Sociedad | HISTORIAS DE LA RECESIÓN

Cuando se bajan las persianas

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Daniel Vilá

Las calles exponen una realidad indisimulable: los efectos del ajuste económico del Gobierno en los pequeños comercios. Testimonios de una crisis que se agrava.

Ciudadela. Comercios vacíos, una postal cotidiana.

Foto: Facundo Nívolo

Recorrer las calles y avenidas de los barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires implica vivir una experiencia desoladora: decenas de locales vacíos le otorgan al paisaje una fisonomía espectral, algunos lucen abandonados y ruinosos, otros muestran signos de estar siendo restaurados precariamente, prestos a albergar una nueva ilusión, los más exhiben desvencijados carteles deteriorados por el tiempo que anuncian «se alquila» junto a la dirección de alguna inmobiliaria que, seguramente, también las estará pasando negras. En los que aún resisten no se visualizan demasiados clientes.

Los voceros gubernamentales atribuyen la crisis al «cambio de los hábitos de consumo», pero no explican por qué productos han sido reemplazados, por ejemplo, la leche o el pan. También la adjudican a las ventas online que, según su argumentación, estarían desplazando a las presenciales, pero las tercas estadísticas se han encargado de establecer que no superan el 5% del total. Lo cierto es que la causa de esta situación, como la población trabajadora lo comprueba todos los días, es el brutal ajuste que desde hace más de dos años se abate sobre la mayoría de los argentinos, cuyas principales consecuencias son un año y medio de brutal caída del consumo, los salarios más bajos de los últimos 30 años, la creciente desocupación y el endeudamiento que no cesa, primero con las tarjetas de crédito y después con los usureros del barrio.

Los comerciantes consultados aseguran que, contra lo que afirman las fuentes oficiales, el aluvión de importaciones no ha contribuido a reducir el precio de los productos, un aserto que confirman investigaciones como la del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP), reproducida por El Diario.ar, en la que se sostiene que los bienes provenientes del exterior llegan al consumidor final con valores entre tres y siete veces superiores a los costos de importación.

Fernando atiende un quiosco de cigarrillos y golosinas en Villa Real que cada día incorpora nuevas modalidades en un intento de recaudar lo suficiente para hacer frente a los gastos que crecen constantemente. Cuenta que en solo un año y medio cerraron 36.000 pequeños establecimientos. «No es para menos –comenta–: los alquileres están por las nubes, la luz y los impuestos no dejan de subir y la gente compra cada vez menos. En verano tuve que desprenderme de la heladera donde guardaba los helados porque nadie me los pedía, los únicos cigarrillos que se venden medianamente son los de las segundas y terceras marcas, hace muy poco incorporé sándwiches y empanadas, pero fue un fracaso porque con la malaria que hay se multiplicó la venta ambulante, los chocolates, chicles y pastillas están a un precio prohibitivo y solo salen mucho los alfajores, porque los laburantes los compran para tapar el hambre».


El verso
El panorama no es mejor para los vendedores de diarios y revistas. Gerardo atiende uno en la avenida Díaz Vélez de Ciudadela. «Hace algunos años –dice–, un quiosco de estos valía una fortuna, hoy no se lo puedo vender a nadie y creo que no me lo aceptarían si lo regalara.

Llegué a tener un reparto de 80 diarios todos los días y 120 los domingos, hoy la cifra es de 10 y 20. Las revistas desaparecieron del mapa, incluso las femeninas, las infantiles, las deportivas y las de chimentos. ¿Cómo sobrevivimos? Despachando colecciones de réplicas de automóviles históricos, de insectos disecados, de cuchillos y otras chucherías a las que se dedican ahora empresas como Clarín. Pero tenemos que seguir levantándonos a las cinco de la mañana para esperar el camión del reparto. Como están las cosas, creo que antes de diciembre bajo la cortina y abandono el boliche que me dio de comer durante veinte años».

