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Grossi, un candidato a pedir de Trump

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Telma Luzzani

Con respaldo de Milei, el argentino se postula como secretario general de la ONU. Pese a su trayectoria en materia nuclear, su cercanía con EE.UU. e Israel y sus declaraciones previas a la guerra contra Irán generan dudas sobre su imparcialidad.

Nueva York. Discurso ante la prensa del director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, el martes 21 de abril.

Foto: Getty Images

El argentino Rafael Grossi (65 años) se ha postulado para ser el próximo secretario general de Naciones Unidas. Seguro de conocer la cancha y jugar casi de local, el diplomático –que actualmente es el director del Organismo de Energía Atómica (OIEA)– usó sus tres horas de exposición para mostrar una agenda propositiva que reencamine el nefasto desempeño de la ONU en las últimas décadas.

En tiempos de guerras sin control, donde la bomba atómica está en el centro de la escena, la experiencia de Grossi como director de la agencia que debe cuidar el uso seguro y pacífico de la tecnología nuclear y prevenir su uso militar pareciera ser la más apropiada. Sin embargo, la actuación del diplomático pocos días antes de que se desencadenara la llamada «Guerra de los doce días» (Estados Unidos – Israel contra Irán) en junio del año pasado, levantó sospechas sobre su imparcialidad.

Vayamos a los hechos: el 12 de abril de 2025, EE.UU. e Irán iniciaron conversaciones por 60 días para alcanzar un acuerdo nuclear. 

El 12 de junio, horas antes del ataque masivo de Israel a Irán (luego se sumó el Pentágono), la OIEA publicó un informe que sostenía: «Teherán ha incumplido sus obligaciones en materia de proliferación nuclear, por primera vez en casi 20 años». 

Importantes sectores políticos y expertos vieron en esta declaración un acatamiento del organismo dirigido por Grossi a los dictados de la Casa Blanca. El texto –que tergiversaba claramente los hechos- calzaba a la medida de lo que necesitaba Tel Aviv (para justificar la agresión) y de Washington para cancelar cualquier tipo de negociación o diálogo con Teherán. La doble vara era evidente: si en 20 años la OIEA había controlado a Irán y verificado su cumplimiento en el tema nuclear ¿por qué nunca había intentado inspeccionar los laboratorios de Israel, aun cuando se sospecha que ese país tiene entre 90 y 200 ojivas nucleares?

Días después, el 17 de junio, Rafael Grossi dio un giro al polémico informe de la OIEA y dijo en una entrevista a la CNN: «No teníamos ninguna prueba de un esfuerzo sistemático (por parte de Irán) para desarrollar un arma nuclear». Ya lo había afirmado, meses antes, la estadounidense Tulsi Gabbard, designada por Donald Trump como directora de la Inteligencia Nacional de EE.UU.: «La comunidad de inteligencia de EE.UU. continúa evaluando que Irán no se encuentra construyendo un arma nuclear y que el supremo líder no autorizó un programa para la construcción de ese tipo de armas». 

El canciller ruso Serguei Lavrov fue aún más crítico y mostró preocupación por la neutralidad de las instituciones como la OIEA. El 24 de junio de 2025, el mismo día en que termina la «Guerra de los doce días», en el Foro Internacional Primakov, aseguró: «Occidente ejerce una influencia considerable sobre las secretarías de las organizaciones internacionales. En algunos casos, es como si, en la práctica, se hubieran privatizado. El personal occidental –desde la ONU en adelante– suele ignorar los principios de neutralidad y la prohibición de recibir instrucciones de cualquier Gobierno».

«El director general del OIEA, Rafael Grossi, podría haber presentado un informe más preciso», continuó Lavrov «Ahora insiste en que Irán conceda al organismo acceso inmediato a sus instalaciones nucleares para verificar el paradero del material enriquecido y evaluar la situación sobre el terreno. Pero ¿dónde están las garantías de que esta información no se filtrará? No veo tales salvaguardias», acusó.

El argentino compite con tres figuras de peso, la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet; la jefa de la Unctad, la costarricense Rebeca Grynspan; y el expresidente de Senegal, Macky Sall. Las elecciones se llevarán a cabo a fines de 2026.

Bachelet cuenta con una gran experiencia en la defensa de los derechos humanos, la igualdad de género y los problemas vinculados al cambio climático. Dentro de la ONU actuó como Directora ejecutiva de ONU Mujeres (2010-2013) y Alta comisionada para los DDHH (2018-2022). Su candidatura fue respaldada por México y Brasil. Si es elegida, sería la primera mujer en presidir el organismo en la historia de la ONU.

Grossi por su parte cuenta, desde ya, con el apoyo del Gobierno de Javier Milei; de varias potencias occidentales, pero también con el de Rusia. Su mejor carta es tener una buena formación en temas nucleares (un área en la que Argentina tiene prestigio y está bien calificada a nivel mundial) y ser un profesional respetado en ese campo.

En carrera
En 1983 se graduó en Ciencias Políticas en la Universidad Católica Argentina y, en 1985, como diplomático, con medalla de plata, en el Instituto de Servicio Exterior de la Nación. Su formación en el campo nuclear se inició en Invap. Es doctor en Historia y Política Internacional de la Universidad de Ginebra. Y una nota de color: como ferviente hincha de Estudiantes de la Plata, fue designado embajador de ese club de fútbol.

En los primeros años del siglo XXI, fue jefe de Gabinete de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), entidad vinculada con la ONU encargada de controlar y eliminar ese tipo de armamento. Fuentes que conocen muy bien esa agencia advierten que, tanto Washington como Londres deben considerar a Grossi como un hombre muy confiable ya que de otra manera no podría haber accedido a ese cargo.

En 2013 fue designado por el Gobierno de Cristina Fernández como embajador en Austria y de organismos de temas atómicos con sede en Viena. Desde el 3 de diciembre de 2019, ocupa el cargo de director de la OIEA, donde tuvo participación activa en los dos conflictos más relevantes de esta década: el mencionado iraní y el de la central nuclear de Zaporiyia, ahora bajo control ruso. 

En su presentación como candidato ante la ONU, Grossi fue claro: «Vivimos en un mundo en el que la guerra ha vuelto con furor. (…) ¿Dónde están las Naciones Unidas cuando se habla de paz y seguridad? (…) Existen grandes interrogantes sobre el valor real de la ONU para resolver los problemas, sobre su eficiencia al hacerlo y sobre su capacidad para lograrlo. Prevalecen el cinismo, la frustración y la tristeza».

Esta introducción fue su disparador para afirmar que la ONU se encuentra ante una «oportunidad única» de reforma y cambios. Grossi se mostró como el más idóneo para hacer que ese ente internacional se convierta en un instrumento de paz y desarrollo a 80 años de su creación. 

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