Cuento

Lluvia

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Mempo Giardinelli

Mempo Giardinelli nació en 1947 en Resistencia, donde reside. Entre otras distinciones, recibió el Premio Rómulo Gallegos (Venezuela, 1993), el Premio Iberoamericano Manuel Rojas (Chile, 2021) y el doctorado honoris causa de la Universidad de Poitiers (Francia, 2006). Preside una fundación que trabaja «para la construcción de una sociedad de lectores». Traducido a 26 idiomas, entre sus últimos libros se encuentran las novelas Los perros no tienen la culpa (2017) y Esto nunca existió (2022).

—No se aguanta más —dice la vieja—. La lluvia, no se aguanta más.

El viejo la mira de reojo y sigue leyendo el diario. Ella pica ajo con el cuchillito, muy gastado de tanto sacarle filo. Yo trabajo la pipa pacientemente, sin encenderla; me parece definitivamente mejor que los cigarritos de la lata pintada con florecitas rococó. Y más barato. Pero en un día así hasta el tabaco parece mojado. Una humedad consistente gobierna todo, como si fuera un castigo de Dios.

—No digás nada —añade la vieja, sin mirar a nadie—, no hace falta.

El viejo alza la ceja derecha y cabecea apenas, como diciendo está bien, lo que digas está bien.

Ella sigue su perorata contra la lluvia. Yo me distraigo cuando consigo que la cachimba humee y advierto que Dorothy dejó de rascarse una pulga rebelde que la tuvo toda la tarde fastidiada, lo que indica que la cazó nomás.

En ese momento entra Antonio dando un portazo. Viene de la calle, que en realidad parece el escenario que deja una última ola de mar.

Se quita las galochas, cuelga el sombrero y el impermeable en la percha de pared, y se queda mirando el cuadro que tiene ante sus ojos.

—Sacá eso —dice la vieja—, ¿no ves que estás mojando el piso?

—Todo está mojado, mamá —y subraya «todo»—. Lluvia de mierda, no respeta nada.

—Eso —dice ella—, ni el respeto va a quedar seco y limpio. Sacá esos zapatos, ponelos afuera.

—En África pasó lo mismo —dice el viejo.

—Qué cosa.

—Lluvias feroces después de sequías larguísimas; un ciclo como este que estamos viviendo acá. Hasta que al final paró, no llovió nunca más y hoy es un desierto.

—En el Sahara hace mil años había bosques y todo eso —comento, aspirando la pipa con un ruidito que parece como de besitos para adentro.

—Sí, pero yo digo África de ahora. La hicieron mierda, no sirve más y ahora hay millones de negros desgraciados cagándose de hambre. Los africanos emigran a Europa como hormigas aunque los fumiguen. El mismo destino que nos espera a nosotros.

—¿De dónde sacaste eso?

—De la tele, ¿de dónde va a ser?

—La tele, dale —dice Beto con un lado de la boca y como si no hubiera entendido, que es lo más probable.

—Es esta lluvia que no termina más, Beto —le dice la vieja amorosamente y se acerca a él y le pasa una mano por el pelo—. Vos tranquilo.

Suspira largo y ceba otro mate.

—¿Y vos, Antonio, conseguiste algo?

—Nada, ni una changa —dice Antonio, de malas y encendiendo la tele.

—No se aguanta más —repite ella, en voz muy baja—, lluvia chota.

—Yo un día de estos voy a matar a Santos Romero —dice el viejo—. Lo juro por esta —y se besa el pulgar derecho que forma una cruz al apoyarse sobre el índice.

Uno de afuera podría preguntarse qué tiene que ver, pero tiene. Santos fue el que introdujo la soja en esta región. Hace de eso, ¿cuánto? Ni diez años; o pongámosle diez. Una década entera viendo cómo las grandes máquinas dejaban sin trabajo a montones de familias, que se empezaron a ir. Se abandonaron el algodón, los pimientos, los zapallos. Las escuelas. Los Musacchio se convirtieron en los principales acopiadores y no se roturó más nada, se jodieron la tierra y los pulmones de la gente, el verde pasó a ser un color de mierda y todos se fueron yendo al carajo de a poquito. Ahora solo paran camiones. Y camioneros.

—Puro veneno —le explicó el viejo un día al Beto, cuando creíamos que todavía era capaz de entender lo que se le hablaba—. Nos vamos a morir todos.

Pero Beto ya no entendía, qué iba a entender.

Eso fue hace cuatro años. Cuando le dio el patatús y quedó así. Todo mal. Con el cuerpo roto, dijo la vieja, un hombre partido al medio y la cabeza inservible. Pobrecito hijo mío.

Yo fumo y los miro. La lluvia, afuera, no se aguanta más.

Dorothy se pone de pie y camina buscando otro lugar. Husmea junto a la puerta y se acomoda ovillándose. Nunca sabemos con qué criterio elige los lugares. Bicho chiflado. Por lo menos desde poco después del patatús de Beto. Que de los cuatro, era el dueño.

Para entonces Deolindo ya se había metido en la cama de Lili varias veces. Lili siempre fue una chica apasionada. Y Beto más bien frío, demasiado marido en los últimos tiempos y un hombre acabado desde el patatús. Cuestión que un día Deolindo la rozó como al descuido, la Lili se encendió y como andaba con la piel caliente se puso eléctrica y ahí nomás, al toque, se abrazaron. Con zeta y con ese, porque eran dos fuegos, todo hay que decirlo.

En la casa todos hicimos como que no pasaba nada. Un poco nos daba rabia la situación, pero era entendible. Y siempre es mejor hacer como si nada. Como cada vez que se detiene un camión allá en la curva y la vemos subir a la Lili.

—No va a parar, ni hoy ni mañana —sigue la vieja.

—Bueno, entonces podrías cambiar de tema —dice el viejo.

Nadie les da bola.

Beto empieza a babearse de nuevo. En el que fue su cuarto se escucha clarito el ruido de coger. Capaz que se da cuenta.

—¿Y Deo —pregunta el viejo—, dónde anda?

—Fue al mercado a ver si consigue un rabo para el puchero —dice la vieja.

Nadie conjetura siquiera. Unos mangos son unos mangos.

—Mejor hubiese ido a matar a Santos Romero —dice el viejo.

—Sí, claro, y el que después va en cana sos vos. Toda la vida hablando al pedo, debiera darte vergüenza.

Se oyen ruidos en el cuarto que era del Beto y la Lili.

La Lili se la pasa cogiendo, pienso yo. No muy discreta, pero palo y palo. Finalmente es la que para la olla.

Beto ni se da cuenta. O se hace el sota. Antonio refunfuña y cambia de canal. Un tren mató a dos pibes que iban de colados en Liniers. Dónde queda eso, pregunta mamá. En Buenos Aires. Antonio sube el volumen. Mamá protesta. Antonio baja el volumen y escupe al suelo.

En esta casa nadie reconoce nada. Ni mucho menos el derrumbe.

—Yo también me voy a ir —digo en voz alta.

—Si salís traéme un zapallo del Turco —dice la vieja—. Que después le pagamos. Y fijate qué más podés conseguir.

—Conseguir… ¿Soy mago, yo?

—Ya que vas, traé lo que sea y hago un pucherito.

Inútil responder que me voy pero a la mierda. Que me rajo. Que no me ven más el pelo.

Apago la pipa, me pongo de pie, agarro el paraguas y salgo. Dorothy me mira y yo pienso que quizá sea el único ser inocente de este mundo.

—No se aguanta más —repite la vieja—. La lluvia, no se aguanta más.

Tiene razón, pero no se lo digo.

Cierro la puerta tras de mí.

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