Política

Tribulaciones de un espía flojo de papeles

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Ricardo Ragendorfer

Exagente de inteligencia, dueño de Flybondi, lobbista y aliado de Santiago Caputo, Leonardo Scatturice cobró notoriedad por una presunta red de corrupción en Arsat. Perfil de un peso pesado de las sombras del poder. 

Primera fila. En un evento de la Conferencia de la Acción Política Conservadora: Donald Trump, su asesor Barry Bennet, y un sonriente Leonardo Scatturice.

El abogado mendocino Facundo Leal, quien capitaneó la Empresa Argentina de Soluciones Satelitales (Arsat) y, luego, el Organismo Regulador del Sistema Nacional de Aeropuertos (Orsna), fue detenido el pasado 27 de mayo, durante un allanamiento a su hogar, a raíz de una causa penal por el robo de fibra óptica en la primera de aquellas dependencias. Lo notable fue que en su dormitorio atesorara dos millones y medio de dólares en billetes termosellados, 121 gramos de cocaína, 70 pastillas de éxtasis y otras tantas de ketamina, junto a equipos de inteligencia que asombraban por su sofisticación. Entre estos, dispositivos para rastreo a distancia, detectores de radiofrecuencia y consolas de contraespionaje, además de cámaras y micrófonos camuflados con ingenio. 

Hay quienes vinculan el hallazgo de tales aparatos con un hecho ocurrido a comienzos de 2025 en el aeropuerto Jorge Newbery: el aterrizaje de un avión Bombardier Global 5000 del que se descargaron diez valijas. La nave pertenecía a la compañía OCP Tech. Y el aspecto –diríase– administrativo del vuelo estaba a cargo de su empleada jerárquica Laura Arrieta, a quien le bastó una llamada telefónica para eludir los controles aduaneros.

Pues bien, ahora se conjetura que en aquellas valijas podrían haber llegado los equipos decomisados en el departamento del doctor Leal.

Dicho sea de paso, el titular de OCP Tech es un tal Leonardo Scatturice. Su nombre supo saltar a la luz después de que adquiriera Flybondi, la pionera de las aerolíneas low cost en Argentina. Y también por su destreza como lobbista internacional. Sin embargo, de forma gradual –y de manera, claro, involuntaria– su figura ha comenzado a trascender el marco estrictamente empresarial y diplomático para alimentar el siguiente interrogante: ¿acaso se trata de un nuevo peso pesado en el mundillo de las tinieblas del presente?

No está de más, entonces, echar un vistazo a su trayectoria. 


El pecado de la locuacidad

La suya, en cierto modo, es la epopeya de una redención. Al comenzar el siglo en curso, no había muchos que apostaran por su futuro. Emigrado de Lanús, su patria chica, después de su expulsión del Liceo Naval (en donde se inscribió a regañadientes por presiones paternas) empezó a frecuentar los arrabales de la zona norte del Conurbano. Tenía 24 años, ya lucía una incipiente calvicie y un temperamento «entrador». Pero no disimulaba su inclinación por las malas juntas. De manera que –a ojos vista– consumía sus horas frecuentando dealers, ladrones de poca monta y hacedores de otras modalidades delictivas.

A la vez, solía mantener citas regulares con un sujeto morocho y retacón al que brindaba detalles precisos de sus pláticas con esos otros contertulios. Ese hombre no era otro que el jefe de la Sub-DDI Pilar, comisario mayor Alejandro Elorz, a quien le oficiaba de soplón.

El asunto es que el verdadero cariz del lazo entre ellos empezó a correr entre los hampones como por un reguero de pólvora. Por eso, incluso, conserva la cicatriz de un balazo en la nalga izquierda, fruto de un «ajuste» inconcluso. 

Debido a semejante vicisitud, Elorz se apuró a sacarlo de circulación. Es que le tenía una gran estima, al punto de haberlo apadrinado. Y gracias a sus contactos, fue la llave que, a continuación, le abrió las puertas de la SIDE; pero solamente como agente inorgánico. En otras palabras, seguía siendo un soplón.

