21 de julio de 2026
Más allá de la derrota contra España, el seleccionado construyó un ciclo exitoso asentado en la identidad del fútbol argentino. El liderazgo compartido entre Scaloni y Messi y el espíritu colectivo cautivó a los hinchas.

Conductor. El DT, pensativo, en la final del Mundial. Fue parte clave de un proceso que llevo a la selección a lo más alto.
Foto: NA
Esto no es el instante en el que el partido se acaba, en el que la noticia de la derrota frente a España se cristaliza, en el que lo que se expande es la gratitud colectiva. Esto es antes, el viernes que precede a la final de las finales, durante el episodio en el que el show de las canchas impone que Lionel Scaloni converse con un manto tan ancho de periodistas que podría cubrir Nueva York, esa ciudad de relativo fútbol a la que ese show futboliza y puebla de argentinidades un poco más que al palo. Un cronista pregunta sobre una cuestión cualquiera y el entrenador responde algo que debiera resonar tanto o más que el mérito de salir subcampeón o de haber sido campeón. La respuesta le fluye en una cara que articula la emoción que no se transparenta entera y la media sonrisa que sí se ve: «El camino fue increíble».
No constituye la inauguración de un concepto. Siempre que puede, siempre que consigue colar algo que considera medular en medio de tanto circo comunicacional, Scaloni habla de eso: el camino.
¿Qué es el camino? La distancia recorrida y el modo de transitarla. O sea: más y mucho más que los muchísimos triunfos, que son un desenlace posible pero no seguro de un buen camino. De eso sí tiene certezas Scaloni, cuya agua es el fútbol desde pequeño y que navegó como testigo y como participante de ciclos ricos que no concluyeron, como el de su selección, en la satisfacción reiterada.
De nuevo, ¿qué es el camino? La colección de consagraciones apiladas por la selección desde que el director técnico y su grupo quedaron a cargo en la segunda mitad de 2018 (dos veces la Copa América, el Mundial de Qatar, la Finalissima ante Italia, el subcampeonato ya), pero con un sello, con una identidad progresivamente edificada, con el toque como argumento histórico y presente (tal vez con el gol de Ángel Di María a Francia, en la final de 2022, como consumación sublime), con el genio de Lionel Messi y con la modelación de condiciones para que ese genio floreciera como nunca antes en ropas celeste y blancas, con un fútbol expansivo que potenció jugadores y que generó aplausos, con estridencias mínimas o –más fácil– sin escándalos, aunque transcurra la era de un mundo escandaloso, con el asombro de que a un éxito deportivo podía seguirlo otro éxito deportivo, con el comportamiento de no rendirse en las bravísimas (después de las relativas calmas con Argelia, Austria y Jordania, la remontada a las tempestades contra Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra), con dar vuelta las cosas siendo superior como en cantidad de desafíos o siendo superados como por España, con la percepción social más o menos extendida de que ninguna actuación deportiva tapa los abismos de la patria honda, pero sí confiere un orgullo y la representatividad de que esos muchachos juegan como tantísimos quisieron en el campito o abajo de las autopistas.

Héroes igual. Messi de cara a los hinchas, una postal inolvidable que deja el Mundial.
Foto: Getty Images
Creer y convencer
Ariel Senosiain, el comentarista que siguió para la señal TyC Sports cada metro de ese camino, procura dar pistas para comprender tamaño itinerario: «Lo primero está en las calidades de los jugadores; pero no es menor el detalle de que no siempre esos jugadores mostraron esas calidades en sus clubes. Hay jugadores que son más de selección que de equipos. Es evidente que las ganas de jugar en esta selección fueron generando las condiciones para que algunos de ellos dieran para Argentina los mejores rendimientos de sus carreras. Hay muchos ejemplos. Pero todo eso se entiende por la presencia de un líder. O de dos, como hay acá: uno es Scaloni, que apostó mucho al vestuario, a lo grupal, a armar algo desde allí que se extendiera hacia la cancha; el otro es Messi, un genio que, además, es un hombre común, lo que llevó a que los compañeros lo admiraran, tuvieran devoción por él y quisieran, fundamentalmente, que él se consagrara. Y otra clave: es un equipo que fue viendo que su rendimiento crecía cuánto más difícil era la instancia».
