13 de julio de 2026
El auge de las nuevas derechas no puede comprenderse sin el respaldo de grandes empresas tecnológicas. La reacción conservadora contra la inmigración, eje central de disputas geopolíticas frente a la crisis de hegemonía de Occidente.

Mano dura. Agentes de ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduana) realizan un violento operativo en Nueva Jersey, en junio.
Foto: Getty Images
El vínculo entre grandes capitalistas y el racismo no es nuevo en Occidente. A lo largo del tiempo adoptó distintas formas, pero hoy tiene un eje central: la inmigración.
En términos históricos sobresalen figuras como Cecil Rhodes, empresario y político del Imperio británico que hizo su fortuna con las minas de diamantes y oro del sur de África. Defensor de la supremacía blanca y del dominio de la «raza anglosajona», consideraba a las poblaciones africanas un «pueblo sujeto», contribuyendo a sentar las bases ideológicas del apartheid. También Andrew Carnegie, el célebre industrial y filántropo estadounidense, concebía a la élite blanca anglosajona como la cúspide de la evolución social, expresión de una forma de supremacismo liberal.
Las llamadas nuevas derechas o ultraderechas occidentales –con versiones periféricas en América Latina– constituyen una reacción conservadora frente a la crisis de hegemonía de Estados Unidos, el declive relativo de Occidente y la transición hacia un mundo más multipolar (en donde se exacerba la competencia estratégica y la polarización política interna).
La reacción es antiglobalista en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, proteccionista en lo económico como expresión de la pérdida de competitividad industrial, lo cual ahora también se trasladó al sector de tecnología de punta por la «amenaza» de China. En segundo lugar, soberanista de derecha en lo político, legitimando el unilateralismo imperial como se ha visto en Venezuela, Cuba o Irán.
Y, en tercer lugar, nativista o etnonacionalista en lo cultural, enfrentándose tanto al multiculturalismo que durante la globalización buscó expandir los valores y la cosmovisión liberal del Occidente geopolítico más allá de las diferencias étnicas, como también al mundo multipolar donde reemergen las grandes culturas.
Aunque se trata de un espacio heterogéneo, una de sus características es el protagonismo de grandes fortunas y sectores propietarios. Frente a figuras del globalismo liberal como George Soros o Bill Gates aparecen Elon Musk y Peter Thiel.
La creciente concentración de riqueza fortaleció los rasgos plutocráticos del capitalismo occidental. El estancamiento del salario real desde 1980 contrasta con las crecientes superganancias de las grandes corporaciones, garantizadas por el impulso financiero estatal. Desde la gran crisis de 2008, las acciones en Wall Street subieron un 900% mientras que la economía estadounidense medida por PBI creció un 100% (aunque con una inflación acumulada del 60%) y fue apropiado mayoritariamente por el 10% más rico.
En ese contexto, la figura del inmigrante funciona como chivo expiatorio: desplaza el foco de las desigualdades estructurales y construye una solidaridad política entre sectores populares empobrecidos y élites económicas.
Figuras como Peter Thiel representan esta corriente. Cofundador de PayPal y Palantir y principal mecenas del vicepresidente de EE.UU., J.D. Vance, sostiene que la libertad individual y el libre mercado son incompatibles con la regulación estatal y la democracia. Además, argumenta que la democracia estancan el progreso y que la sociedad debería ser dirigida por una «élite innovadora», apostando sin tapujos por una especie de tecno-plutocracia.
Sin embargo, lejos de prescindir del Estado, sus empresas dependen de contratos con el Pentágono y colaboran con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en tareas de vigilancia y deportación. Esto le permitió multiplicar por seis el valor de su empresa en el último año.
Supremacismo blanco
El crecimiento de estas corrientes se articula con un renovado supremacismo blanco. Ya en los años noventa el influyente intelectual Samuel Huntington inspiró tanto a los neoconservadores con su libro Choque de civilizaciones (1996), como al nacionalismo nativista con su libro Quiénes somos (2004). Allí argumenta que la inmigración hispana representaba una «amenaza» a la identidad angloprotestante estadounidense.

Aliados. Trump junto a su vicepresidente, JD Vance, y Musk, en un encuentro en Maryland, Estados Unidos.
