Sociedad

El Mundial y el mito de la Argentina blanca

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Luciana Rosende

¿Por qué no hay jugadores negros en la selección? En redes sociales y otros foros mundialistas, la pregunta desató una ola de acusaciones y alimentó broncas futbolísticas de larga data. Una mirada a los racismos criollos y a la presencia afrodescendiente en la población argentina.

Celeste y blanco. Una vez más, la Copa del Mundo fue escenario de un debate poco informado sobre la discriminación racial en la Argentina.

Foto: Getty Images

La discusión no es nueva, pero reflotó en el marco del Mundial de Fútbol 2026: hay quienes afirman que el hecho de que la selección argentina no tenga en su plantel jugadores de piel negra se explica porque es un país racista. Una acusación que por estos días se enreda con una bronca futbolística de larga data y con un enojo más reciente a partir del supuesto favoritismo de la FIFA. Un combo que algunos han dado en llamar «argentofobia».

¿Hay racismo en Argentina? Sí, como en todos lados. ¿O acaso existe algún país en el que no exista manifestación alguna de racismo? El mundo da renovadas muestras, con ejemplos diversos, de no haber sabido resolver esa forma de discriminación. ¿Puede relacionarse esa afirmación con la no presencia de jugadores negros en la selección? No. Porque, de hecho, no puede afirmarse que no haya descendencia afro en la selección. Aunque no se vea. 

«Me parece que el problema aparece cuando se intenta explicar quiénes componen la selección argentina sin conocer la historia de nuestro país. Esa pregunta malintencionada de por qué no hay jugadores negros suele partir del supuesto ‒completamente equivocado‒ de que en Argentina no hay negros. Que la población afrodescendiente desapareció, la extinguieron, y todas esas mentiras que se fueron construyendo. Sabemos que en nuestro país existe un proceso histórico de invisibilización, de blanqueamiento en la construcción misma de la Nación. Se buscó hasta lograr instalar la idea de una Argentina blanca, europea, de que somos el único país blanco de Latinoamérica», analiza Sol Duarte, activista antirracista y miembro de la Diáspora Africana de la Argentina (DIAFAR).

Desde esa mirada, cuestiona el «colorismo» como parámetro para definir el origen de una persona. «La identidad –afirma– va mucho más allá del color de piel, es más profunda. Históricamente, la selección siempre tuvo jugadores afrodescendientes en el equipo. Solamente que no lo sabían o no lo saben, como la mayoría de la población en nuestro país». 

Lo que llevamos dentro 
El antropólogo Sergio Avena, investigador del Conicet y docente de Antropología Biológica en la UBA, señala que existe una medición «promedio» de la afrodescendencia en Argentina: «Los estudios genéticos dan un promedio entre el 2% y el 5%, dependiendo de dónde se tomaron las muestras». Suele haber valores más altos en el norte, y hay variaciones amplias: «Hay gente que tiene 0% y otras bastante más; algunas lo reconocen o lo suponen y muchas otras lo ignoran». 

El valor más alto hallado en una persona ‒sobre un estudio de 600 participantes de distintas ciudades‒ fue del 35% de componente africano, en alguien que también tenía ancestría europea e indígena. «Tiene que ver con un mestizaje muy profundo, enraizado en la época colonial», concluye.

Avena explica que en Argentina, al no existir la economía de plantación como en Brasil y el Caribe, «llegaron menos esclavizados, que además fueron distribuidos en pequeños grupos en estancias, lo que favoreció el mestizaje». Los datos muestran que, en Buenos Aires, «negros, mulatos y zambos superaban el 25% en los censos de 1778, 1810, 1822 y 1838, pero de una población de 50.000 o 60.000 personas. Para 1887 se registraba solo un 1,8% de afroargentinos. Este descenso mucho tiene que ver con que ya habían llegado decenas de miles de europeos».