¿Y cuál es el origen de lo que pasó? No, no del segundo puesto. Y tampoco de la voz enronquecida, casi perdida, de esa señora que guarda la última cuerda vocal para pronunciar «Messi, Messi» en el domingo anochecido alumbrada por las luces que circundan el Obelisco. O de la consideración desmesurada de una docente primaria que, también allí, arriesga que Scaloni sería un gobernante más eficaz que unos cuantos con el rol oficial de gobernar. No, eso no. Algo igual de importante que eso. O más. Algo capaz de rebalsar los júbilos o las tristezas: otra vez, el camino. ¿Comenzó ese camino cuando el Flaco Menotti aprovechó el pedestal en el que lo instaló la historia y avaló la continuidad cuestionada de Scaloni y su núcleo al frente de la selección? ¿O arrancó antes, mucho antes según la concepción mil veces discurseada por el propio Menotti, cuando una suma de tramas sociales y culturales generaron que primero miles y luego millones de pibitos argentinos se dedicaran a patear con tanta frecuencia, con tanta necesidad y con tanta pertenencia que amasaron el pan para que surgieran grandes equipos y, heredero de esos grandes equipos, un equipo horneado así? ¿O el secreto reside en que solo una historia de esa dimensión y de esa pasión permite entender por qué es argentino y futbolista un hacedor de imposibles como Messi? ¿O todo eso es hojarasca hecha palabras y lo que hubo fue suerte en el arranque, en esa gloria o Devoto que se posó en las manos de Franco Armani, atajándole un penal angustiante a Derlis González, contra Paraguay, en la Copa América de 2019, para viabilizar que Scaloni perseverara en su labor sin shocks cuando la sucesión de títulos casi ni era un sueño? ¿O, como se esmera en enfatizar Scaloni, el asunto consiste en disponer de jugadores fabulosos y ayudar a que la rompan?
¿O hay una razón que combina razones, todas esas razones, que asocia a la raigambre poderosa del fútbol argentino con lo que alguien que conoce bastante al cuerpo técnico argentino llama «la capacidad de gestión de Scaloni»?
El método
No parece un azar que haya un documental bautizado El método Scaloni. El periodista Diego Borinski publicó un vasto libro sobre Scaloni (Scaloni. Biografía oficial) en el que no solo abunda en datos sino en la posibilidad de reflexionar sobre cómo se esculpió una figura así, esa figura que –como cuenta Borinski– sorprendió a su amigo y compañero Pablo Aimar «por la naturalidad con la que ejerció, desde el comienzo, la conducción de la selección»: «Scaloni destaca que le gusta ser una persona cercana a los jugadores, un rasgo que le había impresionado de Luis De la Fuente, hoy entrenador de España y antes su profesor. Cercanía no es sólo el interés por el fútbol sino la charla sobre la vida. De todas maneras, lo central es que sabe de fútbol. Tiene una cabeza de entrenador desde muy chiquito. Hay anécdotas suyas en Pujato, su ciudad, que lo pintan. Escuchaba todas las charlas, detectaba jugadores. Cuando era jugador aún, se quedaba con algún compañero que salía para conversar sobre por qué lo sacaban. Los jugadores todo el tiempo evalúan si el entrenador acierta con lo que les dice. Y Scaloni acierta mucho. Le creen. Por momentos parece uno más del grupo. Sin embargo, cuando corresponde tomar decisiones, las toma. Es muy franco, va de frente. Eso que advirtió Aimar: se toma con naturalidad su rol de conductor».
Y no solo Scaloni. Al borde de salir a enfrentar a los españoles, Messi apela a sus redes sociales digitales, o sea a unas letras que se clavarán en los ojos de la humanidad, y afirma: «Lo más lindo de todos estos años nunca fueron solamente los títulos, sino todo el camino. Compartir el día a día con este grupo, competir juntos, levantarnos en los momentos difíciles y disfrutar cada paso».
Entonces, el camino, ese camino que exalta Messi. Más o menos en la hora durante la que Scaloni pronuncia la palabra «camino», muy al sur de Nueva York, en un estadio del oeste bonaerense, el plantel del Deportivo Riestra celebra un paso feliz en la Copa Argentina. Lo hacen con un cheque agigantado que premia su conquista –un signo de los tiempos–, con el canto «el que no salta es un inglés» habitándoles los labios y con sus manos mostrándoles a las cámaras una bandera argentina que, en el centro, trae una proclama. Esa proclama guarda un vínculo evidente con ganar partidos y uno más sutil con eso que Scaloni quiere remarcar: el camino. Sencillo y hondo, el cartel dice «Gracias, selección».
Eso: «Gracias, selección». Gracias por el camino.
