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Bienvenido, Bob

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Dueño de un reconocimiento unánime por parte del público y sus colegas, Dylan era un candidato fuerte para el galardón de la academia sueca. Sin embargo, la distinción otorgada al músico despertó no pocos interrogantes en el mundo de las letras.


(Stansall/AFP/Dachary)

 

Si la intención era lograr que el Premio Nobel de Literatura estuviera en boca de todo el mundo, su cometido se alcanzó con creces al otorgárselo nada menos que a Bob Dylan, eterno candidato jamás cuestionado. Hasta ahora, que ganó el galardón. Por un lado, hubo beneplácito en casi todas las ramas del arte porque Dylan ha sido, en la música, uno de los autores más influyentes de todos los tiempos. ¿Eso alcanza para la máxima distinción en la literatura? ¿La letra de una canción puede considerarse literatura?
Las canciones de Dylan exceden el marco rockero: abarcan continentes enteros, que también incluyen al rock. Los inicios de Robert Allen Zimmerman, tal su verdadero nombre, lo ubican en la tradición folk ortodoxa, esa que traicionó al querer modernizarla con electricidad en 1965; los puristas le gritaron «¡Judas!». No es de extrañar que el legendario Pete Seeger se haya sentido contrariado, no solamente cuando Dylan profanó el folk a puro kilovatio, sino cuando luego de semejante faena rechazó el título de «portavoz de una generación».
Se volcó al country, retomó la canción eléctrica, bordeó el góspel en su etapa cristiana, realizó discos inexplicables, tributó al cancionero del folk y se reinventó a sí mismo en 1997 con el monumental Time Out Of Mind. Ese álbum fue la horma de otros trabajos estupendos como Love & Theft (2001), Modern Times (2006), Together Thru Life (2009) y Tempest (2012), contradichos por el propio Dylan cuando se abocó al repertorio de los standards jazz&pop. Sus recientes Shadows in the night (2015) y Fallen Angels (2016), se plantaron firmes en ese territorio que supo ser propiedad de Frank Sinatra.
Como se verá, a Dylan es casi imposible colocarle una sola etiqueta: el hombre no se queda quieto. Incluso en la (poca) literatura creada como tal ha sido dispar; su primer libro fue de poesía experimental y se llamó Tarántula (1971). Dos años más tarde sacó otro de dibujos y escritos, mientras que Crónicas Vol.1 apareció en 2006 y se pareció a un libro de memorias convencional, parcial y caprichoso.
Composiciones como «Blowin’ in the wind», «The Times are a-changing», «A hard rain’s gonna fall», «Like a Rolling Stone», «Ballad of a Thin Man», «Subterranean Homesick Blues», «Just like a woman», «Knockin’ on heaven’s door» y muchos otros, legendarios todos ellos, ¿dan la talla para un premio Nobel de Literatura? Al ámbito literario le cuesta mucho hacerse a la idea de que las letras de una canción puedan alcanzar el nivel de la poesía más excelsa. Las letras de Bob Dylan tienen un pie en la literatura beatnik (Jack Kerouac, William Burroughs), y otro pie en la de poetas malditos como Rimbaud o Baudelaire, así también lo que sería una tercera pata plantada en la austeridad de un Raymond Carver.
«¿Cuántos caminos debe transitar un hombre antes de que lo comiencen a considerar un hombre?», escribió Dylan en su emblemático «Blowin’ in the wind». Una pregunta lo suficientemente profunda como para despertar a un público que a partir de esa canción comenzó a tratarlo como a algo más que a un músico. Dylan ha cosechado discos de oro, elogios críticos, el respeto unánime de sus colegas y premios que van desde el Pulitzer al Príncipe de Asturias. Beatles, Rolling Stones, Charly García y León Gieco son solo algunos que lo han considerado como una influencia mayor.
«No, no, no», le dijo al periodista Robert Hilburn en 2004 cuando le preguntó si su repertorio serviría para educar a futuros letristas. Entonces, habría que recetar dosis de canciones de alta montaña, el cancionero folk de todo el último siglo, el country más crudo, el blues más rural, el rock and roll más primitivo y los temas de jazz que sonaban en Minessotta en los años 40, cuando Dylan era niño y la radio lo dotaba de los nutrientes necesarios para convertirlo en el mejor letrista del siglo XX.
Quizás la discusión solo sea una cuestión de categorías y de instaurar un Nobel a la música. No vaya a ser cosa que otro superdotado de una rama ajena usurpe nuevamente la distinción, en un futuro quizás no muy distante.

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