Política | SEBASTIÁN MORO

El crimen del caminante

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Adriana Meyer

La muerte del periodista argentino, ocurrida en Bolivia en 2019, sigue impune y la causa comienza a resonar en estrados internacionales. Un documental cuenta su historia.

«Hola mamá, estoy muy preocupado por lo que está pasando en Argentina, sobre todo en Mendoza». El periodista Sebastián Moro hablaba así con su familia. Se había ido a Bolivia, perseguido en la Argentina macrista, sin trabajo y sin espacios para desplegar sus alas militantes. Supo tener en Radio Nacional Mendoza su programa Despacito y por las piedras, junto a su hermana Penélope, a Eva Guevara y a Esteban Prieto, donde predominaban los testimonios de denuncias sobre gatillo fácil y violencia institucional, matizados con literatura y música.
Se sentía un empleado explotado, en la radio había cierto malestar, lo fueron desplazando de a poco y, cuando finalmente asumió el macrismo, le quitaron su espacio radial. ¿Dónde podía ir con su formación política? ¿A la playa de camarero? Claramente no. Recaló en un hotelito de La Paz, Bolivia. Moro había escrito para diferentes medios sobre los juicios de lesa humanidad en Mendoza, con toda la complejidad que tienen esos procesos, entre ellos el de la megacausa a exjueces de esa provincia. «No faltaba nunca a los juicios, los tribunales eran su segundo hogar, ahí se hizo cronista», dice Raquel Rocchietti, madre de Sebastián, en el documental Sebastián Moro, el caminante, de María Laura Cali, que se estrenó el 1 de junio en el cine Gaumont. En este film, la voz aguda y serena de Sebastián fue rescatada tanto de sus trabajos periodísticos como de mensajes personales para convertirla en el hilo narrador. Sin embargo, quienes lo conocieron dicen que era preciso, y que le gustaba más escuchar que hablar.
Su hermana Penélope cuenta que la gestión macrista de radio Nacional fue mermando la cobertura de esos juicios y borró las 250 notas de Moro sobre aquellas audiencias, incluso sus podcasts, lo cual le provocó un profundo dolor.

Las grietas
Cuando Moro llegó a Bolivia hacía poco tiempo habían ocurrido los atentados de Oruro por parte de la extrema derecha, en tiempos de Carnaval de 2018. En sus primeras crónicas dio cuenta de una grieta similar a la argentina, «solo que por acá hay un pueblo que aún resiste, campesinos e indígenas, sectores informales y sindicalizados, y por esas callecitas encontré al ser boliviano en su ancestral misterio».
Por esos días tomaba el teleférico para ir a El Alto a comprarse ropa y zapatos más baratos, y participaba del programa La quinta pata.
«Había humanidad en sus notas, no eran informes fríos, seres humanos contando su problemática», recuerda la documentalista, productora y fixer internacional Gloria Beretervide sobre el paso de Moro por Prensa Rural, órgano de la Confederación Sindical Única de los Trabajadores Campesinos de Bolivia. Y destaca que sus notas llegaban a los despachos del gobierno de Evo Morales y Álvaro García Linera. Con el equipo de ese medio se involucró en investigaciones y denuncias sobre la vulneración de las comunidades rurales. 
En medio del convulsionado proceso electoral boliviano de 2019, el enviado especial de Página/12 Gustavo Veiga le dejó la posta a Moro para esa cobertura. Lo contrataron de inmediato. Fueron doce crónicas previas al golpe de Estado y resultó una de las primeras voces en denominar lo que estaba sucediendo como un golpe. Después de las elecciones tenía pensado ir a pasar algunas semanas con su familia, estaba cansado y preocupado por su situación económica.
«Escribo porque me gobierna una voluntad intensa de construcción por medio de la palabra, escribo para analizarme, para poner en claro lo que daña a la gente como yo, para entender y entenderme, para confesar y no ser absuelto, soy argentino, pero no he nacido en Buenos Aires, nadar no sé, bailar no sé, beber sí sé. Auto no tengo, prefiero la noche y el silencio», dice Sebastián sobre sí mismo.

