De cerca | ESCRITURA Y ORALIDAD

La música de las palabras

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Sonia Budassi

Reconocida por su obra y traducida a más de 20 idiomas, Selva Almada construye en La casa sola una novela hipnótica donde la narradora es una vivienda rural. Literatura gauchesca e historia política.

Foto: Daniel Baca

Hay autores cuya carrera se apoya en la construcción de su figura de escritor, otros que acompañan su obra con fuertes intervenciones públicas, otros que prefieren evitar la visibilidad, y se refugian. Y hay autoras que toman un poco de cada cosa y le suman paisaje. Selva Almada es una de ellas. Su trayectoria orbita entre lo local y lo internacional. Nacida en Entre Ríos, en Villa Elisa, un pueblo de 6.000 habitantes, sus libros, casi todos ambientados en el litoral argentino, pueden leerse en más de 20 idiomas.

Lanzada en 2020, No es un río quedó en la lista corta del prestigioso Booker Prize, que premia la mejor novela en inglés publicada en Reino Unido e Irlanda. También publicó las novelas El viento que arrasa (2012), Ladrilleros (2013), entre otras, y es coautora de Laiseca, el maestro en 2025, donde los discípulos le rinden homenaje al célebre autor de la monumental Los Sorias, obra canónica de la literatura argentina. 

Este año la Feria Internacional de Buenos Aires cumplió 50 ediciones y cambió el ritual de la inauguración. El tradicional discurso de apertura, siempre asignado a una figura destacada de las letras, cambió por un panel integrado por Leila Guerriero, Gabriela Cabezón Cámara y Almada. Ya es parte del sentido común del ambiente cultural latinoamericano afirmar que las mujeres que escriben protagonizan la escena.

En el caso de Almada, sus comienzos en el taller literario de Laiseca derivaron en amistades con las cuales construyó el colectivo Carne Argentina, en la primera década de los años 2000. Jóvenes narradores y poetas armaron una editorial y, tras la senda de los grupos de poesía de los 90, convocaron a lecturas públicas. Épocas donde los «no conocidos» intercambiaban posteos de blogs, reseñas y comentarios. «Hicimos ese ciclo durante 16 años. Fue súper importante porque también leí un montón de autores que no conocía», dice.

El primer libro de Almada fue la compilación de relatos Una chica de provincia. Su reconocimiento más amplio llegó con El viento que arrasa, texto editado por Mar Dulce, sello independiente dirigido por Damián Tavarovsky. Fue adaptada al cine en 2023, por Paula Hernández. Sus siguientes títulos salieron por la multinacional Penguin Random House.  

En su más reciente novela, La casa sola, plantea una historia que se cuenta desde un punto de vista algo inusual. Es, entonces, una historia familiar, social, política, entre terratenientes, aliados de los poderosos que son solo un eslabón cómplice, como algunos policías, y peones, que no pueden poseer tierra e incluso son mirados con desprecio por los patrones si crían gallinas porque «tienen ganas de tener lo suyo». En las clases más pudientes emerge un patriarcado asumido y narrado con la naturalidad de lo ya dado.

Como sucede en La casa, de Manuel Mujica Lainez, la narradora es la propia vivienda, un enorme objeto inanimado que adquiere las maneras de la personificación antropomórfica. Por ejemplo, cuando uno de sus habitantes llevó a vivir a su novia con él, leemos: «Los dos se fueron acomodando despacio a la vida juntos. Ella era mansa y sabía llevarlo a él, que ya era un caballo mañero. Yo también tuve que acostumbrarme. Los ladrillos de las partes nuevas le pesaban al adobe de las partes viejas». La casa habla divertido, es irónica y fresca en su lirismo coloquial. Para nutrir su trabajo con la oralidad, la autora sorteó la falsa dicotomía entre letras y habla cotidiana: recurrió a la literatura gauchesca como referencia. 

–¿Considerás que deberíamos volver a la gauchesca? 
–No sé si deberíamos volver a la gauchesca. Seguro que sí hay textos que, para mí, siguen siendo potentes. La poesía de Hilario Ascasubi, por ejemplo.

– ¿Y la poesía de Martín Fierro, con tantas lecturas que ha tenido? 
–Para este libro volví a releer esos textos buscando más que nada el sonido. Los giros, la jerga pero más que nada cómo sonaban esos versos, esas palabras que, según José Hernández, eran de los gauchos. Me interesaba eso como ficción, ir a un lenguaje para traerlo de vuelta a la novela, porque, ¿qué sé yo, cómo hablaban los gauchos? Además sabemos que al Martín Fierro no lo escribió un gaucho, sino un estanciero. Fui a buscar más que nada eso: la música, el sonido.