No obstante, él maquillaría tamaña deshonra con eficacia, dibujándose un currículum más respetable. Tanto es así que, a través de los años, no dejó de atribuirse «cruciales pesquisas» para La Bonaerense y la SIDE, aunque sin dejar de cometer un gran pecado en el universo de los espías: hablar de más.

Eso, hacía ya tres lustros, hizo que el poderoso agente Antonio Stiuso se fijara en él con desconfianza, convencido de que operaba para su archienemigo, Fernando Pocino, quien dirigía en «La Casa» –como se le dice a la SIDE– una facción rival.  Y lo puso bajo su lupa.

De ese fisgoneo surgieron profusos datos sobre las actividades paralelas de Scatturice. Como que poseía una agencia privada de espionaje bautizada D3 Consulting. Y que su cartera de clientes abarcaba desde prósperos empresarios hasta funcionarios y políticos de fuste, pasando por organismos extranjeros de inteligencia, incluida la CIA, algo que, incluso, reconoció públicamente Frank Holder, uno de sus cuadros, a fines de 2016. Y no menos abundantes fueron las escuchas con su voz que Stiuso distribuía entre algunos periodistas. 

Pero el bueno de Scatturice logró sobrevivir a esa inclemencia climática, mientras se abocaba a otras tareas no menos trascendentes.


El inmigrante
Hasta aquí, la biografía de un «garufero» de barrio. Y a partir de ahora, la gesta de un self made man que se transformó en magnate, sin renunciar a sus métodos de origen. Tales son las dos caras de este personaje.

Créase o no, el artífice de su despegue económico, a partir de 2016, fue el ministro de Educación macrista, Esteban Bullrich, ya que lo bendijo con un contrato para desarrollar por cuenta de Educar S.A. el plan Conectar Igualdad. Así empezó este cuento de hadas, en el sentido «chandleriano» de la palabra.

Seguidamente, ya con capital para invertir, apostó al rubro aeronáutico, montando –en sociedad con el comisario Elorz– la firma AJS Jet.

Desde ese instante, sus negocios fueron múltiples e imparables: para eso ideó dos firmas centralizadoras: la COC Global Enterprise y la ya mencionada OCP Tech. Scatturice tenía los ojos puestos en los Estados Unidos.

De hecho, con tamaño propósito hasta creó una usina de lobby –la Tactic Global– con la que consiguió aproximarse al ala más conservadora del Partido Republicano, tejiendo una amistad con dos personajes muy próximos a Donald Trump: sus asesores Matt Schlapp y Barry Bennet.

Así llegó el 22 de febrero de 2025, cuando Javier Milei, con una expresión embelesada, disfrutaba del discurso de Trump en el hotel Gaylord, de Maryland. Aquel evento estaba a cargo la Conferencia de la Acción Política Conservadora (CPAC). Y en la primera fila resaltaban sus referentes, encabezados nada menos que por Scatturice. El mandatario argentino jamás olvidaría esa velada.

En esa ocasión, a modo de relleno, también estaba el canciller Gerardo Werthein (ofuscado con Scatturice por celos de elenco) y el asesor todo terreno Santiago Caputo (orgulloso de que Scatturice fuera parte de su escudería). En tanto, la hermana Karina los escrutaba con un dejo de recelo.

Se puede decir que, por entonces, el otrora soplón ya integraba el anillo invisible del poder político nacional. Y al punto de lograr que el joven Santiago nombrara amigos suyos en puestos clave, como Andrés Vázquez en la ARCA.

Lo significativo es que Scatturice amasara su cuota de poder en el ámbito local sin siquiera vivir en el país, al que no pisó por años. 

Su mudanza, primero a Panamá y, luego, a los Estados Unidos, ocurrió tras dar rienda suelta a su vocación empresarial. En la tierra norteamericana él se siente a sus anchas. Pero su felicidad no es completa por una razón de peso: los intentos de conseguir la residencia permanente le habían sido esquivos, ya que una y otra vez le rebotan el otorgamiento de la green card.

¿Acaso la ICE (sigla en inglés de la policía migratoria) lo acecha?

Tal vez la posibilidad algo surrealista de ser deportado como un «chicano» flojo de papeles figure entre sus pesadillas recurrentes. Y a pesar de su amistad con Trump. Paradojas son paradojas. 

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