Cuento

De buena fe

Tiempo de lectura: ...
Esther Cross

Esther Cross (Buenos Aires, 1961) es cuentista, novelista y traductora. Publicó, entre otros, los volúmenes de relatos La divina proporción (1994), Kavanagh (2004), Tres hermanos (2006) y las novelas La inundación (1993), El banquete de la araña (1999), Radiana (2007) y La señorita Porcel (2008). Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras.

Uno de mis tíos trabajó toda la vida en la Continental, siempre detrás del mismo escritorio de acero. Era el hermano menor de mi abuela. Tenía su misma cara aplanada y sonriente. Yo iba con ella a visitarlo y llevarle un sobre una vez por mes. El lugar era tan grande que le hacíamos señas desde el mostrador para que nos viera. Entonces él se levantaba y venía apurado, sorteando sillas, ventiladores y ficheros. En casa contaban que había estado con el reverendo Tommy Hicks en el invierno del 54. Tenía esa fama prestada, que lo había marcado con el aura de una suerte extraña.

Había ido con tres compañeros de la Continental cargando a otro, muy enfermo, a ver al pastor.  Su amigo estaba tan mal que la gente se cruzaba de brazos cuando lo veía. Últimamente ni siquiera iba la oficina. Su esposa los había citado una tarde en el Paulista. «Quiere ir a la cancha de Atlanta a ver al pastor Hicks. Es mejor que se lo propongan como una idea de ustedes», les dijo. Al marido le daba vergüenza, en parte por el vértigo de la ilusión, pero también para cuidarse en el trabajo. Pedir milagros en la iglesia quedaba bien. Pedir sanaciones en un avivamiento del pastor Hicks estaba mal.

Pero ellos fueron, y mi tío organizó la partida con esa eficacia perfecta que tienen los descreídos. Él, que nunca se había emocionado en un bautismo o un casamiento, era el único que estaba en condiciones de coordinar la partida, los boletos de tren, la hora para buscar al amigo y reunirse en el hall de Retiro.

Decían que Hicks había tenido dos veces la misma visión, primero en Tallahassee y después en una ciudad de California llamada Red Bluff. Las dos veces rezaba en una piecita cuando se encontró rodeado de espigas que susurraban: «Venga Hermano Hicks, venga a la Argentina». Había viajado en un barco y había logrado que Perón lo recibiera. Después de intercambiar unas palabras con él, le había sanado la rosácea y dejado la piel lisa y fresca. ¿Cómo no iban a probar ellos? ¿Por qué no iban a darle el gusto al compañero? Una enfermera del hospital le había dicho: «Vaya a ver al pastor Hicks». Ya en el tren, tuvieron un anticipo de lo que sería la cancha. Mi tío y sus amigos cantaban los himnos, aunque no supieran las letras. La música pasaba de vagón en vagón como un sueño.  En la estación, un cura de civil quiso cortarles la salida y le dijeron: «Deje pasar, padre. Venimos de buena fe».

Cuando llegaron, el estadio estaba al tope. Cruzando la calle, el terreno de la vieja cancha de Chacarita también se iba llenando. Era una noche fría, y abrigaron al compañero con sus bufandas y pulóveres. Pensar que todos iban por razones graves pero el clima era de euforia. Hicks predicaba desde el pasto, con la boca pegada al micrófono y el traductor al lado, haciendo eco en español. De pronto, el pastor abrió los brazos y dijo: «Hermanos, vengan a recibir a Cristo». Y mi tío y los compañeros avanzaron en un grupo, como un enorme insecto, dejando un hueco en el centro para escudar al amigo enfermo. Pensaron que podía haber una estampida, pero la marea de personas los fue empujando hacia adelante. 

Hicks pidió silencio para que su voz alcanzara a los que estaban afuera.  La multitud llegaba hasta la avenida Corrientes. Y todos hicieron silencio. Cientos de mujeres y hombres y niños se quedaron así, unidos en un suspenso entregado y protector. Mi tío jamás había vivido algo parecido. La sensación de muchos hablando al mismo tiempo ya la conocía. Pero este vacío concertado era distinto, como si la soledad que tenía adentro hubiera copado el espacio. Estaba acostumbrado a las calles atestadas del centro, las marchas, los gritos en la tribuna del hipódromo y las peleas del Luna Park. Estaba acostumbrado al silencio de su pieza de soltero en la casa de la familia. Pero esto era el revés del milagro, como si los peces y los panes inventaran al mago por multiplicarse. Un prodigio que no era ni de Dios ni de Hicks. Sintió la amistad con su compañero como algo palpable, y se la agradeció con un abrazo. Se suponía que ellos le habían hecho un favor, pero él les había hecho el regalo de llevarlos.

El reverendo pidió a los que estaban afuera de la cancha que dijeran con él «Gloria, hermanos». Y el gloria se oyó en la ciudad, aunque a la distancia no se entendieran bien las palabras. Cuando mi tío volvió a casa, sus padres lo esperaban con cara de susto, como cuando era un pibe y empezó con las salidas. En el barrio se había hablado de un sismo o una tormenta, por esa especie de trueno sordo que había enloquecido a los perros.  

Su amigo murió al tiempo y en la familia empezaron a esquivarlo, primero por piedad, después para protegerse. La madre le llevaba el café a la mesa todas las mañanas y se iba enseguida, con alguna excusa inventada para dejarlo solo con su decepción. En las comidas conversaban sobre temas neutrales, algo totalmente insólito en una casa de chismosos y peleadores como la nuestra. Nadie quería seguirle el juego. Estaba furioso con el pastor Hicks y no podían razonar con él. Al final parecía que sus amigos eran más realistas, o menos crédulos. La viuda los había recibido con un abrazo en el velorio, y el asunto había quedado cerrado en el entierro. El único que seguía hablando de esa noche en el estadio de Atlanta era él.

El pastor Hicks volvió a Buenos Aires en el 55, pero se quedó encerrado en el hotel, algunos dicen que por seguridad y otros, que lo tenían secuestrado. No hubo un solo día en que mi tío no fuera corriendo de la Continental a ese hotel del microcentro cuando caía la tarde, y se plantara en la puerta hasta pasada la medianoche para hacer su reclamo. Lo veo levantarse del escritorio de acero, apurando el paso por la calle, enojado con esa fe irresistible que lo llevaba a pedir explicaciones. La última noche se quedó dormido en la entrada. Se despertó al amanecer y tuvo que afeitarse en el baño del Paulista porque no le daba el tiempo para volver a casa antes de entrar a la oficina. Hicks ya estaría cruzando el río. Se había ido por la puerta principal, tranquilamente, mientras él estaba ahí, dormido en los escalones. De todo esto me acuerdo cada vez que paso por la Continental. Y ayer mismo también, cuando leí en una de esas encuestas engañosas la pregunta del millón. ¿Qué preferirías, haber nacido ciego o perder la vista después de unos años?  Fue como si hubiera podido hablar con él a esta edad que tengo ahora. ¿Cómo te fueron abiertos los ojos?, pregunté.

Estás leyendo:

Cuento

De buena fe