Sociedad | De Estados Unidos al mundo

El sueño de un tecnogobierno sin democracia

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Esteban Magnani

Ultramillonarios y aliados de los Gobiernos de derecha, consideran los mecanismos democráticos como un obstáculo para sus proyectos empresariales y civilizatorios. Quiénes son y qué quieren los nuevos tecnomagnates.

Caballo de Troya. Manifestación en Berlín contra la decisión del Gobierno alemán de adoptar software de seguridad de Palantir.

Foto: Getty Images

El Gobierno de Estados Unidos y los de otros países están siendo penetrados por las corporaciones en áreas cada vez más decisivas para la gestión de la sociedad. Ya no solo se trata de contratos y dinero, sino también de un proyecto que reduce el control político sobre decisiones clave de la vida democrática. La punta de lanza de este proyecto es la empresa Palantir, de Peter Thiel (actualmente en Argentina) y Alex Karp, que tienen una mirada sobre la necesidad de apartar al Estado y la democracia del camino de la tecnología y el mercado. ¿Cuál es el proyecto de estos magnates tecnológicos?

Hay un plan
La investigadora Cecilia Rikap, en su reciente libro Teoría de la dependencia digital, divide en dos grupos a los billonarios tecnooptimistas de Silicon Valley que creen que la tecnología beneficiará a todos. Por un lado están los representantes de Amazon, Microsoft o Google, quienes sostienen que ese poder debe tener contrapeso del Estado. Del otro, hay una corriente antidemocrática y antiestatal que considera que «a través de la tecnología y los intercambios mercantiles es posible realizar las funciones del Estado de forma más eficiente». Entre estos últimos Rikap cuenta a Elon Musk, Alex Karp y Peter Thiel. 

Para comprender esta nueva corriente de ultraderecha, resulta útil acercar la lente a Thiel, dueño de una fortuna superior a los 28.000 millones de dólares, puesto 87 según Forbes. No se trata solo de un hombre inmensamente rico, perteneciente al 0,001% de los más poderosos del planeta; también es fundador de Palantir y tiene un «plan» para resolver la crisis actual del capitalismo y la democracia. Thiel se recibió en filosofía, una rareza entre muchos tecnomagnates que dejaron carreras técnicas en su primer o segundo año. En un artículo de 2009 explicaba que «democracia capitalista» era un oxímoron. En 2014 publicó un libro llamado Cero a uno en el que explica que la competencia es para perdedores y que los verdaderos innovadores crean negocios completos que antes no existían. En 2025 dio un curso en el que llamó «legionaria del Anticristo» a la activista sueca Greta Thunberg, por considerarla un obstáculo para el desarrollo tecnológico. 

Thiel tiene herramientas para llevar adelante estas ideas; además de mucho dinero e influencia política, cuenta con Palantir, una opaca empresa que ofrece servicios para privados y Estados, y que aparece como la punta de lanza de este proyecto postdemocrático. Thiel fue el principal financiador y promotor de J. D. Vance, actual vicepresidente de Estados Unidos. Casualmente, desde la llegada de Donald Trump a la presidencia, Palantir ha conseguido contratos con múltiples áreas del aparato de Estado norteamericano. El más conocido es con el ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), al que Trump sacó de las fronteras para buscar inmigrantes por todo el país, lo que provocó muertes, imágenes de un sistema represivo desatado y alta resistencia en la población. 

La empresa también ha penetrado, entre otros, al IRS (Servicio de Impuestos Internos), encargado de recaudar impuestos y gestionar información financiera muy sensible. 

Con el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro quedó claro el rol clave de Palantir dentro del aparato militar. Sus sistemas automatizados también fueron decisivos en la selección de blancos y el bombardeo en Irán. Uno de los «blancos» fue una escuela donde murieron más de 180 niñas y docentes. La penetración del Estado es tal que el director de tecnología de Palantir, Shyam Sankar, fue nombrado teniente coronel. Por mencionar solo un caso en otro país, también tiene un contrato clave con el servicio de salud del Reino Unido, el NHS.

