10 de julio de 2026
Guadalupe Faraj nació en Buenos Aires en 1976. Escritora y fotógrafa, publicó las novelas Namura (España, 2012; Argentina, 2018) y Jaulagrande (Argentina, 2021; Chile, 2025) y un diario, El año reptil (2025). Fue una de las fundadoras del taller de fotografía Luz en la Piel, de la Asociación civil Yo No Fui, en la cárcel de mujeres de Ezeiza, Unidad 31. Coordinó Un mundo más, proyecto entre doce escritoras y doce fotógrafas, realizado en el marco del Festival de Libros de Fotos y Afines (2018).

Habíamos alquilado una casa lejos de la ciudad, con la promesa de regresar varios años después, o de no regresar. Nuestro cambio de vida, el que se hace al menos una vez. Apenas estacionamos frente a la tranquera, el paisaje lluvioso se dejó ver por las líneas que habían dejado las gotas en el parabrisas. Miré el cielo abierto, el follaje verde mojado de los eucaliptos, y supe que ahí estaba eso, lo que siempre perseguía en las fotos.
Cuando terminábamos de cenar, Renata se preparaba un té y buscaba el libro, me daba un beso y se iba a la habitación. Yo agarraba la cámara que había puesto en el mueble de la cocina, cargada y a mano. Me ponía la campera, abría la puerta de aluminio y panel de vidrio que separaba la casa del frío glacial. El primer aire me hacía entrar en la noche del campo. Con suavidad, o con respeto más bien, cerraba la puerta, daba tres pasos y me quedaba sobre el piso quebrado del patiecito. Los gomeros se robustecían en la oscuridad, eran sombras envolventes que caían hacia los lados. Podía leerse el cartel de luces de neón del almacén de la esquina, que dejaban encendido hasta el día siguiente.
Al momento, venía Capitán a husmear mis botas. El perro que estuvo ahí desde que llegamos, y al que le habíamos puesto un nombre que aceptó porque éramos los únicos que le dábamos de comer. Había más perros, los tres galgos y el labrador de enfrente, pero el que me seguía como si fuéramos a descubrir un tesoro de huesos, a desenterrar algo para él, era Capitán. Lo dejaba, hasta que sus saltos brutos me impedían sacar fotos, entonces le tiraba una patada y desaparecía. Al rato lo tenía de vuelta, calmo, se sentaba sobre su cola.
Podía haber estrellas, el cielo era un arco grandioso sobre la llanura. O a veces se tapaba por completo, y quedaba una ínfima luminiscencia, las luces del pueblo, blancas o amarillas, con un aura desvanecida. Y la luz de nuestra habitación, que a la media hora se apagaba, cuando Renata se iba a dormir. Eran noches de efervescencia fotográfica. Salía como un cazador de algo que no sabía qué era. No buscaba, era eso que se me venía encima, se me metía adentro como si quisiera hablarme. Caminaba, pisaba el pasto húmedo en el paisaje nocturno, entre la forma de las cosas, tan distinta a lo que se mostraba en plena luz. Mi ropa de color también desaparecía. Me convertía en una sombra igual que la de los perros. Había otras, en cambio, que estaban quietas, pegadas al aire que olía a vegetación y tierra; la sombra de los árboles, la del Chevy viejo con las ruedas hundidas. Alguien me había dicho, ojo si salís a esa hora, te pueden pegar un tiro pensando que es un animal.
Recuerdo cuando habíamos ido con Marcos a otro campo de la provincia a sacar fotos. Había sido poco después de la muerte del padre, él vivía afuera y no había podido llegar al velorio. No sé por qué las imágenes de la cena me vienen en penumbras, creo que se había cortado la luz y habíamos prendido velas. Antes de comer, salimos al patio. Había una neblina espesa que dejaba los troncos altos, las ramas, cualquier follaje detrás de un velo. Prendimos un cigarrillo y nos quedamos hablando y callados, mientras las brasas se avivaban con la pitada y el campo parecía sostenerse en las dos lucecitas rojas. En un momento Marcos se puso a mirar para arriba, su expresión se había vuelto eufórica. Pero no la euforia desbordada, sino la de alguien que estaba esperando algo, que necesitaba encontrarse con eso que, a la vez, es sumamente doloroso. Miré hacia donde estaba mirando él. La copa umbrosa y abultada de un árbol parecía el cuerpo de un hombre a gran escala, no hacía falta forzar la vista porque el hombre se despegaba del cielo con total claridad. Vino a despedirse, dijo él, mi viejo. Nos quedamos los dos en silencio, delante del gigante.
Yo tenía una verdad. Cada vez que me inclinaba sobre el visor de la cámara a mirar por el rectángulo minúsculo, sobrevolaba en mí la frase de Ansel Adams. Sacamos fotos con las imágenes que vimos, con lo que anduvimos, con las personas amadas. A Renata le encantaba la parte de las personas amadas, y hacía chistes, miraba mis fotos y se buscaba en las hojas, en una nube.
Una noche, nos habíamos olvidado una toalla colgada en la soga. Estaba bien agarrada, pero el viento la hacía flamear y la desplegaba con brusquedad haciendo un sonido de aplauso, fuerte. Puse la cámara con trípode a unos metros y dejé el obturador abierto un minuto y medio. Cuando revelé la foto, la toalla se había convertido en una pulverización blanca sostenida apenas de un alambre. Las bolsas de nylon enganchadas a las púas adoptaban la forma del humo en una explosión, hongos nucleares, otras deshechas se volvían garras.
Convencí a Marcos de que viniera a pasar unos días. Quería que saliéramos a sacar fotos; que nos metiéramos en el cuarto oscuro a mirar cómo aparecía en la hoja revelada lo que nosotros no habíamos podido ver.
Cenábamos los tres. A Renata le gustaba escuchar cómo habían sido nuestras primeras coberturas, la Marcha Federal del 94, el Foro Social de Porto Alegre, al que habíamos llegado a dedo, en la caja de un camión. Después venía la época de Babilonia, las fiestas en el local de Anchorena que terminaban de día, las preguntas de Renata. Quería saber a qué le sacábamos fotos, qué era eso que tanto buscábamos en la noche, pero no podíamos nombrarlo. Al rato ella hacia un té y se iba a leer a la habitación. Nosotros salíamos.
Ese jueves Marcos se había puesto un poncho que había encontrado en uno de los placares, le quedaba grande, parecía un cacique. Estaba fanatizado con los chanchos del terreno de al lado, que a esa hora solo se podían fotografiar a muy baja velocidad, dándoles un aspecto brutal, las fauces anchas y repetidas por el movimiento. Nos separamos. Él se fue para el lado de los chanchos y yo me quedé con Capitán, frente a los anillos de un tronco, abiertos como si fueran a tragarme. Intentaba hacer foco en las líneas indefinidas, en la corteza que parecía un cráter metiéndose hacia adentro sin parar. Imaginé a Marcos quieto detrás de su visor, igual que yo. Acomodé el dedo sobre el obturador, lo hundí apenas sin llegar a sacar la foto, y por el este se oyó un tiro de escopeta. Marcos. Me desesperé. Capitán salió corriendo, disparado entre los árboles; después de eso, una onda de silencio calló todo. Miré hacia la casa, la luz de nuestra habitación seguía encendida. Pero la oscuridad se desplomó sobre mí como una piedra.
