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«La cultura necesita apoyo estatal»

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Javier Firpo

Mercedes Morán es una de las actrices más populares del país. Su labor como intérprete resultó en personajes que hoy ya son inolvidables. Últimos trabajos en cine y televisión y su nueva faceta de escritora.

Foto: Jorge Aloy

En el amplio living de su departamento, que mira a la avenida Libertador, en Retiro, Mercedes Morán recibe finalmente a Acción después de varios intentos que se vieron malogrados; primero, por una agenda tomada de rehén por los compromisos laborales y, segundo, por el duelo por la pérdida de un familiar querido: Mariano Castro, periodista, hermano gemelo del recordado conductor Juan Castro. «Fue un gran tipo, un gran padre, siempre estuvo presente», dice Mercedes, sobria y aún dolida, sobre su yerno, separado desde hacía años de su hija, la directora teatral Mercedes Scápola. Prefiere no ahondar en el tema y rápidamente va a la cocina a buscar café y habla espontáneamente del último trabajo que filmó y que le despierta un gran entusiasmo: Mis muertos tristes, una miniserie de cuatro episodios, basada en el cuento de Mariana Enriquez, que dirigió el chileno Pablo Larraín y se estrenará en Netflix, después del mundial.

«Es un género parapsicológico; Mariana le imprime esa mezcla de fantasía con lo social, que hace a la trama muy atractiva, porque la historia se ubica en un futuro cercano, aunque es medio atemporal y si bien el director es chileno, tiene mucha presencia argentina: además de la autora, están Dolores Fonzi, Alejandra Flechner y Carlos Portaluppi, y gran parte del rodaje se hizo en Buenos Aires», cuenta mientras enciende un cigarrillo y toma un sorbo de café al mismo tiempo.

–Encarnás a la doctora Ema. ¿Qué características tiene tu personaje?
–Tiene la particularidad de que desde chiquita ve y habla con los muertos a pesar de ella, lo hace de manera involuntaria, lo cual atravesó su vida, su carácter, sus vínculos y su modo de relacionarse con los vivos. Es un poder que tiene y por eso ha sufrido todo tipo de discriminación, la trataron de loca, mentirosa…

–Da la sensación de que hay pasajes de comedia en la miniserie.
–Fue una serie muy genial para filmar, nos divertimos mucho, porque navegamos en un género fantasioso. Para moldear el carácter de mi personaje, que tiene una manera de ser muy especial, la pasamos muy bien, no paramos de reírnos. Es que Ema tiene una relación con los vivos en la que no se adapta a nada ni a nadie, no es romántica, no es buena madre, dice lo que piensa y no lo que uno espera y tiene cero culpa.

–¿El de Ema es de esos personajes de los que uno toma cosas para la vida real?
–Es un rol incómodo, nada careta, que a mí me enseñó un montón de cosas, por ejemplo cómo poder ser otro tipo de madre [risas]. Yo no tengo nada que ver con ella, soy todo lo opuesto, pero aprendí mucho de ese costado de Ema. A mí este trabajo de actriz me gusta por muchas razones, pero básicamente por interpretar a mujeres que no se acercan a mí, y que me permite aprender muchas cosas.

Mercedes hace una pausa, se pone de pie, se lleva el atado de cigarrillos y enciende el segundo en su balcón, desde donde se ve la estación Retiro. No quiere molestar con el humo, da un par de pitadas, exhala unas bocanadas, lo apaga y regresa contestando una pregunta al aire. «Sí, también estoy a la espera del estreno de Barreda, que por ahora se llamará así, aunque estaban dudando, no se sabe… –cuenta sin pausa–. Es una película de Daniel Goggi que se rodó en Uruguay y que está protagonizada por un genial Luis Machín y yo interpreto a Elena Arreche, la suegra de Barreda».

Foto: Jorge Aloy

–¿Con qué mirada de ese episodio policial nos encontraremos?
–Con la perspectiva que da el tiempo, que se trató de un femicidio brutal y con una curiosidad de la que me enteré rodando: el seudónimo de «Conchita», que el propio Barreda se atribuyó, nunca existió, fue una estrategia de su defensa en el juicio. La familia jamás lo llamó así.

–¿Qué fue lo que más te interesó del rodaje?
–Me pareció importante recordar cómo la sociedad y el periodismo de esa época (el cuádruple asesinato fue en noviembre de 1992, en La Plata) lo justificaban claramente. Pudimos recopilar mucho material de la época y es realmente impactante la manera en que se lo excusaba diciendo «pobre tipo», «no daba más», «cuatro minas que lo volvieron loco».


Sentarse a escribir
El orden de sus últimos trabajos fueron primero la película Barreda y luego la miniserie Mis muertos tristes. Fue después de estar a las órdenes del chileno Larraín cuando Morán quiso despejar su agenda de lecturas de guiones, viajes y rodajes para, de una vez por todas, aceptar una propuesta editorial de hacía años: la escritura de un libro, algo que la entusiasmaba, pero que también la llenaba de dudas. «Desde hace un tiempo que Editorial Planeta viene mostrando interés en una obra teatral que hice en 2016, autorreferencial, que se estrenó en el Maipo y se llamó Ay amor divino, que habla de mi crecimiento en un pueblo de San Luis y de cómo fue haberme criado entre mujeres tan fuertes como mi madre. Y me largué a escribir una serie de relatos cortos que tienen que ver con mi infancia y mi adultez».

