26 de mayo de 2026
El equipo de Zielinski escribió su página más importante al ganar su primera estrella oficial. La tradición literaria y popular del club de Alberdi, otra vez vencedor ante River en una final para la memoria.

Suceso cordobés. Los jugadores del Pirata y su gente celebran, luego de imponerse al cuadro millonario por 3 a 2.
Foto: NA
Gringo Ramia es canadiense y de Belgrano. Y escribe. Escribe como corresponde escribir se tenga esa combinación biográfica llamativa o si se porta cualquier otro recorrido en la Tierra. Escribe con las yemas, con el hígado, con las ideas, con el corazón. Escribe sobre Belgrano. Escribe así, en «Sobran próceres», un derrame de amor que engalana Devuelvan la pelota, que es su primer libro: «Dicen que todos se quedan callados, hasta que aparece un tal Luis Fabián; y saca una libretita con todas las felicidades que dio. Y así, van desfilando uno por uno, desde ese tal Cristóbal Colón, hasta la Milonguita, también el que vende garrafas de gas, el Tito Cuellar, el de la cerveza fría, la Chacha Villagra, los tiradores de piedras del 69 y los goleadores del 68, la lunita de Alberdi, la vieja de los mates dulces, los médicos del clínicas, los enfermos del clínicas, los que cuidan motos, los que caminan se tropiezan y vuelven a caminar, todos. Héroes, por robarle las tristezas a la gente». Prueba acabada: Belgrano de Córdoba, el campeón flamante del fútbol argentino, es de cuento.
Ángel Sebastián testimonian los documentos de Gringo, pero no parece fácil detectar a alguien que domine ese dato no le diga Gringo. Al revés, montones saben que lo suyo es narrar los aires y los suelos y las gentes y los pelotazos que constituyen a Belgrano. O sea que hereda una tradición rica consistente en contar historias alrededor de ese sueño fundado en 1905 y vencedor de River por 3 a 2 en una final que golpeó las puertas de las canchas para entrar en la memoria y no salir jamás. Gringo se hizo de Belgrano gracias a que su padre, físico de profesión, regresó a la Argentina en 1983 desde la Canadá lejana cuando también regresó la democracia y gracias, por cierto, a que su hermana mayor se encandiló con la palabra «Belgrano» y le impulsó la fidelidad de ser hincha. Pero la secuencia que anuda al campeón con los libros comenzó muchísimo antes. Al cabo, Arturo Orgaz ejerció como primer presidente de la entidad, a los 14 años, para encadenar un itinerario como abogado, militante en la Reforma Universitaria de 1918, candidato frustrado por el Partido Socialista a la vicepresidencia de la Nación en los comicios fraudulentos de 1937 y –no podía fallar– escritor. Su volumen inaugural fue Las barcas del ensueño, un poemario, y luego incursionó en el teatro y los ensayos políticos y jurídicos. Jorge, uno de los hermanos de Arturo, médico y docente universitario destacadísimo, también desplegó una pluma virtuosa y aludió al fútbol en obras que miran hacia sus tiempos jóvenes como Infancia y vocación.
ADN Celeste
Víctor Baissi, quien colabora en el área de Cultura de Belgrano, ubica a la par de Arturo Orgaz a Deodoro Roca, dirigente clave en la lucha universitaria: «Escribió el Manifiesto Liminar de la Reforma. Cierto que no es un material estrictamente literario. Pero el peso histórico de ese documento es enorme. Y él era de Belgrano, uno de los primeros socios». Y añade otro nombre: «Ernesto Barabraham fue jugador de la preépoca, participó en el primer clásico que le ganamos a Talleres en 1914. Luego, dirigente, periodista, escritor y entrevistador. Es una de las personalidades más ricas de la Córdoba del siglo pasado. Las hizo todas». Flor de rescate: los párrafos de Barabraham para pintar los cimientos del club, incluso bastante antes de la oficialización del 19 de marzo de 1905, son plena fuerza expresiva.
Sucede que, lleno de raigambre, estandarte del burbujeante barrio Alberdi, Belgrano necesitaba del talento del Chino Zelarayán, de la zurda incandescente del Mudo Vázquez, del empuje de su hinchada y de los dos goles definitorios de Uvita Fernández para ganar el partido que le concedió su mayor logro, pero podía prescindir de todo eso para poblar páginas hermosas. Autores y autoras sobresalientes de Córdoba casi no saltearon mencionarlo en sus textos. Ejemplo inempardable, la grandísima María Teresa Andruetto recurre a Belgrano en su cuento «Un viaje en taxi». Cierto que su pasión central no es el fútbol y sí la fiesta colectiva que desata, pero sus hijas y sus nietos no se pierden un partido y se enfundan la mítica pilcha celeste para gozar, sufrir y esperanzarse.