El CEO de Palantir, Alex Karp, quien también es filósofo y amigo de Thiel, publicó un libro llamado La república tecnológica, que resumió recientemente en 22 máximas con gran revuelo. Entre ellas está que «Silicon Valley tiene una deuda moral con su país porque dedicó enormes recursos a desarrollar apps para “compartir fotos” en lugar de herramientas que permitan defender a la patria». También que ya no son tiempos para el «poder blando» o la «retórica inflamada» sino para un poder duro que será construido con software (justamente, el producto que ofrece Palantir). 

Candidatos extremos
¿Qué dicen estos tecnócratas de ultraderecha? Que la democracia es un obstáculo para la tarea fundamental de defender lo que ellos consideran «Occidente», de sus enemigos. ¿Cómo lograrlo? En los últimos años utilizaron datos y redes sociales para dirigir la frustración acumulada por décadas de políticas neoliberales que se implementaban, un poco más o un poco menos, tanto por Gobiernos de derecha como progresistas, tal como lo describe el italiano Giuliano da Empoli en Los ingenieros del caos. Así fue que la clase trabajadora votó por candidatos extremos en distintos países, pero una vez en el Gobierno, estos mandatarios, lejos de resolver la desigualdad, la profundizaron. 

Como este  atajo democrático muestra patas cortas, la ultraderecha parece consciente de la necesidad de aprovechar el poder de la tecnología. Su primer rol es penetrar el aparato de Estado con sistemas controlados por empresas como Palantir. Es lo que la pensadora israelí Shoshana Zuboff, en su libro ¿Capitalismo de vigilancia o democracia?, llama un «dominio sistémico» en el que «la infraestructura digital crítica de los gigantes es utilizada como herramienta para debilitar y luego usurpar las prerrogativas de la gobernanza del Estado democrático». Esta etapa llega luego de años de acumular datos, concentrarlos en unas pocas empresas y desarrollar mecanismos de «activación de comportamientos a distancia» que inicialmente se usaban en publicidad para vender productos, pero que ahora sirven para crear perfiles de la población, encontrar los más influenciables y empujarlos hacia posiciones extremas con estímulos diseñados específicamente. 

La penetración del Estado con herramientas automatizadas desplaza a personas especializadas, que suelen tener cierta comprensión de cómo se gestiona y algún límite moral. Así se puede «puentear» a la democracia para que las decisiones las tomen algoritmos diseñados por estas empresas con escaso o inexistente control democrático. Un pequeño ejemplo lo dieron los falsos positivos del ICE, que sirvieron para deportar incluso ciudadanos estadounidenses como si fuera inmigrantes ilegales. Para la investigadora de la Universidad de Cambridge Sophia Goodfriend, estos problemas no son un error: «Donde la IA falla técnicamente, cumple ideológicamente», dice. Todos somos sospechosos. Una vez que estas empresas desarrollan el «sistema operativo» del Estado, como lo llama la economista italiana Francesca Bria, un nuevo Gobierno tendría serios problemas para comprender cómo funcionan y remplazarlos por personas. 

Este uso de la tecnología se complementa con otro, diseñado para la vigilancia permanente de la población e impedir cualquier tipo de rebelión. Ante la posibilidad de un consenso mayoritario, se utilizaría un sistema de control que redirija el malestar o lo reprima desde el germen. Así, Occidente ya no tendría el «obstáculo» de la democracia o los derechos humanos para hacer lo que, según esta lectura, ocurre en China, donde existe un intenso monitoreo de las redes y seguimiento de los ciudadanos a través de dispositivos y reconocimiento facial. Paradójicamente, desde este punto de vista, este control permitiría preservar los «valores occidentales en peligro». 

Esta mirada parece ignorar que la estabilidad política china no se explica solo por los mecanismos tecnológicos de control social. En ese país hace años se vive una mejora de las condiciones de vida de la mayoría que contribuyen de manera determinante a la estabilidad. Algo parecido vivió el capitalismo de posguerra con el Estado de Bienestar, la misma que las políticas neoliberales llevan décadas desarticulando mientras aumenta la desigualdad.

Este proyecto ambicioso y delirante surge de una pequeñísima elite de ultrarricos que ya no tienen ningún contacto con la realidad de la mayoría, a la que observan desde sus castillos de cristal utilizando algoritmos y datos con capacidades limitadas para comprender la complejidad social. Aun así tienen dinero, tecnología y fuerza bruta como para obligarla a encajar en sus teorías, aunque no queda claro si no terminarán por acelerar el colapso de lo que ellos consideran «Occidente».

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