Deportes | FIN DE UNA ERA

Gallardo, un adiós agridulce

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Alejandro Duchini

El DT cerró su vínculo con River tras un segundo ciclo marcado por la deuda en el juego y las eliminaciones en torneos clave. Las fuertes inversiones en futbolistas no surtieron efecto. Su condición de ídolo, intacta.

Napoleón. Saludo a los hinchas que colmaron el Monumental y ovacionaron a uno de sus máximos referentes, en un encuentro que finalizó con victoria.

Foto: NA

Emocionado y confiado, feliz, incluso relajado. Así se mostró Marcelo Gallardo en agosto de 2024, cuando iniciaba su segundo ciclo al frente de River. Ya tenía la gloria de su paso anterior e incluso la estatua. Y el amor incondicional de los hinchas. Un año y medio después, el mismo Marcelo Gallardo anuncia en un video institucional que se va, que ese ilusionante segundo ciclo se termina. Tiene la mirada como perdida, parece a punto de flaquear pero no, no flaquea, dice que está emocionado, pero por otras cuestiones. Ya no se lo ve confiado ni feliz y mucho menos relajado. El encuentro con Banfield, donde fue ovacionado durante toda la noche, tampoco pudo modificar su gesto serio, como de tristeza.

En su segundo ciclo, Gallardo asumió con la postura de aquel que tiene la espalda suficiente como para manejar las cosas a su antojo. Lo primero que hizo fue renovar el equipo. Sacó a varios de los que habían sido campeones con Martín Demichelis como DT. Sacar a Demichelis fue una decisión a consciencia de la dirigencia, pero sembró dudas en algunos hinchas que intuían que ese equipo aún no había llegado a su techo. Pero si se hablaba de Gallardo, el símbolo todavía muy presente entre los aficionados por la gloria conseguida. 

La simbiosis entre Gallardo y River es de esas que pocas veces se dan en el fútbol. En la historia de River, tal vez Ángel Labruna está a su altura; detrás, posiblemente se ubiquen Alonso y Francescoli, mánager que quedó relegado a un segundo plano con la vuelta del Muñeco. En Boca, esa simbiosis es con Maradona y Riquelme. Ni siquiera Carlos Bianchi pudo ser rey para siempre: él también tuvo que beber el mal trago de las derrotas en su momento, sobre todo en su último ciclo.

Porque el fútbol es otra cosa. Es una máquina de tragar todo. Dirigentes, jugadores, técnicos. Basta con recordar al –en su momento– poderoso Marcelo Tinelli, por citar un ejemplo, a quien le bajaron el pulgar cuando quiso comandar la AFA y debió sepultar sus pretensiones futboleras para volverse a su mundo de shows televisivos. Así, sobran los casos. Marcelo Gallardo es ahora otro.

Sin fuego sagrado
No lo salvó ni el llanto ni los carteles ni el Monumental entero cantando por él durante la despedida en el River 3 – Banfield 1 del jueves. No lo salvó porque desde que volvió, River nunca pudo arrancar. Jorge Brito, por entonces presidente de River, le dio los primeros gustos. Marcos Acuña, Germán Pezzella, Fabricio Bustos y Maximiliano Meza fueron los primeros en llegar a su pedido. Pero River no arrancaba. Entonces un Gallardo poco acostumbrado a los malos tragos inventaba una definición que se volvía como caballito de batalla: no fluye, decía. El equipo no fluye, el juego no fluye. Un maestro zen a punto de explotar. Y los resultados tampoco fluían. En las conferencias de prensa se enojaba con periodistas, se incomodaba con determinadas preguntas y se mostraba falto de la alegría. Si se repasan los videos del último tiempo se observa su fastidio: Gallardo de a poco deja de sonreír.

