17 de mayo de 2026
De cara a 2027, el principal espacio de la oposición transita un debate clave. Algunos buscan un outsider que no se diferencie demasiado del oficialismo y otros sostienen que, tras la crisis libertaria, emerge una reacción en sentido contrario.

Córdoba. El 8 de mayo, Kicillof participó en un encuentro del gremio de Sanidad.
Foto: redes sociales
En las diversas internas que agitan al mundo peronista comienzan a aparecer debates con un poco más de contenido ideológico o programático. En algunos casos se expresan en la propia candidatura que se impulsa; en otros, en discursos que parecen plantear que hay que incorporar algunas de las políticas impulsadas por el presidente Javier Milei para poder ganar una elección.
Es una situación que no es novedosa. En 1999 Fernando de la Rúa no hubiese podido ganar las elecciones si no se comprometía a mantener la convertibilidad. Ese compromiso fue al mismo tiempo el trampolín que lo llevó a la presidencia y el ancla que lo hundió. En 2015, Mauricio Macri no hubiese derrotado a Daniel Scioli si no prometía «dejar todo lo bueno» que había hecho kirchnerismo durante 12 años. Algunos creen que hoy se da una situación similar, otros sostienen lo contrario: la confrontación debe darse planteando una alternativa real a lo actual.
Indefiniciones
Como se dijo antes, hay potenciales candidaturas que en sí mismas expresan una visión. Un sector del sindicalismo peronista impulsa al pastor y empresario Dante Gebel. La propuesta abre un interrogante: ¿cuál es el proyecto de país que se supone que encarna Gebel? Cuando habla se percibe que el combustible de su discurso, a diferencia de Milei, no es la rabia o el odio. Gebel es empático. Pero no exhibe qué piensa de la deuda con el FMI, de las tarifas de los servicios públicos, de los salarios, de la fuga de divisas, qué cree que hay que hacer con el boom petrolero de la Patagonia y con la industria nacional, por mencionar algunos temas estratégicos.
La idea de la candidatura de Gebel parece construida en alguna usina en la que se llegó a la conclusión de que es la hora de los outsiders. Y entonces el peronismo debe construir su propio candidato que venga por fuera del sistema político. Si no tiene ninguna experiencia política, mejor. Si sus ideas son poco nítidas, mejor.
Habría que recordar que la última experiencia exitosa del peronismo fue protagonizada por dos políticos –Néstor Kirchner y Cristina Fernández– que militaban desde la adolescencia y que desarrollaron una larga carrera política. Ella en el Parlamento y él en la gestión de Río Gallegos y Santa Cruz. Ser un político de carrera debería ser un atributo y hoy aparece, para algunos, como una mancha. Es como si se pensara que no hay nada mejor para dirigir un hospital que poner a un médico recién recibido que nunca estuvo en una guardia.
La idea de impulsar un outsider se basa en la creencia de que el fenómeno Milei, como expresión cultural, llegó para quedarse. Que los políticos deben resignarse a ser gestores de algún personaje popular que surja de la televisión o las redes sociales. Ese razonamiento deja afuera una posibilidad habitual en los procesos históricos. Después de una experiencia política tan intensa y negativa como la de Milei, es probable que lo que emerja como alternativa sea una propuesta opuesta y no parecida.
Vientos de época
Otros debates que reflejan esta visión de que «hay que adaptarse a los supuestos vientos de época» son más programáticos. El 1º de mayo se realizó un acto en Parque Norte que reunió a dirigentes del peronismo porteño, bonaerense y algunos cordobeses. Entre ellos, estuvieron la diputada nacional Victoria Tolosa Paz y el referente porteño Juan Manuel Olmos. En los discursos de la jornada estuvo presente un concepto que luego generó debate con otros dirigentes del sector. Se remarcó que un futuro Gobierno peronista debía comprometerse con el equilibrio fiscal, eso que Milei considera la fórmula mágica para resolver todos los problemas de la humanidad.
Por supuesto que es una posición que puede defenderse diciendo que Néstor Kirchner hizo del superávit fiscal uno de los pilares de su gestión. Es cierto. Sin embargo, por momentos parece que lo que hay detrás de la decisión de poner el equilibrio fiscal como baluarte es la necesidad de mandar una señal al sector financiero y al electorado.
El tema merece abordarse en toda su complejidad. El Gobierno del Frente de Todos, presidido por Alberto Fernández, terminó con una inflación elevada y ese fenómeno suele dejar una percepción de desgobierno en la población. Esto –dejar una percepción social de incapacidad para gobernar– es algo que al peronismo no le había pasado desde la restauración democrática. No sucedió ni con el kirchnerismo ni con el menemismo, a pesar de que encarnaron diferentes proyectos de país. Si algo le reconocían al peronismo, propios y extraños, aunque sea a regañadientes, era que garantizaba la gobernabilidad.
Ahora un sector amplio de la dirigencia peronista cree que la mayoría de la sociedad piensa que Milei tuvo éxito en el control de la inflación. Entonces hay que enviar una señal de que eso no se modificará con el peronismo. Surge el interrogante de nuevo: ¿realmente ocurre esto? ¿De verdad hay una porción amplia de los argentinos que considera que Milei tiene logros para mostrar?
En esa línea se ubica la candidatura del senador y exgobernador de San Juan Sergio Uñac. Un dato: Uñac votó a favor de la modificación de la Ley de Glaciares que impulsó Milei. Su provincia –se sabe– tiene un importante desarrollo minero.
Fuera de este antecedente, la candidatura del sanjuanino parece responder a la idea de que hay que presentar candidatos que no sean ideológicamente tan diferentes a Milei o que recojan algunos de sus pilares como la obsesión por el equilibrio fiscal. En la entrevista en el canal Blender en la que anunció su precandidatura, Uñac dijo que el peronismo debía incorporar como «propio» el superávit.

Uñac. Reunión de trabajo en el Senado. El exgobernador sanjuanino lanzó su precandidatura presidencial en una entrevista periodística.
Foto: redes sociales
Una oportunidad
La otra paradoja del mundo peronista es que una de las internas más intensas se libra entre sectores que no tienen grandes diferencias programáticas. Las tensiones entre el Movimiento Derecho al Futuro de Axel Kicillof y La Cámpora no tienen un trasfondo ideológico que se pueda dilucidar. Es una puja por la conducción y no por el rumbo que se le imprimiría al país en un hipotético futuro Gobierno. Es bastante lógico que no haya demasiadas divergencias en ese aspecto. Kicillof fue una figura central del segundo Gobierno de Cristina Fernández y protagonista de muchas de las decisiones estratégicas que tomó la expresidenta, como la reestatización del 51% de YPF. A pesar de esto, como dijo el personaje Anette Shepard interpretado por Diane Lane en la sexta temporada de House of cards: «La política siempre es una cuestión personal».
Entre las disputas por el liderazgo y el sistema de ideas que debe ordenar el discurso, el peronismo atraviesa una etapa deliberativa, algo característico de un movimiento político tan amplio. El punto es que la crisis económica, social y política, que sacude al Gobierno de Milei, abrió una oportunidad real para que la oposición pueda ganar en 2027. Se aceleraron los tiempos. La situación demanda que la interna peronista se encauce lo antes posible.