«Yo me comí el verso del emprendedurismo –confiesa Ana María, una joven mujer de poco más de 30 años–. Trabajaba como secretaria en un estudio jurídico por un salario escaso y por consejo de un pariente que se decía conocedor del mercado renuncié a mi puesto y me instalé en un local en Villa Luro, a tres cuadras de avenida Rivadavia, para ocuparme de vender lencería y algo de mercería. Al principio, por 2019, la cosa parecía caminar, hasta que me agarró la pandemia y todo se vino abajo. Logré recuperarme parcialmente, pero llegó la motosierra y me destrozó. Ahora solo vendo corpiños y bombachas sin marca y en la desesperación puse un aviso en la vidriera informando que arreglo todo tipo de ropa. Cuando me preguntan cómo hicimos para soportar el castigo del covid y seguir con el negocio abierto, contesto que sabíamos que eso se tenía que terminar en algún momento, y resistimos, en cambio hoy muchos colegas de distintos rubros perdieron toda esperanza de recuperación y bajaron la persiana».

Las perfumerías sobresalen entre los rubros más afectados por la imparable caída del consumo. Diana atiende una a pocas cuadras de la estación de Gerli, en el partido de Avellaneda, y dice que ya no sabe cómo arreglárselas: «Me acuerdo de la época de oro, cuando cada tres o cuatro días vendíamos un perfume importado. Ahora directamente no los traemos porque se quedan a vivir en las estanterías y los de marcas nacionales apenas si los piden. Nos limitamos a despachar productos de limpieza y esmaltes para uñas, cremas hidratantes y lápices labiales de segundas marcas. Rogamos que aparezca una ola de mosquitos porque entonces podemos vender buena cantidad de repelentes. Para peor, la gente que usaba la tarjeta de crédito para darse algún gusto, ahora las usa para comprar comida».

«De la carnicería mejor ni hablar –reacciona Maxi ante el interrogatorio periodístico, y cuenta su historia laboral–, trabajé diez años en un frigorífico de la zona. Me pagaban mal y en cuotas y resolví independizarme. En 2017 me instalé con un localcito a pocas cuadras del centro de Laferrere. Todas las semanas me bajaban una media res, además de los chorizos, las achuras, los cajones de pollos y algunas piezas de cerdo, sobre todo costillitas y bondiola. Al principio vendía casi todo, pero a medida que fue pasando el tiempo me sobraba mucha carne vacuna. Lo mismo les pasaba a los otros carniceros de distintos barrios de La Matanza, entonces empezamos a comprar sueltos los cortes que más se vendían. Ya no pasaba más el camión, sino que nos proveía una camioneta. Los constantes aumentos de la carne y el empobrecimiento general hicieron que nos sobraran hasta los cortes más populares. Poco a poco fui endeudándome. Lo único que sale son las alitas de pollo, los menudos y algo de carne picada. Ya lo decidí, en quince días me las tomo».

«Ya no sé qué hacer –se queja Antonio, que tiene un minimercado en Lugano–. Cuando llegué al barrio, hace veinte años, todo pintaba color de rosa, subalquilé tres pequeños espacios para carnicería, fiambrería y verdulería, pasó el garrón de la pandemia y seguimos a flote, pero este terremoto nos partió por el medio. Hace seis meses se fue el carnicero, hace tres, el fiambrero, y el verdulero ya me avisó que se las toma el mes que viene. La parte mía, el almacén, anda de mal en peor, cada quince días vienen nuevas listas de precios y las primeras marcas ya no te financian ni a una semana. Además, está la competencia desleal de los supermercados mayoristas que venden al por menor al mismo precio que les compro yo. No puedo remarcar al mismo ritmo que me suben los precios porque los vecinos salen a buscar opciones más baratas. Y después está el tema del fiado, como norma no se fía, pero ¿qué le voy a decir al que me compra desde hace veinte años? ¿Que por esta porquería de política económica no lo voy a aguantar hasta que saque un adelanto o encuentre algún rebusque para conseguir el mango?».

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