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Instrucciones para ser feliz

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Francia Fernández

¿Qué es la salud mental? Especialistas de distintas disciplinas responden a una pregunta cuyas respuestas han variado a lo largo de la historia. Los efectos de la pandemia.

Seres sociales. No se puede vivir de forma aislada. La pandemia, un gran desafío para la humanidad.

FOTO: SHUTTERSTOCK

Mantener una buena salud mental, es, sin dudas, un desafío. Si bien el bienestar emocional, psicológico y social se ve condicionado, entre otras cosas, por factores biológicos, vivencias e historias familiares, hay quienes sortean con mayor éxito los obstáculos y se muestran más resilientes que otros, en las diferentes etapas de la vida.
¿Qué distingue a las personas mentalmente sanas? Según un artículo de Pshycology Today, son agradecidas; disfrutan de las cosas simples; tienen planes, aunque sean pequeños, que les dan satisfacción; perseveran ante situaciones complicadas; se deshacen de la ira, en lugar de aferrarse al rencor; son conscientes de sus necesidades y procuran cubrirlas; ponen límites claros en sus relaciones; ayudan a los demás y se alegran sinceramente por sus logros.
El psiquiatra Sergio Grosman agrega: «La capacidad de identificar y estar en contacto con las emociones, y modelarlas de modo que estas no sean lo único que guíe la conducta; la empatía (el ponerse en lugar del otro posibilita una mejor construcción de los vínculos); la habilidad para estar solos y para construir vínculos significativos; la facultad de aprender de las experiencias; la aptitud de encaminar las energías y acciones hacia un objetivo, en forma sostenida».
En todo caso, Grossman –presidente del capítulo Psicoterapias de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA)–, señala que la salud mental es «un continuo, no una categoría binaria de tener o no tener buena salud mental». En ese sentido, dice, «todos tenemos recursos y debilidades, y en cada persona el entramado de recursos y debilidades será diferente. No creo recomendable que se tome como una meta, no es como ganar una carrera, sino un proceso permanente con idas y vueltas de enriquecimiento personal y vincular».
Por lo visto, los recursos con que cuenta un ser humano para desenvolverse son puestos a prueba una y otra vez, de acuerdo con los contextos en que se halla inmerso. La crisis sanitaria de 2020, que incluyó medidas como el distanciamiento y los encierros, es un buen ejemplo. Por entonces se interrumpieron las rutinas sociales, los nenes fueron apartados de sus abuelos por temor a «contagiarlos», y muchos pacientes «mentales» tuvieron problemas para mantener sus tratamientos. Se dispararon el estrés, la incertidumbre y el temor. De golpe, los ciudadanos pasaron a vivir en un estado continuo de alerta.

Confinamientos globales
De acuerdo con una encuesta del CONICET («Salud, bienestar, coronavirus y vacunas según región y adscripción religiosa») realizada en 2021, el 47,2% de los argentinos consultados tuvo algún trastorno de ansiedad, un 36,8% sufrió depresión y el 14%, trastornos psiquiátricos. A cuatro de cada diez se les murió una persona cercana en un año.
Un estudio realizado por la Universidad Johns Hopkins concluyó que los confinamientos globales «hicieron más mal que bien», con «efectos devastadores en las economías y numerosos males sociales». Además, «están mal fundados y deben ser rechazados como instrumento de política para una pandemia».
En Reino Unido, según un análisis publicado en el diario de la Royal Society Open Science, las cuarentenas llevaron a que 60.000 niños sufrieran depresión. Y unos 400.000 fueron derivados a especialistas, el año pasado, por desórdenes alimentarios y autolesiones. Paralelamente se observaron retrasos en el cociente intelectual, en bebés y niños de hasta los tres años. Los primeros también están sufriendo trastornos del desarrollo cognitivo y el habla, debido a que los adultos llevaban la cara tapada. «La población infantil y adolescente ha sufrido especialmente el confinamiento, la falta de contacto social, un exceso de relaciones virtuales y las restricciones al ocio», indica el reporte.
Especialistas anglosajones en Educación han afirmado que «obligar a los escolares a llevar mascarillas ha causado un trauma psicológico duradero». En cuanto al aprendizaje social (que se centra en las interacciones entre los integrantes de un grupo), Grosman comenta que hay estudios que hablan de un deterioro «proporcional a la cantidad de días de suspensión de las clases presenciales».
Como acota el psiquiatra: «Somos seres sociales, ni siquiera sobrevivimos en forma completamente aislada. Ser humano, es ser humano con otros… Pasar por la pandemia fue un gran desafío para toda la humanidad, por el temor a enfermar y morir, por el aislamiento, por las alteraciones de la vida cotidiana y las caídas económicas que conllevó. No todos tienen la misma capacidad de soporte frente a esos infortunios, y la respuesta a ellos va desde el malestar transitorio hasta desarrollar una enfermedad». Por lo tanto, subraya, que «quienes desarrollaron algún trastorno, consulten».

Ser felices
Más allá de la «explosión» del COVID-19, en el siglo XXI la gente se ve sometida a otros retos, que se amplifican en ambientes como las redes sociales. Existe, por ejemplo, una presión permanente por ser felices, como si fuera algo que se consigue en una góndola de supermercado. La autoayuda, en sus diferentes formas, tiende a reforzar esto. Curiosamente, los efectos de los «mensajes positivos» del tipo «Si quieres, puedes» o «Si la vida te da limones, haz limonada», provocan el efecto contrario, conforme a la revista Nature. De hecho, «aumentan los niveles de depresión, ansiedad y estrés en población juvenil y adulta» y «obligan» a las personas a mostrarse alegres, a pesar de que las circunstancias laborales, personales o sociales no sean acordes.
¿Cómo se puede entrenar o mejorar la salud mental? «Cada uno tiene un cuerpo con necesidades que habría que respetar», precisa Grosman. Es bueno «ejercitarse, así como también dedicar tiempo para el sueño, o hacer una pausa para comer y alimentarse saludablemente». También, aprender a «contemplar el mundo de una manera menos crítica y prejuiciosa», y estar dispuestos a «observar la naturaleza, al igual que a las personas que nos rodean, y a nosotros mismos. Atesorar lo positivo. Plantearse metas, sin esclavizarse, y desarrollar y cultivar los vínculos con otros».

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