28 de mayo de 2026
Amarga Navidad
Director: Pedro Almodóvar
Intérpretes: B. Lennie, L. Sbaraglia, A. Sánchez-Gijón, V. Luengo, P. Criado, Q. Gutiérrez, M. Smit
País: España

Conflicto. Sánchez-Gijón, Sbaraglia y una amistad que expone los límites de la representación.
Foto: Prensa
Los rayos se intercalan con letras tipeadas en una computadora en el comienzo de Amarga Navidad, toda una declaración de intenciones tratándose de una película definida como «autoficción», en la que Pedro Almodóvar narra anécdotas significativas de su vida. El material autobiográfico ya había servido de base en Dolor y gloria, el film de 2019 en el que Antonio Banderas interpreta al alter ego del director madrileño. Pero esta vez la trama es todavía más compleja, porque Almodóvar profundiza en la búsqueda de una verdad dentro de la ficción y añade una vuelta de tuerca al juego de espejos. Aquí, un cineasta encarnado por Leonardo Sbaraglia escribe el guion de una ficción «inspirada» en sus experiencias mientras intenta justificar, una vez más, la necesidad casi vital de seguir filmando.
Las palabras escritas irrumpen en la pantalla para dar paso a «la historia dentro de la historia» de la película, protagonizada por Bárbara Lennie. Situada en 2004, ella interpreta a Elsa, una directora de publicidad que alguna vez realizó dos películas fallidas, hoy convertidas en obras de culto. Sufre migrañas y mantiene una relación con Bonifacio (Patrick Criado), un hombre bastante más joven, bombero de profesión y stripper los fines de semana: el humor también aparece aquí de manera especialmente efectiva. Pero un día comienza a escribir el guion de una nueva película basada en una amiga (Milena Smit) que atraviesa un duelo personal.
Ambas capas de representación se superponen, al estilo de Charlie Kaufman, con ese segundo relato que funciona como espejo para Raúl (Sbaraglia). También él mantiene una relación con alguien menor (Quim Gutiérrez) y se muestra incapaz de separar vida y creación artística. Pero el veterano director se resiste a vivir del prestigio acumulado y reorienta el guion para convertir el sufrimiento de su amiga y asistente (Aitana Sánchez-Gijón) en material narrativo. Allí, el conflicto sobre los límites de la representación se pone de manifiesto y termina por afectar su vida privada, al poner en crisis los vínculos construidos a lo largo del tiempo.
Amarga Navidad funciona, entonces, como una explicación consciente del propio director acerca de la autoficción: una catarsis cinematográfica para procesar traumas, obsesiones y recuerdos. «El dolor es real, la historia es ficción», dirá en un momento Raúl. A eso se suman múltiples alusiones a toda la filmografía de Almodóvar: los cameos de Rossy de Palma y Carmen Machi, imágenes que remiten directamente a varias de sus películas más recordadas y elementos recurrentes de su poética, como la música de Chavela Vargas, el rojo pasional en el vestuario –aquí alternado con turquesas y amarillos intensos– y esos decorados recargados de arte contemporáneo, diseño art decó y objetos cuidadosamente dispuestos como extensiones emocionales de los personajes. En su tramo final, la película introduce un giro que termina de desarmar cualquier certeza sobre aquello que pertenece a la realidad y aquello que forma parte de la ficción. Lo autobiográfico deja de ser un simple gesto confesional para convertirse en una reflexión sobre el propio acto de narrar. Porque Amarga Navidad habla de alguien que necesita transformar recuerdos, culpas y heridas en imágenes para poder seguir adelante. Y quizá allí resida la revelación más honesta y brutal de toda la película: para Pedro Almodóvar, el cine ya no es únicamente una forma de arte, sino también una manera de sobrevivir.
