Cultura

El otro lado de las muestras inmersivas

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Andrés Valenzuela

Obras de Van Gogh y Frida Kahlo, hasta la vida en las pirámides o en una estación espacial, son el eje de experiencias «tridimensionales» que ganan adeptos en el país. Cultura, tecnología y entretenimiento.

Desde adentro. Imagine Van Gogh, El horizonte de Keops y Exploradores del espacio, algunos ejemplos recientes. Fotos: Prensa

Un paseo por el jardín de las delicias pintado por El Bosco. Una caminata por el casco de la Estación Espacial Internacional. El sol abrasador de Egipto, un día cualquiera durante la construcción de las pirámides. Un cuerpo envuelto en los trazos de un impresionista. Un juego en la vereda de Mafalda. Lo que tienen en común todas estas escenas es que forman parte de distintas propuestas englobadas en las «muestras inmersivas» o «tridimensionales», un creciente segmento de entretenimiento que gana terreno en la oferta cultural argentina, especialmente en Buenos Aires.

Hay muchos tipos de experiencias inmersivas. Las más conocidas son las que proponen viajar al interior de grandes obras de arte, entre otras, las de Frida Kahlo, Vincent Van Gogh o las que forman parte del acervo del Museo del Prado, de España. Aunque también hay otras que proponen viajar en el tiempo o el espacio, ya sea a la antigüedad, el medioevo o el presente, pero en entornos inusuales, como el que rodea a los astronautas. E incluso hay otras que buscan intervenir sitios públicos, como la reciente y polémica muestra inmersiva en el Jardín Botánico porteño, que generó debate en torno al cuidado de la flora y fauna del reservorio palermitano.

Más allá de su tipo y su género, independientemente de si el resultado es fruto de la utilización de cascos de realidad virtual o de un mapping (proyección) sobre el espacio, en este lenguaje audiovisual o artístico naciente la idea es siempre la misma: que los visitantes estén «adentro» de la obra. En Buenos Aires ya hay varios lugares donde se ofrece esta experiencia cultural con regularidad, como el ex CCK, ahora llamado Palacio Libertad, o La Rural.


Portales de la percepción
Como exponentes de un lenguaje audiovisual o artístico naciente, estas propuestas reciben miradas contrapuestas. Están quienes celebran y disfrutan las muestras inmersivas, a la par de quienes consideran que degradan la experiencia artística. Y están, también, quienes ven un promisorio futuro para este nuevo modo de interpretar el legado de la cultura universal.

«A nivel global hablamos de un mercado que ronda ya los 150.000 millones de dólares y crece a más del 25 por ciento anual, pero claramente es incipiente para nuestro país y, con algunas diferencias entre países, también para la región», apunta Enrique Avogadro, exministro de Cultura porteño, y consultor de la agencia Pulmón Creativo.

Para Avogadro se trata de «un nuevo formato, una nueva forma de contar historias». Para la artista visual Agustina Rinaldi, en tanto, es fundamental distinguir entre «obra» y «experiencia» inmersiva.

«Para mí, toda experiencia estética tiene una dimensión inmersiva. El arte siempre ha tenido la capacidad de transformar nuestra percepción y de sumergirnos en una atmósfera específica, la que hoy llamo ese otro mundo posible», reflexiona. «Las tecnologías inmersivas sin dudas amplían esas posibilidades, pero no las garantizan. A mí me interesan especialmente los proyectos en los que la inmersión surge como respuesta a una investigación particular y no como un fin en sí mismo o como un recurso espectacular», completa.

El uso de la tecnología –un tema con una fuerte presencia en estos días, también a partir de la irrupción de la inteligencia artificial– está en el centro de la discusión y también se extiende al estatuto de arte de la disciplina. Es un debate que recupera, en cierto modo, las lógicas que en su momento se utilizaron para cuestionar la aparición de la fotografía o la incorporación de instrumentos eléctricos en la música. Apocalípticos o integrados: mientras para algunos la muestra inmersiva puede quitar «aura» a la obra de arte, para otros la abre a nuevas posibilidades.

Al frente de la productora DG Entertainment y responsable de muchos de los grandes shows internacionales realizados en Argentina, Daniel Grinbank también está detrás de la llegada de muchas de estas propuestas. Por ejemplo, las que se pueden visitar en La Rural: Imagine Van Gogh, Art Masters, El horizonte de Keops y Exploradores del espacio, las dos últimas todavía en cartel. «El término se puso tan de moda que hay muchos subproductos que se cuelgan el mote o eslogan de inmersivo y no son tal y degradan la experiencia», considera.

«Cuando las muestras inmersivas se meten con el arte, definitivamente es otra cosa. Y si se hacen con calidad, de ninguna manera la degradan. Las que hicimos nosotros te ponían en otra dimensión, porque te metías dentro del cuadro y era una experiencia muy bien realizada. Pero de ninguna manera reemplazan a las obras originales, sino que son absolutamente complementarias e inclusive son un elemento de difusión para ver las versiones originales», celebra el productor.

Para Avogadro, el nuevo formato también abre posibilidades de proyección para la cultura iberoamericana. «Un ejemplo concreto es la muestra inmersiva de Mafalda, que se va a inaugurar en octubre en Buenos Aires y que está previsto que después gire por diferentes países. Es una propiedad intelectual argentina con un enorme renombre internacional y, de esta manera, puede llegar a nuevos públicos».

«El desafío curatorial consistiría justamente en sostener una solidez narrativa, evitando que esta sofisticación técnica se vuelva el centro de toda la experiencia», advierte Rinaldi. «Una propuesta inmersiva puede ser visualmente impactante, pero eso no garantiza que la experiencia estética sea significativa. Una obra de enorme austeridad también puede conmovernos profundamente y abrirnos a ese otro mundo posible», concluye.

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