17 de junio de 2026
En medio del éxito de la serie Envidiosa y de la versión teatral de Secreto en la montaña, el actor publica su primer libro de poesía. Experiencia escénica y formación literaria.

Imágenes simples. El libro Una comadreja aborda temas como el amor, el miedo y el paso del tiempo.
Foto: Jorge Aloy
Todo junto: en pleno éxito de la temporada final de Envidiosa, y del estreno teatral de Secreto en la montaña junto a Benjamín Vicuña, Esteban Lamothe acaba de publicar su primer libro de poesía, Una comadreja, por el sello Caleta Olivia. «Teatro y tele nunca quise hacer a la vez porque es muy demandante», admite, mientras corren las grabaciones de Sanamente, con producción de Adrián Suar y dirección de Daniel Barone, una serie de ocho episodios sobre las complejidades de la salud mental.
Mientras tanto el libro reposa, sereno, y espera su turno en un tiempo paralelo que se parece más al de su infancia en Florentino Ameghino, donde nació en 1977. A los atardeceres de la llanura bonaerense y las aventuras en el campo, escenas que su madre retrata en pinturas como la que le encargó para portada de su libro y que decoran las habitaciones de su departamento. La poesía de Lamothe parte de imágenes simples pero desemboca en las alturas universales: el amor, el miedo, la infancia, el paso del tiempo.
«Hay un misterio siempre, por suerte, detrás de lo que funciona y de lo que no funciona», explica el actor sobre sus éxitos sobre tablas o en pantallas. Ese misterio también aplica a su poemario, aunque ahí la ambición de vender ejemplares no exista. «Después de los cuarenta, sobre todo, empecé a leer más poesía. Ahí me puse a escribir. Un día pasé todo lo que tenía escrito a mano y creo que, entre comillas, me convertí en escritor. La mayoría de los poemas eran horribles. Quise ir a un taller para corregirlos. Tengo muchos amigos poetas, pero decidí llamar a Clara Muschietti porque fue mi compañera de teatro hace veinticinco años, junto a Romina Paula y Pilar Gamboa, en las clases de Alejandro Catalán», cuenta. Con ellas dos comparte, a su vez, la obra Sombras, por supuesto, en un elenco que completan Esteban Bigliardi y Susana Pampín, y pronto tendrá reposición en el circuito under. «Con ellas nos formamos juntos como actores, nos queremos mucho, nos admiramos y nos dan ganas de pasar tiempo juntos. No necesito ni siquiera leer los guiones para aceptar hacer esas obras», dice.
Con las piezas de teatro comercial, explica, es distinto pero no tanto: Desnudos, en la que reemplazó a Luciano Castro, fue su debut en el circuito masivo, y también lo aceptó porque estaba entre amigos. Ahora regresa a la calle Corrientes con Secreto en la montaña: «Me pareció un desafío espectacular. Sobre todo en este momento, de mucha exposición por Envidiosa, pensé que era importante hacer una obra más áspera, una difícil, una de esas que te piden un montón. Además es una adaptación del cine, y no es simple pasarlo a un escenario, pero estoy muy contento. También me estoy encontrando con el público de esa obra, y me encanta. Antes yo me iba rápido del teatro, pero ahora me quedo a saludar a la gente, me saco fotos con personas que, en algunos casos, vinieron de otras provincias para vernos. Me gusta esa cosa popular, medio hollywoodense. No voy a buscar lo mismo que en Arthaus cuando hacemos las obras de Romina Paula, obviamente. Soy, creo, uno de los pocos actores que puede estar haciendo cosas indie, por llamarlo de una forma ordinaria, y cosas mainstream a la vez. Es una bendición para mí», admite el actor y poeta.
Misterio en escena
Una comadreja es, en lo personal, un regreso al origen. «Tuve una infancia y una adolescencia con muchas muertes jóvenes, en un pueblo muy chiquito, muy áspero y también hermoso. Si bien este no es exactamente un libro autobiográfico, usufructué estos recuerdos y les saqué el jugo a lo loco», explica, y dice que lee a la noche y a la mañana, «en general tres o cuatro libros a la vez».
La poesía lo acompaña inclusive cuando actúa: «No sé cómo se traduce, si me permite hacer mejor una escena que antes, pero sí sé que para mí es un refugio. En la escritura como en el teatro trato de metabolizar lo que me pasa», dice ese hombre que fue un chico que ni siquiera soñó con este destino. «Traté de estudiar nutrición y me fue muy mal. Trabajaba de mozo para pagarme la universidad privada, pero ni aún así aprobaba. Empecé a hacer cursos en el Centro Cultural Rojas, medio kamikaze. Después fui a dos profesores que me dijeron que actuaba bien. Nunca había tenido ese nivel de aprobación en otros lugares, ni en la parrilla, ni en la facultad. Así que me dije: listo, me quedo acá».
Jamás calculó alcanzar este nivel de exposición. «La poesía me protege de todo. No solamente de la fama, también de cualquier tragedia. Como el humor. Yo nunca me imaginé que iba a ser actor. Todo se justifica cuando veo que la gente se ríe, se conecta. Me veo a mí mismo como una especie de payaso. Al final del día, soy un chabón que hace monerías para que la gente se emocione: ese es mi rol en la sociedad. Qué sé yo qué es lo que hizo que me haga famoso. Hay un montón de actores buenos y de chicos más feos, más lindos o mejores que yo. No lo sé, y lo abrazo con todo el misterio que eso implica para mí. Porque es eso, un misterio».