–Ahí estás marcando una relación, una tensión entre la cultura libresca y la oralidad. ¿Cómo se negocia eso? 
–Cuando empecé a trabajar con los registros orales traídos a las novelas, lo que más me interesó es cómo en la escritura comienza a funcionar una poética. Otra vez, lo que me interesa de eso, sobre todo, es el sonido, es la música, es el ritmo que se arma.

–Da la impresión de que este punto de vista, el de la casa, permite, habilita una horizontalidad, no sé si sería igual si la narración la llevara adelante un ser humano. Está al mismo nivel «la colorada», la gallina; las plantas; el matrimonio de los Lucero; el árbol, «El Tala». Todos los seres con el mismo grado de importancia. Parece una decisión política.
–No había pensado esto que decís de la horizontalidad. Me gusta, pero no fue algo que lo haya pensado antes, «quiero que la novela tenga esta narración más horizontal y más equitativa». En realidad, empecé escribiendo con un narrador en tercera persona y cambié. Está la idea de que la casa es vieja y es como una mujer vieja. Por momentos se olvida cosas o empieza a mezclar los tiempos o las cosas que está contando. Y quería que tuviera algo de ese espíritu pueblerino rural, voces que recuerdo de mi infancia, de las viejas a las que visitaba con mi abuela o que venían a verla a ella. Una vieja con vuelo, con una mirada muy amorosa hacia el entorno, que creo que es lo que tiene el personaje.

–Uno de los temas centrales es el de la propiedad.
–Sí, la relación entre los dueños de la tierra y los que viven y trabajan esa tierra, pero nunca van a ser dueños. Y en esa casa ha ocurrido algo siniestro, una familia desapareció y eran peones.

Foto: Daniel Baca

Y está también el tema de la tecnología. Va cambiando la vida laboral de esas personas cuando llega el tractor y el arado. ¿Es algo que te preocupe especialmente?
–No tengo una relación intensa con el campo. Me interesa más el monte.

–¿Cuál es la diferencia?
–El monte era un territorio donde solamente había monte y cuando comienza la agricultura en Argentina en el siglo XIX, empiezan a talarse para que el campo se vuelva productivo. Sacan toda la madera que pueden, y cuando ya no hay más empiezan a pensar que esos campos sean aptos para el ganado, para la cosecha, para sembrar, etcétera. El monte se empieza a achicar, se reparten las tierras, se alambran y vienen los dueños y empiezan a querer hacer productivo el territorio. Lo que me interesaba también era el presente de la novela. Diez años de la casa vacía, y una familia que desapareció y cómo es ese pedazo de tierra cuando se convierte en una escena de investigación.

–Hay un recorte que suele hacerse desde la crítica en torno a lo territorial. ¿Existe una «literatura del Interior»?
–Creo que existen escritores y editoriales que no necesariamente por vivir en, no sé, en la Rioja, escriben textos riojanos o sobre la Rioja. Creo, sí, que hay una literatura argentina que no se agota en el Río de la Plata. Y esto no sé si lo ven desde otros países también. Creo que hacia el interior del país pensamos que la literatura argentina es, por decir, Borges y desde ahí, los que escribimos y publicamos en Buenos Aires. Lo que a mí me interesa rescatar es que hay una literatura rica en las provincias. Que no por eso, necesariamente escriben todos igual por ser de las provincias.

–Hay una cuestión que siempre genera discusiones alrededor del trabajo literario. Existe la Unión de Escritores y Escritoras Argentinas. Vos fuiste parte, al principio.
Hasta hace unos años me parece que había mucho prurito de hablar del dinero mezclado con la literatura, con la poesía. Bueno, con la poesía sigue habiéndolo. Creo que hemos ido perdiendo bastante ese prejuicio. Son temas que ya los hablaba Alfonsina Storni. Y sobre todo en Argentina, que a diferencia de otros países de Latinoamérica donde los que escriben son los ricos, porque son las que tienen acceso a la cultura. En Argentina, gracias a la educación pública y a las bibliotecas públicas, los autores salimos de otros lados, no de las clases altas.

–Incluso la escritora Sara Gallardo, que era de clase alta, mencionaba esta dimensión del dinero en sus columnas de Confirmado.
–Es una preocupación porque venimos de clases trabajadoras, obreras o de clase media, pero que necesitamos ganarnos el pan.

–¿Y cómo ves la intervención pública de escritoras como vos?
La cuestión más grande, colectiva, es más difícil, pero después creo que sí hay muchas cosas que hemos hecho y que seguimos haciendo juntándonos entre algunos escritores o algunas escritoras. Toda la campaña por el derecho al aborto, que la encabezaba Claudia Piñeiro y ahora por el tema de la ley de glaciares: estamos haciendo cosas.

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