Calles violentas
«Los votos están, ganó el Evo, pero va a seguir la convulsión», grabó luego de las elecciones del 20 de octubre de 2019. «El día pertenece a las organizaciones sociales y campesinas, y la noche a los grupos de choque de la derecha», describía convocado por los medios argentinos. Y en privado admitía que estaba todo «muy pesado», que él mismo se «preparaba para la guerra, tengo unos “bloqueadores” acá en la esquina, se vienen días muy pesados, hay que hacer equilibrio entre el deseo y la realidad». En mensajes personales, Moro reconocía que amaba ese proyecto político, pero también que quería vivir bien «por una puta vez». 
En las calles de La Paz se enfrentaba la policía amotinada con los campesinos originarios. Luego de catorce años de gobierno, el Movimiento al Socialismo nunca había sido jaqueado, las fuerzas armadas no lo habían enfrentado. Pero Moro veía el golpe en ciernes. Y tuvo razón. «Voy a cerrar rápido las notas porque tenemos miedo de que nos hagan mierda el edificio, están quemando propiedades del MAS y de los sindicatos, no las quiero preocupar pero es una guerra, estoy agotado», decía en los mensajes a su familia. En esas horas luchaba contra las noticias falsas. Sus compañeros en Prensa Rural dan cuenta de las amenazas que ya habían recibido quienes hacían periodismo popular. La persecución se extendió a las redes sociales y a la quema de radios. Percy Katari fue amenazado con un cuchillo, mientras Sebastián terminaba de diagramar las páginas por WhatsApp. 
El sábado 9 de noviembre de 2019 los miembros del Movimiento Cívico golpearon a uno de los compañeros de Moro, José Aramayo, con bates de béisbol, al grito de «terrorista, hay que escarmentar a estos indios»; lo amarraron a un poste de alumbrado en la vereda y la multitud comenzó a golpearlo y a escupirlo. Moro fue testigo. La turba del Comité Cívico llegó a intentar quemarlo, pero sobrevivió. Ese mismo día el ministro de Gobierno, Hugo Moldiz, advertía que Evo Morales estaba a punto de dejar el Gobierno. La tapa de Página/12 del domingo 10 de noviembre llevaba un título que rezaba «Evo llamó a resistir el golpe», con la firma de Luis Bruschtein y Sebastián Moro. Fue su última nota. A las 21.10 avisó en el chat familiar que salía a tomar un poco de aire, y luego ya no respondió. 
«Estoy segura que esa noche Sebastián era un objetivo estratégico, y por el trabajo que había hecho era una amenaza», afirma Beretervide sobre su querido colega.

Asesinado por informar
Al no tener más noticias, las hermanas se comunicaron con la casera, que les dijo que la puerta de su departamento estaba cerrada, que la noche anterior había habido «cacería de periodistas». Un conocido les informó que lo encontró en su cama, golpeado. Lo llevaron a una clínica, mientras sus familiares viajaban, pero apenas llegó perdió la conciencia. No estaba alcoholizado, ni tenía rastro de drogas. Un amigo de la familia tomó fotos de los moretones en su cuerpo, los brazos arañados, la mano golpeada. Los médicos decían que tenía un neumotórax, admitieron que era propio de torturas. Sebastián se sentó un momento, se puso a llorar y se desvaneció. 
Era el 16 de noviembre de 2019. Por la lucha de su familia y de organizaciones de derechos humanos hay una causa en la Justicia de Bolivia y de Argentina que reclama el esclarecimiento de este crimen, que consideran de lesa humanidad. «La consigna es llevar el mismo compromiso que tuvo Sebastián con otras tantas víctimas de violencia institucional». Mientras ese proceso busca establecer dónde y por qué fue torturado Moro antes de morir, su causa comienza a resonar en estrados internacionales, al tiempo que su nombre se suma a la larga lista de hombres y mujeres asesinados por ir un poco más allá en el ejercicio del oficio de informar.

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