Informe especial

Ultrarricos desatados

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Esteban Magnani

Mientras Elon Musk utiliza su plataforma para difundir teorías racistas, Peter Thiel comanda una sociedad secreta para ricos y poderosos. Con ambos a la cabeza, el proyecto de la ultraderecha tecnológica muestra su lado más peligroso.

«Hacer del racismo algo malo otra vez». Protestas y preocupación por la intolerancia de Elon Musk, una característica que une a los ultrarricos.

Foto: Getty Images

Hace un par de semanas, gracias a un error de seguridad básico, se filtró información sobre Dialog, una sociedad secreta fundada en 2006 por Peter Thiel. Entre sus miembros se cuentan magnates tecnológicos como Elon Musk, políticos como el senador norteamericano Ted Cruz, el secretario del Tesoro Scott Bessent o el general Alexus Grynkewich, comandante superior de la OTAN en Europa. Para su próxima reunión, prevista para agosto en Dublín, había más de 222 lugares para distribuir entre los miembros permanentes del selecto club e invitados especiales para la ocasión. 

Allí estaban previstas charlas tituladas «El dinero (¿acaso?) compra la felicidad», «Traigan nuevamente lo nuclear», «Navegando la tercera guerra mundial», pero también «Cómo es tu vida sexual». A juzgar por las temáticas, las problemáticas de los ultrarricos y poderosos incluyen desde la política y el futuro de Occidente hasta los problemas que genera el dinero y la vida sentimental (Dialog creó su propia red sociodigital para citas y encuentros sexuales). Todo indica que los problemas que enfrenta la humanidad logran penetrar esa burbuja en la que viven aislados del otro 99,99% de la humanidad y que les importa poco armar un proyecto basado en un proceso democrático.

Parte del proyecto de Thiel se hizo particularmente conocido en los últimos meses en Argentina, a partir de su visita al país. Con él a la cabeza, el proyecto de la ultraderecha viene levantando el perfil.


Romper todo
En simultáneo a las filtraciones sobre Dialog, Elon Musk lanzó a la bolsa su empresa SpaceX, batiendo todos los récords en monto, velocidad y expectativas. La preparación del evento incluyó una batería de recursos (que incluyó cambios en las reglas del Nasdaq) para garantizar una cotización de 1.800 billones de dólares, varias veces superior a la de cualquier empresa anterior y 93 veces las ventas anuales: esto significa que si todas las ventas fueran ganancias que se distribuyen entre accionistas, estos tardarán 93 años para recuperar su inversión, 15 veces más que el promedio del Nasdaq 100. 

El desafío habría reclamado la atención de cualquier persona a punto de convertirse en el primer billonario del mundo, pero, ¿en qué se ocupó Musk mientras se jugaba el futuro de sus empresas? Sorprendentemente (o no), en difundir teorías racistas a partir de un ataque ocurrido en Belfast, Irlanda del Norte.

En esa ciudad del Reino Unido un hombre blanco fue acuchillado por un inmigrante sudanés. Al parecer, esto generó una indignación incontrolable para Musk que comenzó a usar su propia plataforma, X, para difundir posteos como «¡Lo que enfurece a la gente son los inmigrantes asesinos que decapitan a personas inocentes en su ciudad natal, no las redes sociales!». Musk también retuiteó el mensaje de un líder extremista local que pedía juicio contra los responsables del Gobierno que «ubicaban peligrosos salvajes del tercer mundo en nuestras comunidades». El magnate sudafricano lo reprodujo comentando: «Este es el camino». 

La red sociodogital, lejos de intentar aplacar los ánimos, permitió la retroalimentación de la furia desatada que desembocó en incendios, bloqueos y ataques contra inmigrantes a los que se amenazaba y no se permitía circular por la ciudad. Esto, por ejemplo, generó serias dificultades en el sistema de salud, ya que cerca del 85% de los enfermeros son extranjeros; la policía debió proteger los hospitales para contener las amenazas y hubo numerosos heridos. Esa misma noche, miles de irlandeses salieron a la calle para protestar contra los ataques y expresar solidaridad con los inmigrantes.