Foto: Getty Images
Más recientemente ganó influencia la teoría del «Gran reemplazo», popularizada por el francés Renaud Camus (2012), según la cual élites globales promueven deliberadamente la sustitución de la población blanca y cristiana por inmigrantes no occidentales.
Referentes de las nuevas derechas han recurrido a estas ideas de forma oportunista o por convicción ideológica. En 2022, J.D. Vance acusó a los demócratas de transformar el electorado mediante una «invasión» inmigratoria y sostuvo que Estados Unidos debe entenderse como una comunidad histórica y cultural antes que como una idea abstracta.
Vance promueve una visión de Estados Unidos no como una «idea», sino como un «grupo de personas con una historia compartida», es decir, un pueblo definido por lazos étnicos y de sangre. Ha declarado que añora vivir junto a personas con las que tiene «algo en común» y ha expresado su incomodidad ante vecinos que «no hablan el mismo idioma». Esta es la base ideológica del nacionalismo de exclusión, que apunta contra quienes no encajan en esa herencia común.
Por detrás, hay una preocupación por parte de distintos grupos de poder y sectores de la sociedad creciente de que Estados Unidos y los países europeos dejen de ser en los próximos años de mayoría blanca.
Pero el problema es que a su vez necesitan la inmigración para sostener la población (la tasa de fecundidad es de 1,57 hijos por mujer), cubrir empleos de baja remuneración y atraer profesionales de alta calificación para el sector tecnológico. En Europa, la situación es aún más compleja. Las salidas xenófobas y plutotecnocráticas son imaginadas como posibles «soluciones».
Esto último es clave para entender por qué la crítica a la inmigración en el mundo de las tecnológicas, donde se destacan voces como las de Elon Musk, es más matizada. En general, hay un frente común en favorecer la inmigración de «talentos de élite», de los que depende de manera crucial el sector tecnológico estadounidense. Incluso entre quienes combaten la inmigración «masiva» acuerdan facilitar la entrada de emprendedores y trabajadores altamente calificados.
Trump recargado
La segunda administración de Donald Trump, con fuerte influencia de Musk, Thiel y otros empresarios tecnológicos, profundizó una agenda antiinmigratoria con elementos que numerosos especialistas vinculan al supremacismo blanco.
El protagonismo recayó en el ICE y su política de detención y deportación. Sus campañas de reclutamiento utilizaron consignas como «Which way, American man?» (¿Qué camino elegirás, estadounidense?) y «We’ll have our home again» (Recuperaremos nuestro hogar), similares a títulos y lemas difundidos en ámbitos neonazis y supremacistas. Otras publicaciones oficiales del Departamento de Seguridad Nacional recurrieron a consignas como «One Homeland. One People. One Heritage. Remember who you are, American», interpretadas por diversos analistas como ecos de la propaganda nazi. Expresiones como presentar la inmigración como una «invasión» también forma parte del repertorio discursivo habitual de la extrema derecha.
El Gobierno además indultó a más de 1.500 condenados por el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, incluidos dirigentes de grupos como Proud Boys y Oath Keepers, y otorgó responsabilidades a funcionarios vinculados con organizaciones y discursos supremacistas. Entre ellos sobresalen Stephen Miller, principal arquitecto de la política migratoria, y Kingsley Wilson, defensora de la teoría del Gran Reemplazo.
En paralelo, la violencia política de extrema derecha aumentó significativamente en Estados Unidos durante los últimos años, acompañando el ascenso de estas corrientes.
La disputa se proyecta también sobre Europa. A fines de 2025 la administración Trump sostuvo en un documento oficial que el continente enfrentaba el riesgo de que su civilización fuera «borrada» y prometió respaldar a los partidos «patrióticos» para evitar que algunos países dejaran de tener mayoría europea, retomando argumentos propios de la teoría del Gran Reemplazo. En la misma línea, Elon Musk calificó en 2026 al presidente español Pedro Sánchez de «traidor» por impulsar la regularización de cientos de miles de inmigrantes.
El ascenso de las nuevas derechas no puede entenderse únicamente como un fenómeno cultural ni exclusivamente como una reacción electoral. Expresa también la búsqueda de una nueva fórmula de poder por parte de una fracción de las élites occidentales en un contexto de declive relativo de Estados Unidos y de creciente desigualdad. La inmigración se convierte así en el terreno privilegiado donde se articulan intereses económicos, disputas geopolíticas e identidades nacionales.