La evidencia también revela que «en sociedades con profundos procesos de mestizaje, no puede suponerse la ancestría de todo el genoma por el fenotipo externo, por lo observable». En Brasil, por caso, «hay varios estudios donde las personas se autoclasificaron como “blancas”, “mulatas” y “negras”. No obstante, al realizar la determinación de ancestría genética, algunos individuos “blancos” tenían más ancestría africana que ciertas personas “negras”, y viceversa», indica el antropólogo. 

Racismo criollo 
Sol Duarte usa el concepto de «racismo criollo» –citando a Federico Pita, fundador de DIAFAR‒ para dar cuenta de la forma que adquiere esta discriminación en Argentina. «El racismo es racismo en todas partes, pero en cada contexto se expresa de distintas formas. Lo que se intenta explicar con “racismo criollo” es cómo en Argentina se desarrolla este fenómeno: hay una invisibilización en el relato histórico oficial, incluso en los censos, donde se decide sacar las preguntas sobre identidad afrodescendiente. Eso hace que haya una negación: afirmar que en Argentina no hay negros». 

La primera vez que se incluyó la pregunta de autoidentificación para la población afrodescendiente fue en el Censo 2010. Esa medición dio cuenta de 149.493 personas que se sabían afrodescendientes. Las estimaciones de las organizaciones sociales apuntan a dos millones. 

«Esa negación produce una extranjerización: porque cuando salís a la calle ves personas no blancas, pero lo que produce el racismo característico de acá es rápidamente asociarlas a otros países. Ante una persona con rasgos de los pueblos originarios se dice “debe ser boliviano”. Si ves a alguien de raíces afro decís “debe ser de Brasil o Colombia”. Si es más oscuro, “debe ser senegalés o caboverdiano”. El 98% de los negros en Argentina somos argentinos. Por eso es tan importante poner la lupa en eso y entender cómo opera el racismo en el país», resalta Duarte. 

Un debate pendiente 
Además de la ancestría que llega a esclavos de tiempos coloniales, hay otros grupos de afrodescendientes en el país. Las comunidades caboverdianas están presentes desde el siglo XIX, así como en la década de 1990 llegaron desde Senegal y Nigeria. «Están hace más de 30 años, hay hijos, nietos. Hay nuevas camadas de afroargentinos», apunta Miriam Gomes, educadora afroargentina de origen caboverdiano, activista por los derechos de las personas afrodescendientes. 

«La presencia negra en Argentina es innegable –señala Gomes sobre el presente–. Hay municipios, como La Matanza, con mucha población negra. Y hay provincias, como Santiago del Estero, con pueblos que se reconocen como descendientes de esclavizados del litoral. El problema es a quién consideramos negro», comparte. 

Sobre el racismo, que considera muy arraigado y poco admitido, plantea que «ha habido recurrentemente expresiones que usan la cuestión del mono. Está en el imaginario popular que no somos totalmente humanos. Pasó con Gran Hermano (donde una participante fue expulsada por proferir comentarios racistas) y con la abogada Agustina Páez (arrestada en Brasil por hacer gestos de mono para agraviar). Eso está, existe. La hipocresía hace que no se hable de manera directa», plantea. 

«Hay una clase política progresista, bien pensante, analítica, que no toma en serio el racismo. Me llama mucho la atención, porque es un instrumento de exclusión social», advierte. Una negación de larga data, atravesada por discursos de odio actuales: «En esta gestión se habilitaron discursos fascistas, discriminatorios. Hay vía libre para decir lo que uno quiera sin castigo. Hay mucha agresividad a las minorías o supuestas minorías como discapacitados, viejos, afrodescendientes», lamenta Gomes. 

«La diferencia entre decir “negro de mierda” y “pelotudo” es que el racismo es un delito, lo otro es un insulto. Existe una ley discriminatoria que ni los jueces conocen. El agravante de odio racial existe», resalta. Y propone: «Como argentinos nos debemos una discusión».

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