25 de junio de 2026
El avance oceánico sobre territorio bonaerense es resultado de la mercantilización de la naturaleza. El escaso control gubernamental, el rol de la cadena medanosa y el impacto de su destrucción.

Alarma. La zona de Mar del Tuyú (donde en algunos sectores el agua llegó hasta las viviendas) está en riesgo por décadas de prácticas extractivistas.
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Recientemente, la preocupación masiva halló eco en las redes sociales y los medios a partir de la viralización de imágenes de un mar embravecido en la costa argentina que parece arrasarlo todo a su paso. El fenómeno climático que azotó, en febrero, mitad de mayo y durante la última marejada de mediados de junio, a gran parte de la costa argentina dista, sin embargo, de ser coyuntural: el deterioro de la línea costera, particularmente en la zona de Mar del Tuyú (donde en algunos sectores el agua llegó hasta las viviendas y expuso el colapso de construcciones aledañas al mar) es el resultado de décadas de prácticas extractivistas cuyo fin fue (y sigue siendo) la explotación ecosistémica y la mercantilización de la naturaleza.
La erosión costera en Mar del Tuyú tiene antecedentes de más de 30 años, período en el que confluyeron la permisividad respecto del avance de proyectos inmobiliarios que priorizaron el rendimiento económico por sobre cualquier otra variable y el dejar hacer del Estado, en sus distintas jurisdicciones, municipal, provincial y nacional. La situación se agrava con cada nuevo temporal, ya que las tormentas barren y reducen aún más la superficie de playa disponible. Pero la pérdida de playa, que dejó de ser mera advertencia científica, es, acaso, la menor de las consecuencias; el avance del océano sobre territorio bonaerense genera múltiples impactos ambientales como la alteración de hábitats costeros donde residen aves migratorias, pequeños mamíferos y especies adaptadas a los ambientes de dunas, que reducen a su vez la biodiversidad y modifican el equilibrio ecológico de la región. El retroceso costero incrementa, además, la vulnerabilidad de las ciudades frente a fenómenos climáticos extremos. Los especialistas advierten la urgencia de un plan integral de restauración costera y de ordenamiento territorial para paliar un deterioro que puede profundizarse en las décadas venideras. «Hay gente que recién se da cuenta cuando ya el sistema en algunas zonas de la costa ha colapsado y recuperar parte de la función estratégica del médano para enfrentar el cambio climático ya es irreversible. En otros lugares del Partido de la Costa, la situación es mucho menos preocupante, pero no deja de alertar a la población porque hay una extracción de arena permanente y una destrucción de médanos que no descansa», sostiene Mónica Tissone, especialista e investigadora en educación ambiental, diplomada en Desarrollo Sustentable de la Universidad de Quilmes (UnQui).
Atentado al ecosistema
La denominada cadena medanosa oriental, una formación geológica de dunas desde tiempos inmemoriales conformada por aproximadamente 600 kilómetros de playa, es una barrera de arena que terminó de formarse hace unos 6.000 años atrás, cuya función natural consiste en proteger a las zonas aledañas del avance del agua, las sudestadas y la erosión de la costa. La historiografía urbana de las ciudades costeras demuestra, sin embargo, los embates que viene sufriendo dicha barrera natural, desde que primó la intencionalidad de aumentar el nivel de urbanización para uso turístico, decisión que tuvo una escalada en los años 80 y 90 y se completó con el auge de la privatización del espacio público. «Tenemos un territorio natural terriblemente complejo que depende de una cadena de médanos tanto para mantener el mar alejado de la urbanización como para brindar seguridad en el acceso al agua apta para consumo humano. Y por otro lado una urbanización que avanza sobre el territorio con una marcada mercantilización de la naturaleza ante el surgimiento de los barrios privados, que buscan tener el acceso privilegiado a una naturaleza prístina sin considerar cuáles van a ser las consecuencias en el resto del sistema y como la dinámica costera termina siendo alterada. Si no hay respeto por las formas y estos barrios siguen privatizando sectores que nunca debieron haber sido privatizados, se debilita la defensa natural de toda la comunidad», explica Tissone, que no duda en definir la continuidad de las prácticas extractivistas como atentado al ecosistema.
La permisividad estatal respecto del avance inmobiliario sin una planificación a largo plazo, desde la dictadura hasta hoy, puede graficarse en mayor o menor medida como una continuidad rayana en la omisión. Por ejemplo, la ley 14.664 enmarcada en el Plan de Recomposición de Médanos y Frente Costero que fue sancionada tras el temporal de 1993, preveía la expropiación de 324 inmuebles en riesgo, pero la ley quedó en letra muerta: su implementación depende de recursos económicos que el municipio no tiene. «El código de agua del 90 en su artículo Nº142 establecía que no se podía construir sobre la línea de médanos y que debían respetarse al menos 150 metros de la línea de ribera. Fue difícil definir cuál es la línea de ribera: ¿el pie de médano, la zona de playa húmeda, la zona de playa seca? Cada uno tomó decisiones y urbanizó; sobre todo las inmobiliarias empezaron a vender terrenos que debían haber quedado protegidos de ese mercado», señala la investigadora.
Actualmente se cuentan más de 15 barrios privados en la zona que va desde Mar de Ajó y Nueva Atlantis hacia Punta Médanos. El emprendimiento Villa Robles plantea en su máster plan la urbanización de seis barrios con trece lagunas y la construcción de un puerto deportivo con una pista de aterrizaje y helipuerto, complejo que claramente tendrá un impacto negativo. «Si avanza ese tipo de urbanización, los médanos vivos que aún están ubicados allí resistiendo a esta política mercantilista van a terminar quedando sometidos a las reglas de juego que estipulan estos barrios que no tienen ningún tipo de control de la política pública o de aquello que debería establecer el Estado. A su vez, si tienen dunas vivas (en este momento nadie puede ingresar para poder observar el territorio) y hacen que las foresten, cambian las condiciones en los marcos legales; un médano forestado pasa a ser un médano posible de ser urbanizado», señala Tissone. Mientras, a pesar de la existencia de normativas provinciales y ordenanzas locales que prohíben la extracción, se siguen desmontando médanos.
La historia de las ciudades costeras parece seguir regida por la lógica mercantilista cuyo claro norte es la inversión inmobiliaria y la explotación económica, sin que medie el menor atisbo de planificación y cuidado de la naturaleza.
