2 de mayo de 2026
Fue el episodio que más vidas humanas se cobró durante el conflicto de Malvinas. Contra la posición histórica de la Argentina, el Gobierno de Javier Milei evita considerarlo un crimen de guerra.

2 de mayo de 1982. El ARA General Belgrano fue torpedeado por el submarino nuclear británico HMS Conqueror fuera de la zona de exclusión.
Foto: Getty Images
La imagen borrosa de las balsas de lonas anaranjadas flotando entre las olas grises del Atlántico, protegidas por la silueta del crucero que se va a pique es uno de los emblemas más poderosos de la guerra de Malvinas.
La euforia por la recuperación de las islas duró exactamente un mes: entre el 2 de abril y el 2 de mayo de 1982, el día del hundimiento del Belgrano. El barco tenía su propia historia: era una vieja nave de la Segunda Guerra Mundial, sobreviviente al bombardeo japonés de Pearl Harbor y a los ataques kamikaze en la batalla del Golfo de Leyte. Comprado por la Argentina y rebautizado 17 de Octubre, fue el buque insignia del almirante Rojas en el golpe de 1955, y días después recibió su nombre definitivo: ARA General Belgrano, con el que pasó a la historia como un símbolo de la guerra de Malvinas.
Ese día de mayo de 1982 un submarino nuclear británico, el Conqueror, lo atacó fuera de la zona de exclusión declarada unilateralmente por Gran Bretaña. Dos de los tres torpedos disparados impactaron en el Belgrano, que en 15 minutos se hundió. El crucero integraba uno de los tres grupos de tareas en los que la Armada argentina había dividido sus unidades de batalla, y en ese momento navegaba de regreso al continente tras el avance de la Flota de Mar iniciado el 1° de mayo, para buscar contacto con la Task Force británica en la única acción ofensiva importante de las naves de superficie argentinas durante el conflicto.
Se contaba con algunos datos precisos sobre la ubicación de los buques ingleses, y la orden fue la de «ataque masivo», acción que se abandonó en la madrugada del 2 de mayo ante la búsqueda infructuosa de contacto y la imposibilidad de hacer despegar los aviones argentinos del ARA 25 de Mayo (no había viento suficiente para que los aviones despegaran).
El hundimiento ha sido motivo de hondas controversias. El sumergible británico seguía al Belgrano desde 30 horas antes. Habían sido alertados de la partida del crucero y su escolta desde Ushuaia por la inteligencia chilena y la orden era atacarlo si entraba a la zona de exclusión. En vísperas del ataque, el Belgrano y su escolta eran las únicas naves argentinas con las que los británicos tenían contacto, pero ante la evidencia de que se alejaban de las islas Malvinas, el comando británico cambió sus órdenes y autorizó atacar a las naves de guerra argentinas aún fuera de la zona de exclusión. El Belgrano fue torpedeado cuando ponía proa de regreso al continente. El ataque se produjo en coincidencia con las negociaciones del entonces presidente peruano Fernando Belaúnde Terry, y hundió tanto al crucero como la posibilidad de llegar a un acuerdo pacífico. Fue una orden directa de la primera ministra británica, Margareth Thatcher. Años después, uno de los funcionarios ingleses que participó en la decisión señaló que «el ataque sería más difícil de justificar mientras más lejos de la zona de exclusión se produjera».
Olas y tormentas
De los 1.093 tripulantes, murieron 323. Los operativos de rescate se extendieron por varias horas, aunque las aguas heladas del Atlántico Sur no dejaban mucho margen para el rescate. Entre el 2 y el 3 de mayo el clima empeoró. Las balsas enfrentaron olas de más de diez metros de altura y vientos de cien kilómetros por hora que afectaron la flotabilidad y habitabilidad de muchas de ellas. Por la noche hubo temperaturas de hasta 20º bajo cero, que los náufragos debieron enfrentar en las balsas de salvamento, algunas de las cuales estaban sobrecargadas, mientras que en otras, ocupadas por menos de seis hombres, la supervivencia fue imposible.