Lucas Zelarayán. Talentoso mediocampista y emblema de Belgrano, fue vital para conseguir el ansiado campeonato.
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Cielo de un solo color
Es que lo esencial, lo de fondo, lo que justifica mucha literatura y una identidad que no se rompe ni cuando el universo amaga romperse, lo sintetizó, un poquito antes de la final con River, Juan Cruz Taborda Varela, otro escritor muy de Belgrano que no erró ni una coma: «Todo eso para decir que lo que sentimos gran parte (todos) de quienes amamos a Belgrano es un amor nacido en tierra yerta, florecido en el rigor del desierto, madurado en la desdicha. Cada tanto recordamos el primer clásico –que ganamos–, el Nacional del 68 y el Regional del 86 y todo eso que suma en materia de ¿éxitos? deportivos. Pero estamos seguros de que sin esos logros, la medición improbable del amor marcaría el mismo nivel de locura».
Cuando, en 2013, el poeta Washington Cucurto pasó por Córdoba para dar un taller, se enamoró de semejante polenta identitaria. No ahorró ni un sustantivo ni un verbo: «¡El fútbol no ha muerto, señores! El verdadero caldo de la vida y esencia del deporte está cada día más fuerte. Belgrano de Córdoba es un gran ejemplo de amor, de militancia y de esperanza por su club». Y eso que, para entonces, no llegó a leer la novela La flaca de Alberdi, de Pablo Iván, con foco en el cierre de la Cervecería Córdoba y la resistencia de los obreros de la fábrica y, claro, acompasando esa trama con Belgrano soplando como un viento. O Belgrano. Una pasión popular, del periodista Gustavo Farías, con ilustraciones de Chumbi, una investigación a propósito del cumpleaños 120. O Pirata de Primera, compartido por el dibujante Karlo Lottersberger y el periodista José Sosa. Pirata: bravo hallar un seudónimo más poético: Pirata. «Y si querés yo te llevo para Alberdi. Donde está lo celeste. Mi pirata cordobés», entonó con las fibras Rodrigo Bueno, figura de Belgrano sin ser futbolista pero transmitiendo todo.
Gringo Ramia y otros compañeros impulsaron, en 2011, Escritos del primer amor, una colección de relatos bien piratas que se distribuían al público en el estadio, a partir de la labor de doce escritores y de doce artistas plásticos. Coincidió con el más que mítico ascenso de Belgrano que, en simultáneo, condujo a River, por única vez, a la segunda categoría del fútbol nacional. Del grupo que consiguió esa hazaña deportiva formaba parte Guillermo Farré, quien asumió un singular desafío cuando se educaba para ser entrenador: también entretejió un cuento ligado con esa experiencia. Lo denominó «Gracias por no hacerme caso».
Para esa etapa, Belgrano ya encandilaba al planeta desde su nómina de socios honorarios. Lógico: en 2008, le había entregado tamaña distinción a Eduardo Galeano. Un carné con el número 22.220 y una camiseta tan celeste como la de la selección uruguaya emblematizaron el tributo al autor de El fútbol a sol y sombra, un clásico que obra como reivindicación de la pertenencia popular del fútbol, toda una señal para los socios y las socias del club cordobés que encontraron rutas de reconstrucción para quitarlo de los abismos de las malas administraciones. En la atmósfera rebelde del barrio Alberdi, el escritor oriental se sintió como en un hogar de siempre.
Juan Marguch, cronista de mil crónicas, buceador del lenguaje, murió en 2025. Retrató tanto a Belgrano, que es como si en el domingo campeón hubiera gritado a la par de la multitud. En estas líneas, por caso, de 2005: «De Belgrano no me explico por qué tiene que festejar su primer centenario, si celebrar centenarios será su rutina. Porque nació eterno». Y eterna es y será la más épica de las glorias celestes, ese campeonato cristalizado el 24 de mayo de 2026 en el estadio Mario Kempes, que, de momento, estimula celebraciones a cada instante. No hace falta correr a estudiar teoría literaria o salir a comprar inspiración en verso para imaginar lo que se viene: temprano, tarde, cuando sea porque a esta altura ni importa, algún audaz parirá una oda para el Chino Zelarayán, una canción para el técnico Ricardo Zielinski o un soneto para el Uvita.
O algo superior. Canadiense y escritor, Gringo Ramia lleva dos décadas sin ausentarse ni a un partido. Su hermana, en cambio, la que lo indujo a elegir a Belgrano, no va casi nunca. Él puso el cuerpo, y la energía, y la paciencia, y la impaciencia, y el susto, y las lágrimas, y la alegría durante la final. No palpitaba solo: invitó a su hermana porque el título quedaba a unos centímetros y quería enlazar al comienzo con la cumbre, cerrar el círculo de su vida. Cuando acabó, mientras gritaban «Dale campeón», se abrazaron larguísimo. Que alguien se atreva a decir que Belgrano no es literatura.
