20 de junio de 2026
Mientras el presidente argentino propone liberar a la IA de cualquier restricción, el historiador israelí advierte sobre los peligros de darle acceso a sistemas políticos y financieros. ¿Y si ambos están equivocados?

Fotos: Getty Images
En un debate que hace un par de años era imposible de imaginar, en estas semanas Javier Milei y Yuval Harari intercambiaron opiniones en el reconocido Financial Times. Todo arrancó con una nota donde el presidente de Argentina reiteraba su fe ciega en la libertad de mercado y proponía liberar a la IA de cualquier restricción para que «se desarrolle sin la mano mortal de una regulación prematura y de pobre comprensión».
Como ejemplo de innovación capaz de liberar las fuerzas del capital, Milei cita la creación de la Compañía Neerlandesa de Indias Orientales en 1602, que utilizaba un nuevo sistema por acciones que la transformó en la primera Sociedad Anónima (la Compañía Inglesa de las Indias Orientales se fundó en 1600, pero no tomó esa forma hasta más tarde).
El objetivo de la compañía era abrir rutas comerciales para las especias, cuya volatilidad de precios permitía acumular fortunas y quebrantos en poco tiempo de manera parecida a lo que hoy logran las criptomonedas. Para el presidente, «en el mismo espíritu de los comerciantes neerlandeses que hicieron de Ámsterdam la capital financiera del siglo XVII, queremos ofrecer el ambiente legal y fiscal más atractivo para las compañías de IA que definirán el siglo XXI».
El historiador israelí Yuval Harari, muy conocido por su best seller De hombres a dioses y numerosas intervenciones en foros y entrevistas, reaccionó como seguramente lo hicieron muchos lectores con conocimiento básico en historia: «Cuando la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales capturó Jayakarta en 1619, la incendiaron y construyeron una nueva ciudad en su lugar. El rol que tendría Argentina en esta nueva versión de la historia es el de esa ciudad, no el de unos enriquecidos Países Bajos».
Lo que no cuenta Milei es que en 1619 la compañía conquistó Jayakarta (actualmente Yakarta, capital de Indonesia) con su ejército, terminó con el sultanato de Bantén, cambió el nombre de la ciudad por Batavia, privatizo de hecho la ciudad y hasta acuñó su propia moneda. Durante más de un siglo la compañía gestionó el comercio, masacró poblaciones, enfrentó (y venció) a otras potencias, conquistó tierras y llevó esclavos de África, entre otras cosas, para enriquecer a los neerlandeses. La historia es conocida y hay mucho material histórico sobre ella del cual aprender.
Pero no es eso lo que más llama la atención del historiador Harari. Si bien coincide en que la creación de sociedades de IA permitiría «a los agentes de IA tomar numerosas nuevas iniciativas que potencialmente generen una nueva riqueza enorme», advierte que esto también permitiría a esas IA acceder a los sistemas financieros, económicos y políticos, algo que considera peligroso.
Además, según Harari, las IA están programadas para ganar y suelen hacer trampa antes de aceptar la derrota. Pero incluso si se las sancionara por eso, no tienen miedo a ser encerradas, a diferencia de los CEO, a quienes también les puede gustar el dinero, pero son «entidades biológicas que se preocupan aún más por su libertad y felicidad y temen cosas como pasar diez años en prisión».
Milei contestó con una amabilidad inusual a las críticas de Harari. Esa sintonía entre ambos es posible porque comparten un supuesto.
Autonomía y libertad
La «agencia» suele definirse como la capacidad de un «agente», ya sea una persona u otro tipo de entidad, de tomar decisiones autónomas. Esta idea no es tan simple como parece y admite discusiones sociológicas, filosóficas o psicológicas acerca de cómo se forman nuestras decisiones desde su germen, siempre atravesadas por nuestra historia personal, por lo social, la economía y otros factores, es decir, formas de poder que las afectan en alguna medida.
Sin embargo, en las IA Generativas (IAG), es decir, aquellas que son capaces de producir contenidos nuevos o tomar ciertas decisiones a partir de instrucciones y datos, las variables que las determinan son mucho más acotadas. La única forma que tienen estos algoritmos de «conocer» el mundo es a través de aquellos contenidos generados por humanos que puedan ser digitalizados para encontrar patrones. Nada hay en ellos de emociones, cuerpo, empatía, ética, sensatez básica o alguna de las otras cosas que nos hacen ser humanos y tener inteligencia. De hecho, la IAG, como ya se ha dicho, no es ni inteligente ni artificial: es estadística que depende de la única fuente de inteligencia conocida, la humana. Incluso el concepto «inteligencia» a secas no está del todo claro a qué se refiere, si existe realmente o de qué depende. En realidad, al hablar de IA se está aprovechando la ambigüedad del concepto para antropomorfizar un fenómeno que pese a su complejidad y su potencial, no deja de ser probabilístico.
Un ejemplo: a partir de la muerte del Indio Solari, varios medios hicieron un listado de algunas de sus frases más famosas, indicando a qué canción pertenecían. Para cualquier seguidor del músico era fácil detectar frases apócrifas, otras que no estaban en las canciones indicadas o nombres de temas inexistentes. El resultado, sin embargo, era verosímil estadísticamente y podría haber sido cierto. Solo que no lo era.
Este límite de las IA Generativas es estructural y nada indica que más datos, cómputos y parámetros permitirán superarlo. Por eso, imaginar que una IA que inventa canciones del Indio (disponibles para todos en la web) pueda tomar decisiones autónomas en un mundo real mucho más ambiguo y menos claro, gestionarlas y llevarlas adelante con cierta sensatez básica, no tiene sentido. Harari, al igual que Milei, no tiene en cuenta los límites actuales de esta tecnología. La IA Generativa puede resultar una herramienta útil si es supervisada por humanos, pero creer que puede tomar decisiones sensatas, sostenidas y autónomas no tiene sentido más allá de los titulares llamativos. Prometer más que eso, como hacen las empresas, tiene que ver con la necesidad de conseguir fondos para seguir una carrera loca sin que esté claro si alguna vez se pagarán los costos.
Titiriteros
¿Entonces? En realidad las sociedades de IA sirven para otra cosa: proteger a quienes las diseñan, entrenan (y deciden con qué hacerlo y para qué) y, seguramente, las guían para que garanticen el beneficio propio. Si realmente algunas IAG formaran sociedades no-humanas sería para que alguien no dé la cara aprovechando la mitología actual en torno a la capacidad de agencia de las IAG. De esa manera podría ocultar su responsabilidad y sacarse de encima los molestos pruritos humanos que pueden obstaculizar la reproducción del capital. «No soy yo, es la IAG», podrán explicar los titiriteros sin necesidad de responsabilizarse de nada, siquiera en lo formal.
Una vez más, el proyecto no es tecnológico: es quitarle límites políticos, económicos, legales y hasta humanos al proyecto único (ya no principal) de incrementar las ganancias a cualquier costo.