La pérdida del Belgrano provocó en un solo hecho más de la mitad del total de los muertos argentinos durante el conflicto, borró la posibilidad de negociar y otorgó a los británicos el dominio sobre las aguas que rodeaban al archipiélago, ya que desde entonces la flota de guerra argentina se replegó a aguas seguras. Con el control del espacio aéreo, los defensores de Malvinas quedaron completamente aislados.
Para la Armada Argentina fue un duro golpe. En las interpretaciones posteriores a la derrota, a la retirada de la flota se sumó la figura de Alfredo Astiz, el represor rendido ignominiosamente en las islas Georgias, tras simular un enfrentamiento heroico para la prensa adicta. Ni el precio de sangre del Belgrano ni la actuación de los pilotos aeronavales, de los marinos mercantes o de los infantes de marina serían suficientes para borrar la imagen popular de una marina de guerra que se había refugiado en los puertos durante una guerra que particularmente su comandante, Jorge Isaac Anaya, se había decidido a impulsar. Y había que explicar el sentido de tantas muertes. En un acto de entrega de medallas, en la ESMA, a fines de 1982, la madre de un marino muerto en el ARA Belgrano fue lapidaria: «Bien arreglados estamos con esto».
El hundimiento del crucero ha sido objeto de algunas controversias. La principal, acerca de considerarlo un crimen de guerra o no. Que remite, claro está, a la reivindicación de un relato guerrero sobre el conflicto de 1982, en tanto no es lo mismo «ser víctimas» que «ser héroes». Así, este año, el ministro de Defensa argentino, Carlos Presti, militar en actividad, afirmó que el hundimiento del ARA General Belgrano durante la guerra de Malvinas fue un «acto de guerra», rechazando la calificación de «crimen de guerra» que históricamente ha sostenido el país. Sus declaraciones generaron fuertes polémicas.
El ministro minimizó así la postura que considera el ataque como un crimen, alineándose con la posición técnica que la Armada Argentina mantuvo históricamente. Esta perspectiva implica que, desde su punto de vista, el hundimiento fue una acción legítima dentro del contexto bélico. Quienes se oponen a esa visión, muy resumidamente, sostienen la idea del «crimen de guerra» basándose en una serie de argumentos. El principal es que el Belgrano estaba fuera de la unilateral zona de exclusión, y que el ataque se produjo cuando había discusiones para encontrar una salida diplomática al conflicto. A la vez, que el barco no constituía una «amenaza inmediata». Argumentos del derecho se mezclan con las necesidades de la memoria.
Conscriptos y suboficiales
La historia a veces condensa en ejemplos la complejidad de los problemas. El 3 de julio de 1984, José Adolfo Horszczaruk presentó ante la CONADEP una denuncia por la desaparición forzosa de su hijo, Pedro, y de otras 48 personas más. El dato no sería sorprendente, dado el contexto, si no fuera porque esos 49 «desaparecidos» eran marinos ahogados en el hundimiento del crucero ARA General Belgrano, el 2 de mayo de 1982. No se trataba de militantes políticos que habían ido a parar a las mazmorras de la dictadura, sino conscriptos y suboficiales muertos en el episodio que más vidas humanas se cobró durante la guerra de Malvinas.
Es todo un dato que el atribulado padre formara parte de una comisión de familiares a semejanza de los por entonces notorios organismos de derechos humanos. Pero, sobre todo, que considerara que el lugar adecuado para indagar y exigir al Estado que se hiciera responsable era la CONADEP, al considerar que la desaparición de los tripulantes del Belgrano era un caso similar al de las víctimas de la dictadura. Un ciudadano exigía al Estado respuestas acerca del destino de su hijo, en un país que durante años venía fagocitándose a sus hijos. Respuestas que solo el Estado de derecho le permitía formular.