Resulta obvio que un ataque aislado en una ciudad en la que menos del 4% de la población es inmigrante no alcanza para explicar la reacción. La explicación es que referentes de la ultraderecha como Musk llevan años hablando de «El gran remplazo», una teoría creada por el autor francés Renaud Camus que explica cómo ciertas élites están intentando remplazar la población blanca europea con inmigrantes de color. La idea, multiplicada y reproducida en las redes, por ejemplo, fue muy utilizada en Estados Unidos durante la última campaña presidencial de Donald Trump para explicar que el Gobierno de Joe Biden abría las fronteras a los inmigrantes para que voten por los demócratas. 

Una vez en el poder, la teoría sirvió también para prometer que se sacaría a millones de inmigrantes del país. Allí tuvo un rol fundamental el ICE, apoyado por empresas como Palantir, de Peter Thiel. No importa que la teoría no tenga asidero alguno o que resulte evidente que la desesperación misma de los inmigrantes por llegar a EE.UU. o Europa es producto del colonialismo histórico y una desigualdad estructural en las relaciones internacionales. Al apuntar contra ellos la ultraderecha de estos ultrarricos puede distraer y canalizar la frustración de, por ejemplo, una clase media baja blanca (a la que en EE.UU. se suele llamar «white trash»), hace tiempo expulsada del sueño americano o el Estado de Bienestar en Europa, por la reducción de ayudas sociales y la tercerización de la industria a otros países. A esto se suma una orientación de la economía en favor del poder financiero tanto en Gobiernos más de izquierda o de derecha. Este y otros mecanismos generan las condiciones para ganar elecciones en Occidente y boicotear iniciativas populares que pongan límites a una desigualdad que no para de crecer. 


El plan B
Los tecnomagnates prometen resolver los problemas con tecnología: IA para generar abundancia y resolver el calentamiento global, armas para someter a los que no se alinean a sus intereses o naves espaciales (de SpaceX) para huir a Marte si algo sale mal. Musk, por ejemplo, utiliza estas promesas desmedidas para seguir enriqueciéndose mientras favorece el tipo de políticas que empobrece al resto. 

Las expectativas difundidas permiten generar narrativas de una tecnología salvadora (la próxima sí lo logrará) que genera ganancias para pocos a corto plazo mientras refuerza la concentración de los recursos, algo que produce más frustración y enojo que llevan a la división de la sociedad, la violencia y el caos. Este camino refuerza el deterioro de las condiciones de vida de la mayoría, pero produce un círculo vicioso cuyo final se avizora angustiante hasta tal punto que incluso las elites beneficiadas están asustadas más allá de la vehemencia de sus intervenciones. Esto se puede leer en los temas previstos para el encuentro de Dialog en Dublín.

El caos que canalizan por medio de sus tecnologías y recursos es también una amenaza para cualquier plan sustentable. Lo que se actualiza es la teoría gramsciana que asegura que es muy difícil sostener a mediano o largo plazo un sistema que no genere consensos, los mismos que la ultraderecha dinamita permanentemente con un proyecto que solo celebra el individualismo y el salvarse solos. Por definición, estos ultrarricos no pueden pensar alternativas que contemplen medidas redistributivas como el pago de impuestos, única manera de que en un mundo finito (y con señales de agotamiento) las mayorías vivan con una dignidad mínima. 

La quimera del crecimiento eterno, única propuesta del capitalismo para, supuestamente, sacar de la pobreza a las mayorías, hace tiempo que es evidentemente inviable, como recordaron recientemente desde Joseph Stiglitz hasta Thomas Piketty, entre más de 400 expertos. Los ultrarricos manejan la bicicleta del capitalismo que si se detiene se cae, pero si sigue se desbarranca por el precipicio. Por eso, conscientes de los límites de sus propuestas construyen bunkers desde hace años, por si las cosas se les terminan de ir de las manos.

Está claro que este proyecto, pese al poder de quienes lo sostienen, no podrá durar demasiado. El desafío es poner enfrente un proyecto popular que ocupe ese vacío y que dé muestras reales de que otro mundo es posible.

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