valle.

Saber hacer. La presidenta de MOA con parte de la producción, que comenzó gracias a donaciones y a cosechas con producción sobrante.
Foto: gentileza cooperativa MOA
La cooperativa Mujeres de Oro en Acción (MOA) se dedica desde hace más de 15 años a construir un espacio de sustentación económica de mujeres vulnerables en la Patagonia argentina a través de la elaboración de dulces. Está conducida por tres mujeres que son asociadas fundadoras.
Todo comenzó en 2010, con el encuentro de unas 20 vecinas de la ciudad de General Fernández Oro, en el Alto Valle de Río Negro, para evaluar vías de acción ante una problemática que les resultaba evidente: la vulnerabilidad social que padecían numerosas mujeres de su ciudad, y ellas mismas. «Vengo de una familia muy pobre, cercana a la miseria. En mi vida he visto a muchas mujeres trabajar duro y sufrir maltrato», rememora Inés Ríos, actual presidenta y asociada fundadora. Hoy son once cooperativistas quienes integran MOA: nueve mujeres y dos varones («muy queridos», los caracteriza Inés).
Recordando los inicios, la presidenta menciona: «¡Fue tan importante dar ese primer paso! Implicó tomar la decisión de unirnos para crear una fuente de empleo inclusiva. Juntas, y contra todo pronóstico (por carecer de recursos económicos), nos propusimos ser puente». Elma Pereyra, tesorera y fundadora, con nada menos que 90 enérgicos años de vida, destaca: «Nos propusimos crear en conjunto, por la comunidad, y también por nosotras».
Saberes heredados
El grupo identificó una oportunidad clara: en el Valle existía abundancia de fruta, mucha desaprovechada. El saber hacer era parte de su vida: lo habían aprendido de sus madres. Comenzaron gracias a donaciones y a cosechas que realizaban en los frutales de familias vecinas, con producción sobrante. Inés recuerda: «Hacíamos todo en bicicleta, con un carrito. En los meses en los que no elaborábamos dulces, producíamos huevos de pascua, fideos y panificados».
Durante 11 años la producción se realizó en la casa de Inés. «Comprábamos el azúcar y juntábamos frascos y tapas que nos acercaba la gente. Se acumulaban en mi patio. ¡Llegamos a unos 10.000 frascos y botellas! Lavábamos la fruta y los frascos en un fuentón, con una manguera. Cuando teníamos un sobrante, lo entregábamos a la que más lo necesitaba, aunque todas necesitábamos… Yo era la única con trabajo formal: era portera en una escuela».
Gracias a acceder a una capacitación del INTA el grupo logró mejorar las prácticas productivas sobre elaboración y conservación de alimentos. En 2012 iniciaron el camino del cooperativismo. Inés comparte: «Si bien ninguna de nosotras trabajaba antes de forma asociada, todas teníamos vocación por el bien común. Entendimos que para salir adelante no bastaba con “darnos una mano”: era necesario generar un ingreso estable. La mayoría carecía de estudios y era de edad avanzada, incluso algunas afrontábamos cierta discapacidad. Fuimos tenaces: “Si no hay trabajo para nosotras, lo vamos a inventar”, afirmamos. Y nos fuimos capacitando sobre cooperativismo, entendiendo las oportunidades que abriría la formalización».
En 2016 MOA obtuvo su matrícula, ganando capacidad de gestión, acceso a crédito y a programas de fomento de los Gobiernos local y provincial. MOA creció y pudo adquirir una olla de aluminio rectificado de alta durabilidad de 16 litros, con la que pasó a producir 30 frascos al mismo tiempo (en su primera olla producían 12).
En 2020 dio el gran salto: pasó a integrar nada menos que el complejo agroindustrial de la ciudad, junto, fundamentalmente, con otras cooperativas. El complejo nació en 2009 gracias a financiamiento del Gobierno nacional. Allí se instaló también la cooperativa Aromáticas Alto Valle.
Sobre el recorrido, Inés reflexiona: «Cuando se alinean las políticas públicas con el esfuerzo privado, los resultados pueden ser grandiosos. Hoy estamos interactuando a la par con otras cooperativas que funcionan en el complejo, federadas a nivel provincial, y en vinculación con otras instituciones». Y reflexionando sobre el camino, agrega: «Me admira ver lo que hicimos. Somos mujeres vulnerables, pero persistentes. Precisamos 11 años para llegar a donde estamos, gracias a principios innegociables: el respeto por nosotras, por la vida y la mujer. Logramos domar los egos y creer en nuestro proyecto. A nuestra edad seguimos soñando ¡Y no es fácil soñar para personas sin recursos económicos! Las soluciones no siempre provienen de un capital. Poner en común nuestro esfuerzo y potencial puede permitirnos lograr aquel dinero necesario para crecer».
En MOA se da también una enriquecedora vinculación entre generaciones. Gastón Espíndola, asociado de 38 años, menciona: «La cooperativa es un lugar de pertenencia, y esto, para quienes somos parte, implica asumir responsabilidades y enfrentar desafíos. Aquí las puertas se encuentran verdaderamente abiertas para aprovechar estas oportunidades».
De modo de fortalecer los lazos sociales, y compartir con quienes visitan a la cooperativa (especialmente, desde distintas escuelas), MOA viene dedicando energía a la construcción de un espacio de exposición en el que presenta sus primeras herramientas de elaboración. Mantenerse en acción asociada sostiene la fuerza de estas mujeres de oro: Inés (61 años), Olga del Carmen Godoy Pereda (secretaria de MOA, de 75) y Elma, estuvieron recientemente cosechando ciruelas en una chacra vecina, y van por más.
