Cultura | CIERRA EDICIONES DE LA FLOR

El fin de una era

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Andrés Valenzuela

El emblemático sello que publicó a Quino, Fontanarrosa, Rodolfo Walsh, Maitena, Sendra, Rudy y Daniel Paz, entre otros, baja la persiana a fin de año. El legado cultural de una experiencia única.

Despedida. En el stand de la de la última Feria del Libro hubo premios, torta y hasta brindis con los lectores.

Foto: Verónica Bellomo

«Me muestro como si estuviera contenta, pero no estoy tan contenta», reconoce Ana María «Kuki» Miller, directora de Ediciones de la Flor. El histórico (icónico, fundamental, indispensable, ¡cuántos adjetivos le cabe!) sello que capitaneó junto a Daniel Divinsky durante décadas cerrará a fines de 2026. La triste noticia fue anunciada con un cartel en el marco de la última Feria del Libro y, a modo de ceremonia final, en el stand se ofrecieron piñatas con premios, torta y hasta champagne para brindar con los lectores que se acercaron hasta el último día.

Kuki Miller sabe del lugar bien ganado que tiene De la Flor en la historia de la cultura argentina. Su notable trabajo con ensayos, libros y novelas de los comienzos, y esa suerte de piedra filosofal que fue convertirse en el emblema del humor gráfico argentino, en particular de la renovación de los años 60, con Quino y Fontanarrosa a la cabeza. Y el punto final llega con esa certeza, con la tranquilidad de no bajar la persiana por deudas ni penurias económicas, con el reconocimiento de propios y ajenos y, además, porque tampoco está dispuesta a venderla para ver que «el sello va puesto en libros que no publicaría».

«La pasamos bastante bien estos años», le cuenta Kuki Miller a Acción, con la energía y lucidez de siempre. Confiesa que tomó la decisión hace tres años, cuando los sobrinos de Quino le anunciaron por Zoom que se llevarían los derechos de publicación a otra editorial, Penguin House Mondadori. «Les pedí que al menos me dejaran el mercado argentino, o llegar a esta Feria, porque yo lo llevé a Quino durante 50 años a la Feria, pero no aceptaron», lamenta.

Con el trabajo de la editorial, Mafalda devino ícono, símbolo de identidad y casi un rito educativo, una forma de empezar a entender la Argentina. A la muerte del legendario humorista gráfico mendocino, los derechos quedaron en manos de su albacea, Julieta Colombo. «Quino le dejó todo, pero todo, durante 30 años o la vida de ella», dice. La parca se la llevó a Julieta demasiado pronto y sus herederos eligieron otros rumbos. Años atrás había sucedido algo parecido con la obra de Fontanarrosa, que terminó en manos del Grupo Planeta.

Pero además de Quino, Fontanarrosa, Maitena, Sendra, Rudy, Daniel Paz y tantos otros humoristas gráficos, De la Flor fue la casa de Rodolfo Walsh, de Vinicius de Moraes y un sinfín de otros autores que alimentaron los corazones de varias generaciones de intelectuales, progresistas y militantes del campo popular a lo largo de las décadas.


Independencia y prestigio
«El cierre de De la Flor es un poco como el fin de los últimos quijotes que quedaban del viejo modelo editorial», define la investigadora Judith Gociol, codirectora del Centro de la Historieta y el Humor Gráfico de la Biblioteca Nacional. Gociol compara el ecosistema cultural en el que nació De la Flor, con múltiples editoriales pequeñas y medianas que cubrían intereses y nichos diversos de todo el espectro político y social, con la escena actual, dominada por los grandes grupos transnacionales y un sistema de concentración (y achatamiento) inexorable.

De Kuki Miller y Divinsky destaca, entre otras cosas, su olfato para descubrir autores. Casi toda la plana mayor del humor gráfico argentino del último medio siglo publicó al menos un libro allí. Sus principales exponentes los adoraban y asistían a sus cenas anuales del 1° de mayo. Liniers, por ejemplo, que rememora: «Me sentaban en la mesa junto a esos muchachos, que era como tener a John, Paul, George y Ringo al lado. Fue hermoso pasar de admirarlos a conocerlos y a ser amigo de Kuki, de Daniel. Porque cuando los conocí ya tenían atrás una estela de libros enormes, que desparramaron por toda la Argentina y el mundo. ¡Qué buena vida esa!».

El escritor Juan Sasturain advierte que «no cabe llorar sobre la tinta publicada». En cambio, celebra que «De la Flor fue y será para siempre una fiesta, un caso ejemplar». Para él, el sello se define en «casi 60 años de publicar libros y autores elegidos por gente que sabía y le gustaba leer y compartir desde el buen gusto y la inteligencia, el olfato sin prejuicios y las convicciones firmes». Sasturain recuerda uno de los orgullos que ostentaba la dupla: jamás malvender, jamás saldar su catálogo. «Como sello de prestigio y perfil consolidado, supo sobrevivir con independencia a los vaivenes del oscuro mercado y no se dejó absorber por algún conglomerado tentador. Fidelidad y cuidado, respeto. No es poco, casi es demasiado en tiempos impiadosos». En la profunda historia de De la Flor hay un detalle que suele quedar opacado por el listado de nombres ilustres. Kuki y Daniel mantuvieron la editorial a flote desde su exilio en Venezuela, en plena dictadura. Alguna vez Divinsky contó a quien suscribe cómo sus amigos llevaban y traían manuscritos y bocetos de dibujos de un país al otro. Ese recuerdo cobra más fuerza ante una de las declaraciones que Kuki Miller ofreció al diario El País, de España, recientemente: «Resulta muy difícil hacer libros en un país donde el presidente insulta a todos los que componemos el sector de la cultura».

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