Cultura

La incomodidad de la escritura

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Hernán Carbonel

Después del éxito obtenido con la novela Cadáver exquisito, Agustina Bazterrica desentraña la intimidad de su oficio en el reciente Literatura o muerte. La devoción por Saer y el lenguaje del poder.

Pulsión vital. «Si no escribo, me muero. Es así de simple y así de contundente», plantea en el libro.

Foto: Denise Giovaneli

«Si no escribo, me muero. Es así de simple y así de contundente. Y no estoy recurriendo a una metáfora trillada y un poco dramática. Es literal. Necesito estar en contacto diario con la literatura». Así comienza Literatura o muerte, de Agustina Bazterrica, publicado recientemente por Godot en la colección Íntima. Es un libro que va directo al hueso, sin miramientos ni medias tintas, y que se encuadra en la relación entre experiencia y escritura.

«Es una declaración vital», afirma Bazterrica al ser consultada por Acción. «Sin ese contacto cotidiano, me falta una de las corrientes de energía que sostienen mi existencia. ¿Puedo vivir sin literatura? Seguramente, pero sería una vida tan miserable, tan vaciada de sentido, que no valdría la pena. Es como el amor, ¿podemos vivir sin amor? Claro que sí. La verdadera pregunta es por qué elegiríamos una vida privada de él».

Literatura o muerte es, también, un elogio de la lectura, un diálogo con sus principales influencias: Saer, Rushdie, Borges, Cortázar, Bernhard, Ferrante, Cheever, Lispector, Flannery O’Connor. «Saer es mi maestro», subraya la autora. «Cada uno de sus libros es una lección magistral de escritura, lo estudio con devoción. Creo profundamente que la literatura es siempre una reescritura, que nadie escribe desde la nada. Borges decía que para ser un buen escritor primero hay que ser un buen lector, y coincido por completo. Me sorprende la existencia de personas que escriben pero no leen», completa.


Palabras en cuestión
Nacida en 1974, Licenciada en Artes, gestora cultural, su primer libro fue el tomo de cuentos Antes del encuentro feroz, publicado originalmente por Alción y reeditado luego bajo el título Diecinueve garras y un pájaro oscuro. Pero su irrupción en el panorama de la literatura argentina fue con ese zarpazo llamado Cadáver exquisito, que obtuvo el Premio Clarín de Novela en 2017, que llegó a las librerías bajo el sello de Alfaguara y fue traducido a más de 20 idiomas.

«Vivo en un estado de agradecimiento continuo porque entiendo que muchísimos libros dejan de editarse, dejan de circular, dejan de leerse. Por eso me siento profundamente privilegiada de que Cadáver exquisito siga haciendo su camino», dice la autora. Y agrega que «el éxito de Cadáver exquisito no me cambió en esencia, aunque sí transformó muchos aspectos de mi vida cotidiana: hoy puedo vivir de los libros y eso, en este mundo, es casi un milagro».

Con un éxito sostenido a través de los años, la novela se impuso en la pandemia por aquello que plantea: «el planeta va a reventar» o «morimos con alguna plaga». Distopía, alegoría, profecía negativa, pesadilla futurista, como se lo llame, es de una actualidad asombrosa. La síntesis argumental advierte que un virus que afecta a los animales y resulta mortal tiene como consecuencia que el consumo de carne humana pase a ser legitimado. Claro que no todo es covid, secciona la autora.

«Basta con estudiar los procesos históricos para entender que las plagas siempre existieron», opina Bazterrica. «Elegí trabajar con un supuesto virus –porque en la novela incluso se pone en duda si no es un invento de los Gobiernos–, ya que eso tiene algo inquietante: no se ve a simple vista y funciona como una excusa perfecta para generar miedo en la población. Y el miedo es uno de los grandes instrumentos de manipulación, junto con el odio y la ignorancia». Reformulando aquella máxima de Hobbes, sostiene que «el ser humano puede ser el lobo, pero también el héroe. Sigo creyendo en la humanidad, aunque hoy parezcan imponerse los depredadores. Los tiempos de abundancia y armonía volverán. Y aunque esa idea pueda sonar ingenua o utópica, intento orientarme hacia ella todos los días». En la ficción, esa deshumanización se relaciona con las narrativas estatales, con la imbricación entre palabra y política. «En Cadáver exquisito aparece una pregunta que para mí es central: ¿qué tiene que pasar para que una persona deje de ser vista como humana y pueda convertirse en producto o mercancía?», plantea la autora. «La novela nació de esa incomodidad. Me interesaba mostrar cómo el sistema necesita cambiar las palabras para anestesiar la empatía. Cuando algo deja de nombrarse como humano, se vuelve más fácil explotarlo, consumirlo o destruirlo. No se trata solamente de la violencia física, sino de la capacidad del discurso para instalar qué vidas importan y cuáles pueden sacrificarse».

De cotejar lo expresado en la novela con la actualidad política nacional, hay un solo paso. «Veo a la Argentina atravesando un momento muy duro, no solo en términos económicos sino también simbólicos y culturales. Hay una sensación de agotamiento, de violencia constante, de precarización de la vida cotidiana que inevitablemente impacta en la producción cultural», advierte. «También me preocupa cierto empobrecimiento del lenguaje público. La agresividad, la simplificación extrema y la lógica del espectáculo ocupan cada vez más espacio. Y el lenguaje no es inocente: las palabras construyen realidad. Cuando el discurso político y mediático se vuelve puramente violento o binario, algo de la complejidad humana queda expulsado», concluye. «Ahí la literatura cumple una función fundamental porque trabaja justamente contra esa simplificación, devuelve matices, contradicciones, zonas incómodas».

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