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El arroyo San Francisco atraviesa, en el sur del Gran Buenos Aires, las localidades de Claypole, Burzaco y Rafael Calzada. Hasta hace 50 años en sus aguas cristalinas nadaban peces, ranas y anguilas; y en sus alrededores, una incontable variedad de pájaros, e incluso garzas, vivían en comunidades. La expansión urbana y la instalación de industrias, que sin ningún tipo de control arrojan desperdicios en sus aguas, forman parte de la trágica historia de la destrucción de la vida en los cursos de agua de la zona. Cuentan los vecinos que el arroyo mostró sus primeros síntomas de deterioro cuando se instaló en sus cercanías un matadero vacuno que luego de 10 años de incesante volcado de vísceras volvieron sus aguas turbias y malolientes; luego, la basura doméstica y los desperdicios provenientes del consumo se impusieron ante el espectáculo de la naturaleza.
En 2009, estudiantes, graduados e investigadores de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires fueron convocados por las organizaciones sociales y vecinales de la zona para realizar los primeros estudios sobre los pozos de agua particulares. Los resultados fueron alarmantes: en el 100% de los pozos del barrio Mariano Moreno del partido de Almirante Brown, el agua no era apta  para consumo humano, mostrando «signos de contaminación microbiológica y fisicoquímica».
El Taller de Aguas –un emprendimiento interdisciplinario en el cual trabajan estudiantes, graduados, docentes e investigadores de la FCEyN-UBA– propone un ida y vuelta entre el claustro académico y la comunidad en la construcción del conocimiento. «Creemos que la ciencia no debe estar separada de las problemáticas sociales y trabajamos para que las mismas estén insertas en nuestra práctica cotidiana», señalan en su web. En la actualidad, realiza su trabajo junto a organizaciones sociales vecinas, como El Galpón Cultural, las cuadrillas de trabajo comunitario de las cooperativas Mundo Nuevo y Norberto Salto y la Asamblea Popular de Claypole. La zona de trabajo se extiende desde la avenida 2 de Abril –ex Londres– hasta la avenida Lisandro de la Torre en la localidad de Claypole, cubriendo aproximadamente 400 metros. Los objetivos son: la mejora socioambiental de la zona, la creación de un espacio de recreación y la toma de conciencia sobre la importancia de mantener el afluente limpio, desafíos que redundarán en una mejora en la calidad de vida de los vecinos.
Las jornadas laborales abarcan la limpieza del cauce y las márgenes del arroyo, su restauración física, la implantación y trasplante de vegetación en las márgenes y de especies acuáticas para una restauración biológica. La tarea incluye, además, la remoción de nutrientes y materia orgánica. La vida no cesa de reproducirse, el vivero esta colmado de plantas verdes para el trasplante en la ribera, mientras que las acuáticas esperan en piletitas el momento de ser depositadas en el torrente amarronado. Los vecinos toman conciencia, el arroyo es su aliado y pide respeto, un respeto que será retribuido en la primavera, cuando las mariposas multicolores llenen el espacio, las ranas devuelvan su canto, el olor ácido sea reemplazado por el aroma de las flores y las garzas extiendan sus alas en vuelo rasante.

—Texto y fotos: Cooperativa En la vuelta

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