30 de mayo de 2026
Detrás de la caída de la natalidad, hay decisiones personales que revelan un cambio cultural: la maternidad deja de ser un destino indiscutido. Historias y razones de mujeres que, por diversos motivos, deciden no procrear.

La caída de la natalidad redefine el mapa demográfico y social de Argentina. Detrás de los datos hay historias que muestran un cambio cultural: el mandato de la maternidad deja de ser un destino indiscutido. Muchas mujeres que deciden no tener hijos se preguntan cómo traerlos a un mundo convulsionado, hostil y violento; otras priorizan su desarrollo personal.
Para Nicolás Sacco, doctor en Ciencias Sociales, investigador CONICET en demografía y los cambios contemporáneos de la fecundidad en Argentina, la caída de la natalidad no es necesariamente una crisis ni una catástrofe demográfica: «También puede interpretarse como un avance: hoy existe más información y mayor capacidad de decisión sobre los cuerpos y la planificación familiar. Estamos en una transición demográfica: con los avances de la ciencia bajó la mortalidad ‒sobre todo infantil‒ y recién después comenzó a descender la fecundidad. Estamos entrando en una etapa en la que los nacimientos se reducen y las muertes aumentan proporcionalmente. En todos los países, a mayor educación, desarrollo económico y acceso a derechos, menor es la cantidad de hijos. Cuando se presenta la caída de la natalidad como un problema, muchas veces por detrás también se está diciendo que es un problema que haya bajado la fecundidad adolescente», dice.
En su libro Maternidad: ¿deseo o mandato?, Lala Pasquinelli, activista y abogada, creadora del movimiento Mujeres Que No Fueron Tapa, analiza las tensiones de la maternidad contemporánea a partir de testimonios diversos: mujeres que se sienten arrepentidas, estafadas o sobrecargadas, y otras que viven con alivio la decisión de no ser madres.
Según Pasquinelli, la maternidad comenzó a pensarse como una elección recién en los años sesenta, con la aparición de los anticonceptivos, pero el mandato social no desapareció. «Aún persiste un imaginario muy fuerte: si una mujer no tiene hijos, algo debe haber pasado. Está “seca”, está loca, tuvo un trauma o, en el mejor de los casos, “pobrecita, no pudo”. La idea de que para ser una mujer normal y confiable hay que ser madre sigue muy vigente», dice.
El mandato de la maternidad
Eva Saracho tiene 40 años, vive en Parque Chas y trabaja en marketing digital; también es profesora de yoga y danza. Creció en una familia de seis hermanos donde el mandato era claro: había que tener hijos. «En mis 20 nunca me pregunté si quería ser madre; lo daba por hecho y lo proyectaba para los 30. Pero al llegar a esa edad entendí que no quería. Me costó decirlo: mi hermana mayor había muerto joven de cáncer de útero y sentía culpa. Estaba en pareja con alguien que quería ser padre; no nos separamos solo por eso, pero fue determinante», cuenta.
Con el tiempo también observó algo en su entorno: muchas amigas que habían sido madres quedaban en segundo plano en sus propias vidas. «Yo recién a los 30 había logrado estar cómoda conmigo y ponerme en primer lugar. No estaba dispuesta a negociar eso. Elegir no ser madre fue entender que el deseo propio también es un destino posible».
Para Sacco, Argentina es un país envejecido con baja natalidad, este fenómeno está modificando la estructura de las familias. Con menos nacimientos, los hogares tienden a ser más pequeños y hay menos hermanos, primos y tíos dentro de cada generación. Al mismo tiempo, aumenta la expectativa de vida, por lo que conviven más generaciones: abuelos, bisabuelos y bisnietos. Las relaciones familiares se vuelven así más «verticales» que «horizontales». Este proceso también redefine los vínculos de cuidado y vuelve más relevantes las redes de apoyo por fuera de la familia tradicional, como las amistades y comunidades.
Noelia ‒prefiere resguardar su apellido‒ tiene 43 años, estudió Relaciones del Trabajo y trabaja en Recursos Humanos. Desde sus veintipico decía que no quería ser madre, a veces casi como una provocación. En el trabajo la llamaban «desamorada» y ella respondía: «Lo sería si lo fuera y no quisiera». Con el tiempo entendió que la maternidad le parecía una idea romantizada y exigente, y dudaba de tener el deseo y la energía para asumirla.
A los 38, más por presión social que por convicción, consultó el tratamiento de congelar óvulos. «La pandemia fue un quiebre. Empecé a preguntarme si realmente quería resignar mi independencia y mi estilo de vida. Organicé mi trabajo para poder viajar 45 días al año y eso también influyó en la decisión. Con el dinero que iba a invertir en el tratamiento cambié el auto. Para algunos fue un escándalo, para mí fue coherente. No me arrepiento, aunque a veces me pregunto quién me cuidará cuando sea mayor».
Para Pasquinelli, en el siglo XXI el amor romántico perdió fuerza como promesa de felicidad y la sociedad instaló otra garantía: el amor incondicional de los hijos. «La descendencia aparece como refugio y sentido. Detrás de muchos contenidos que promueven la maternidad operan sectores conservadores que la consideran un pilar del orden social: iglesias, organizaciones de ultraderecha y financiamiento de grandes millonarios», cuenta.
Iris Verónica Suarez, tiene 43 años y es maestra jardinera. Desde hace diez está en pareja: Nació en Lanús pero hace un tiempo que decidieron mudarse a un pueblo de San Luis. «Es una decisión personal no ser madre, pero él tampoco quiere ser padre. Cotidianamente tengo que soportar la opinión de la gente sobre mi deseo: que me voy a quedar sola, que para que arreglo mi casa si no tengo hijos, que en la vida las cosas uno las hace para los hijos. Hasta llegaron a preguntarme si estaba enferma. Mis compañeras de trabajo no podían entender mi decisión», dice.
Lucía ‒prefiere resguardar su apellido‒ tiene 44 años y vive en La Plata. Para aceptar su deseo de no maternar tuvo que atravesar un proceso terapéutico. «Desde chica sentía que ser madre era lo que había que hacer, casi como una ley natural. Recién cerca de los 30, después de preguntármelo en serio y atravesar un duelo, entendí que no quería », cuenta.
Dice no tener grandes argumentos, simplemente no la conmueve la idea de criar, le pesa la responsabilidad y le inquieta traer a alguien a un mundo que percibe hostil: «Cuando pude decirlo en voz alta, quedó resuelto. Veo a personas cercanas que fueron madres y dan un vuelco que entiendo como lógico, pero que a mí me inquieta: dejan de ser, en parte, quienes eran para convertirse en otras. Esa idea de perderme en otra versión de mí misma me preocupa muchísimo».
Más que una conclusión cerrada, la caída de la natalidad señala un cambio de época. Las decisiones reproductivas se inscriben hoy en trayectorias educativas, laborales y afectivas más diversas. En ese escenario, la maternidad deja de ocupar un lugar obligatorio y pasa a ser una opción entre múltiples proyectos de vida posibles.
