Política

La señora de las vallas

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Ricardo Ragendorfer

Alejandra Monteoliva, ministra de Seguridad y pretendida discípula de un polémico general retirado de la Policía colombiana, cultiva el perfil bajo, pero los tiros se le escapan por la culata.

Rodeada. Monteoliva ocupa el cargo de ministra desde la renuncia de su mentora, Patricia Bullrich.

Foto: Getty Images

Las vallas de hierro azul que separan al Congreso de la plaza homónima ya son parte del paisaje urbano. Semejante decoración –diríase– fue una iniciativa de Alejandra Monteoliva durante el otoño de 2024, cuando secundaba a Patricia Bullrich en el Ministerio de Seguridad.

Ella sobrellevaba sus funciones con exagerada reserva.

La opinión pública recién sabría de su existencia el 11 de septiembre de aquel año, al acudir por orden de su jefa a programas televisivos conducidos por periodistas del oficialismo sin otro propósito que mostrar un video manipulado sobre la niña Fabrizia, de 10 años, gaseada horas antes por la policía durante una marcha. Entonces, y sin que se le moviera un solo músculo facial, aseguró que tamaña salvajada había sido obra de los manifestantes.

El problema fue que esa fake fue tan burda que hasta indignó a tipos como Eduardo Feinman y Jonatan Viale, quienes la desenmascararon en vivo. A partir de entonces, Monteoliva volvió a refugiarse en su bajo perfil.

Eso no impidió que, en diciembre de 2025, reemplazara a Bullrich en la titularidad ministerial, tras el ingreso de esta a la Cámara Alta. 

Aun así, seguía esquivando a la prensa; pero no para siempre. 

De hecho, su renacimiento mediático fue en la víspera del partido entre Argentina e Inglaterra. En esta oportunidad, desde la Casa Rosada informó su presencia, por Zoom, en un cónclave del Centro Internacional de Cooperación Policial (IPPC), donde tuvo el gran privilegio de codearse con delegados del FBI, de la FIFA y del Departamento de Seguridad de los EE.UU. (DHS), para acordar la prohibición absoluta del ingreso al estadio con banderas y carteles que exhibieran mensajes políticos. Hasta se dio el lujo de poner a disposición de sus contertulios una lista de 34.000 hinchas sobre los que se aplica el derecho de admisión en las canchas argentinas. 

Ya se sabe que, al concluir el partido, el trapo malvinero desplegado por la Scaloneta sumió en el ridículo ese acto de censura.

A Monteoliva, el tiro le había salido otra vez por la culata.

Pero, más allá de tales contratiempos, en su biografía se desliza una trama, por momentos trepidante, que merece ser explorada.

La cautiva
Sobre esta señora de 56 años persiste un interrogante: ¿qué habría inyectado en su alma el germen de un punitivismo tan extremo?
Porque su vocación original apuntaba hacia la Ciencia Política. Tanto es así que cursó esa carrera en la Pontificia Universidad Católica de Córdoba (su ciudad), antes de trasladarse a Colombia por un posgrado en la Universidad de los Andes, con sede en Bogotá, célebre por su conservadurismo académico. 

Sin embargo, no fue en sus aulas donde se le pegó en la piel la obsesión por el disciplinamiento penal a gran escala, sino a raíz de un hecho, por demás, dramático: su secuestro, mientras gozaba de un weekend en una playa caribeña próxima a la Sierra Nevada de Santa Marta. Sus captores, que actuaron con una sincronía casi coreográfica, pertenecían a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Corría el comienzo de 1995. 

Monteoliva estuvo cautiva durante casi un mes. Y su liberación fue fruto de intensas negociaciones, en las que intervino el mismísimo jefe de la Policía Nacional de Colombia, general Óscar Adolfo Naranjo, después breve vicepresidente de ese país. 

Pues bien, tanto el vía crucis sufrido por ella como su salvador incidieron en lo que sería, a partir de entonces, la misión de su vida. 

Por lo pronto, Monteoliva se reconoce como «discípula» de Naranjo. Incluso, supo consignarlo en su currículum. Y sin un ápice de pudor.