–¿Qué significó escribir sobre ella pensando en que esos relatos se convertirían en un libro?
–Fue fuerte, sobre todo después de una revelación que tuve en una sesión de terapia, cuando supe que mi mamá había sido abusada. De esto me enteré después de su muerte, que fue a los 97 años, en 2020, por covid. Lo padecido por mamá echó un manto de luz y de piedad sobre ella y, también, me ayudó a entender mi conflictiva relación. Con todo ese material me puse a escribir el libro que ya tenía nombre: Madre mía.

–¿Qué sensaciones tuviste al experimentar la escritura?
–Es una actividad que normalmente no hago, pero sentarme todos los días y escribir sobre mamá fue algo hermoso, también movilizante y reparador. También cansador. Por otro lado, a pesar de los años que tengo, creo que terminé de resolver, gracias a esta escritura, muchos interrogantes que tenía sobre el vínculo con Cuca, mi madre.

–¿Cómo fue para vos enterarte de que había sido abusada?
–Muy duro y no me lo perdono, porque no lo supe ver. Soy una persona que registra tipos de comportamientos así y con mi madre, justamente, nunca lo había pensado. De haberlo sabido, podría haberla abrazado un poco más de lo que la abracé. 

–¿Cómo salió ese tema en tu terapia?
–Después de su muerte, en una sesión. Cuca era un tema recurrente y en un momento, luego de describir su infancia de niña huérfana, muy solitaria y criada por una señora mayor, la terapeuta me dijo que ciertas conductas de mi mamá eran propias de alguien que ha sido abusado. Averiguando con algunos familiares de San Luis, ella nunca lo terminó confesando, pero sí hay primos que aseguraron que tenía un secreto inconfesable… Estoy convencida de que hasta mi padre ignoraba el asunto.

–¿Contás en el libro este episodio?
–Sí, hay un capítulo en el que se habla del tema. Pero no es un libro exclusivamente autobiográfico, hay de todo, también mucha ficción.

–¿Tuviste algún tipo de ayuda para escribir?
–Sí, la de mi hija Manuela, que es escritora además de actriz, lo que hizo a este viaje literario mucho más cálido.

Foto: Jorge Aloy

–¿Cómo te disciplinaste para escribir?
–Unas tres horas por día y yo escribía a mano, en un cuaderno, hasta que tuve un total de unas cuarenta, cincuenta crónicas, de manera cronológica, que van desde mi infancia hasta mi adultez.

–¿Cómo te tiene este lanzamiento?
–Expectante, me encanta esta posibilidad de navegar por el mundo literario. Si todo está en orden, se presentará en la Feria del Libro.

«Francella siempre fue igual»
Vuelve el tema del cine, con el que Mercedes se siente a sus anchas. Fue una de las actrices que más películas filmó después de la pandemia, teniendo en cuenta que se rodó poco y nada. Enumera films como Empieza el baile, Norma, Elena sabe y habla de recientes viajes a Málaga y Río de Janeiro, donde fue presidenta del festival y curadora. «Disfruto mucho cuando salgo, porque me encuentro con producciones maravillosas, que a la Argentina no llegan. Me refiero a producciones brasileñas de la ostia que acá se desconocen, salvo excepciones como Aún estoy aquí, de Walter Salles, o la reciente El agente secreto, de Kleber Mendonça».

–¿Percibiste el apoyo del Gobierno brasileño a la producción cinematográfica?
–Sin ninguna duda este nuevo cine brasileño nació con el apoyo del Gobierno de Lula y claramente se nota un respaldo rotundo a la cultura y al cine, que no solo necesita de la subvención, sino también de un apoyo, de un espaldarazo, y eso en Brasil sucede y en la Argentina no.

–La contracara parece lo que ocurre acá con el INCAA.
–Antes el INCAA te daba un crédito para que el productor, con ese respaldo, saliera a buscar más sponsors. Ahora ese subsidio te lo dan después de estrenada la película y si reuniste una determinada taquilla. ¿A quién se le ocurre? Encima de todo, me entero que Netflix producirá una película de Santiago Mitre, un thriller político que reconstruye un episodio sucedido durante la dictadura militar… y el presidente del INCAA repostea un tuit de alguien que acusa a la plataforma de comunista. No te dan guita, no te ayudan y cuando una plataforma invierte en un proyecto lo ven como una maniobra política. O no saben, o son muy brutos, o muy guachos. No te dejan alternativa. Si no es Francella haciendo Homo Argentum, les parece que somos todos… [no termina la frase].

–¿Estás enojada con Francella?
–No, para nada, él siempre fue igual. Es como Mirtha Legrand, tiene esa cosa de «me debo a mi público». Piensan en la gente, en lo que la gente quiere de ellos, en Mirtha lo entiendo, obviamente, pero a Francella cuesta más entenderlo, es de otra generación. He trabajado con Guillermo, es un cago de risa, pero ideológicamente Francella siempre fue así como se lo ve.

–¿Volverías a trabajar con él y con Juan José Campanella?
–Sí, claro. A Campanella le estoy eternamente agradecida, lo adoro, hemos trabajado juntos desde hace mucho tiempo… A Juan le gusta ese tipo de personas que yo encarno, esas porteñas enojadas, puteadoras…

–Alguna vez fuiste condecorada como «la mejor puteadora» del cine argentino.
[Sonríe] ¿Podés creer que yo en mi vida no soy de putear? No tengo ese hábito, pero se ve que me sale naturalmente.

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