Pero buscó relanzarse. Llegaron Gonzalo Montiel, Lucas Martínez Quarta, Enzo Pérez, Gonzalo Tapia. Pero el River de Gallardo seguía sin encontrar ni resultados ni juego. Por el torneo Apertura 2025, y en el Monumental, debió definir a partido único su clasificación ante Platense; quedó eliminado, un golpe duro para el Muñeco y la gente. En agosto, y ya con la Copa Libertadores como principal objetivo, Brito no dudó en abrir de nuevo la billetera. Más que abrirla se la dio a Gallardo. Que quiere sí o sí a Maximiliano Salas, de Racing. Se pagan, entonces, 9 millones de dólares por la cláusula de rescisión. Y Juanfer Quinteros también deja Racing para volver a River. Y se suma, entre otros, Juan Carlos Portillo, que la rompía en Talleres.

Pero el Palmeiras lo eliminó. Hubo un momento crucial en el partido de vuelta, que River perdió 3 a 1. Cuando ganaba 1 a 0, nada menos que en Brasil, Kevin Castaño, por el que se pagaron casi 14 millones de dólares, dilapidó una situación clarísima que hubiese significado el 2 a 0. Si lo hacía, es posible que la suerte de Gallardo fuese otra y hoy no estuviésemos refiriendo esta despedida. No hubo caso: nueva decepción con Palmeiras ganando 5 a 2 en el global de ambos partidos (en la ida los brasileños ganaron 2 a 1).

Pasó un año del inicio del segundo ciclo y la situación ya era preocupante. Preocupa porque nada sale como se esperaba ni como la primera vez. El nuevo presidente de River, Stéfano Di Carlo, tampoco tuvo reparos con la billetera. Y para dar un golpe de efecto, antes del clásico con Boca anuncia, con Gallardo a su lado, que le renovará el contrato. O sea, le da confianza. Había que dar la imagen de que la casa está en orden.

Sin vuelta
Ya en 2026, llegaron Aníbal Moreno, Fausto Vera y Matías Vigna. Hablamos de casi 10 millones de dólares en un fútbol argentino cada vez más pobre. El verano es terrible: en febrero, por el torneo local, Tigre le ganó 4 a 1 en el Monumental. No se salvó nadie de la desazón; y algunos jugadores fueron insultados. Y hubo silenciosos reparos para Gallardo. El Monumental quema, de todos modos. Arde. Luego visita a Argentinos y pierde 1 a 0. Después por la Copa Argentina le gana al Bolívar 1 a 0 con lo justo. Y en Liniers, por el Apertura, el Vélez de Guillermo Barros Schelotto –referente de Boca si los hay– le ganó 1 a 0. Recién en el segundo tiempo hubo algún tipo de reacción, pero no alcanzó. La de Liniers es de esas noches en las que si todo puede salir mal, sale mal: Franco Armani volvía de una lesión y se fue lesionado de nuevo. Juanfer Quinteros, el mejor del equipo, también se lesionó. Y River, que así y todo pudo empatar en el segundo tiempo, no tuvo la suerte de otros tiempos. 

Gallardo sintió que ya está, que no hay vuelta atrás. Y 28 horas después se difundió el video institucional con el que se despidió de los hinchas que, ante Banfield, lo aclamaron y lo lloraron. Pasaron 19 meses y 86 partidos. 36 victorias, 32 empates y 18 derrotas. 110 goles a favor, 69 en contra. Ningún título. 90 millones de dólares invertidos. 20 incorporaciones de renombre.

En la genial película Historia de un matrimonio (Noah Baumbach, 2019), Adam Driver y Scarlett Johansson se aman y, así y todo, saben que la relación no va más. Se separan. Pocas veces unos ojos como los de Johanson dicen tanto como cuando mira a Driver sabiendo que no hay vuelta atrás. Que se terminó. Algo parecido pasó en el Monumental, tras el triunfo ante Banfield, con los hinchas de River mirando a Gallardo. El símbolo, el gran ídolo, que no pudo revalidar su exitoso primer ciclo, con 14 campeonatos ganados. Eso ya entró en la historia.

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