Porque el tipo fue un represor de fuste, al que, entre otras proezas bélicas, se le atribuye el bombardeo realizado en la zona ecuatoriana de Angostura, con un saldo de 25 muertos (entre ellos, cuatro estudiantes mexicanos de la UNAM), por creer, erróneamente, que en ese sitio había una base de las FARC.

La cuestión es que Monteoliva empezó a trabajar junto a él. Por lo que su «escuelita» fue el denominado «Plan Colombia» contra los cárteles de la droga y la guerrilla por excusa, aunque con miles de obreros, campesinos y estudiantes asesinados por falanges parapoliciales comandadas, justamente, por Naranjo. 

Aquellos ríos de sangre, de los cuales –es justo reconocerlo– ella solo fue espectadora, le sirvieron para presentarse como «experta en gestionar políticas de seguridad». Así, consiguió ganarse el pan con «asesorías» durante casi medio lustro. Pero sus conocimientos en la materia no eran deslumbrantes, por lo que sus contratos no solían ser renovados.

Recién volvería al país en 2012, tras 19 años de ausencia. Y lo cierto es que el recibimiento que mereció en Córdoba fue a la medida de sus ambiciones, ya que el gobernador, José Manuel de la Sota, no vaciló, primero, en ponerla al frente del Observatorio del Delito y la Violencia y, después, del Ministerio de Seguridad provincial. Monteoliva tocaba el cielo con las manos. 

Ella supuso que, en comparación con lo que sucedía en Colombia, su trabajo sería ahora un juego de niños. 

Lo cierto es que la realidad le demostró lo contrario.

Congreso cerrado. Una de sus firmas de autora en la gestión: el vallado del Parlamento.

Foto: Marina Garber

La heredera
Ya transcurrían las últimas semanas de 2012 y, en 18 provincias, los «rechifles» policiales, en reclamo de mejores salarios, crecían como una bola de nieve, con zonas liberadas, saqueos y enfrentamientos armados entre salteadores, agentes del orden y comerciantes, con un saldo de 25 muertos en todo el país.

La mazorca de Córdoba no fue una excepción. Allí, el asunto dejó cuatro cadáveres, alrededor de 200 heridos y más de 1.000 tiendas afectadas.

La pobre Monteoliva jamás imaginó verse envuelta en una situación así. Ni sabía hacia dónde huir. Y únicamente, entre lágrimas, repetía.

–Esto me tomó de sorpresa…

Su gestión duró, exactamente, 12 semanas y un día.

Luego, sin moverse de Córdoba, atravesó dos largos años de ostracismo, pero el triunfo electoral de Mauricio Macri, a fines de 2014, fue un ramalazo de esperanza para su destino. A eso se sumó que, subyugada por el borrador del «Protocolo Antipiquetes» de Patricia Bullrich, viajó con suma premura a Buenos Aires para conocerla. El flechazo entre ellas fue inmediato. Y su nueva amiga la sumó a la gestión ministerial que inauguraría el 10 de diciembre. Monteoliva se convirtió en secretaria de Seguridad de la Nación. A todas luces, una revancha.

Desde Córdoba, con el diario ante los ojos, De la Sota no lo podía creer. 

Finalizado el régimen amarillo, Monteoliva «puchereó» con una asesoría de poca monta en la ONU; pero también viajaría a El Salvador para contactarse, en busca de trabajo, con Nayib Bukele, su entonces flamante presidente.

Este sujeto, que presume ser un dictador cool es, en realidad, una bestia con garras que, con el fervor de un urbanista, transformó a su país en un inmenso presidio, cuya capital es el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), con capacidad para 40.000 reclusos. 

Bukele fue amable con Monteoliva; pero, en rigor, no le llevó el apunte. 

Recién a fines de 2023, la llegada de Javier Milei al Sillón de Rivadavia significó el regreso triunfal de Bullrich al Ministerio de Seguridad. Y, claro, con Monteoliva otra vez como brazo derecho, antes de heredar su trono. Caprichos de la realidad. Los resultados están a la vista. 

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