Cultura | EL FINAL DE «ENVIDIOSA»

Fracasar con encanto

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Julián Gorodischer

Entre la antiheroína clásica y la ansiedad y otras neurosis actuales, Griselda Siciliani le da vida a un personaje desbordado que sintoniza con la audiencia de la serie. Psicoanálisis y feminismo.

Potencia. La actriz despliega su repertorio de fragilidad, inteligencia y velocidad emocional.

Foto: Netflix

Hay personajes que funcionan como síntoma de época. Y después está Victoria Mori, la criatura ansiosa, neurótica y ligeramente devastada que Griselda Siciliani convirtió en uno de los fenómenos más comentados del streaming local. Lo notable no es solamente el éxito de Envidiosa, sino la forma en que el personaje logró condensar varias obsesiones contemporáneas de la clase media urbana rioplatense: el miedo a quedarse sola, el mandato afectivo, la terapia como religión laica, el fracaso sentimental convertido en identidad y la sospecha permanente de que todos los demás aprendieron a vivir mejor que uno.

Victoria Mori parece provenir de varias tradiciones al mismo tiempo. Tiene algo de la antiheroína latinoamericana clásica, heredera degradada de Yo soy Betty, la fea, pero también mucho de las mujeres sofisticadas y emocionalmente rotas de las comedias dramáticas estadounidenses. En ella conviven la ansiedad social, el narcisismo herido y la competitividad afectiva de personajes que podrían circular sin problemas por el universo de El diablo viste a la moda II o por alguna serie premium neoyorquina de mujeres profesionalizadas y al borde del colapso nervioso.

Pero Envidiosa tiene una marca profundamente local: el psicoanálisis. La serie no solamente incorpora sesiones terapéuticas como recurso narrativo, sino que organiza gran parte de su mundo emocional alrededor de ellas. Victoria entrega su tutela afectiva a la terapeuta Fernanda Olivera (interpretada por Lorena Vega), figura que terminó creciendo hasta transformarse en una presencia decisiva dentro y fuera de la ficción. No es casual que Netflix Argentina haya decidido convertir las sesiones terapéuticas en eje promocional de la temporada 2026.

La terapeuta de Vega terminó expandiéndose incluso hacia otras producciones y campañas de la plataforma, confirmando que el análisis ya no es solamente una práctica privada sino una identidad cultural compartida. Algo de esa persistencia vuelve a Envidiosa inevitablemente porteña y ligeramente extemporánea: asume sin ironía esa fe urbana en el análisis interminable, en la conversación como cura y en el trauma infantil como contraseña explicativa de cualquier catástrofe sentimental presente.

Las «chicas» de Envidiosa merecen un capítulo aparte, porque funcionan como algo más que un grupo de amigas satelitales de Victoria Mori. Son sostén emocional, coro moral, espejo deformado y, muchas veces, advertencia de aquello en lo que ella podría convertirse. Están y no están: aparecen para contener, cuestionar, habilitar recaídas o acompañar pequeñas catástrofes sentimentales, pero la serie evita convertirlas en simples confidentes decorativas. Cada una carga su propia ansiedad amorosa, aunque el verdadero tema colectivo sea otro: el agotamiento de una generación de mujeres que se piensa emancipada mientras continúa organizada emocionalmente alrededor de la expectativa romántica.

Ahí aparece una de las contradicciones más interesantes. Envidiosa es progresista en el discurso, pero bastante conservadora en las pulsiones profundas de sus personajes. Las cuatro amigas hablan el idioma contemporáneo de la autonomía, la deconstrucción y el autocuidado, aunque en la práctica siguen orbitando alrededor del viejo mandato de ser elegidas. Bajo la neurosis cool, el feminismo terapéutico y la ironía urbana persiste una estructura sentimental clásica: la fantasía del amor como reparación definitiva de una identidad incompleta.

La presencia de Benjamín Vicuña había llevado esa lógica al extremo. Su personaje funcionaba como condensación perfecta del hostigador sentimental elegante: un hombre intermitente, seductor y emocionalmente inaccesible alrededor del cual Victoria organizaba esperas, recaídas y humillaciones. Y activó un eco inevitable entre ciertas zonas de la vida pública de Griselda Siciliani y el universo emocional de Victoria Mori. Tras la exposición de la infidelidad de Luciano Castro, la actriz eligió un bajo perfil casi absoluto y apenas dejó algunas aclaraciones iniciales en una entrevista con Moria Casán, donde por momentos se la veía genuinamente sobrepasada. Como su personaje, la actriz pareció comprender que incluso el derrumbe necesita una puesta en escena mínima, un control del gesto y del relato propio. Y acaso ahí resida parte de su magnetismo: en esa capacidad de exhibir fragilidad sin perder nunca del todo cierta dignidad del fracaso sentimental.


Familia y redención
Pero la cuarta temporada modifica parcialmente ese esquema. Hay una voluntad visible de «buenificar» a las criaturas. Como si la ficción hubiera establecido un pacto ético consigo misma después de años de ansiedad, sabotajes y desgaste. Los personajes empiezan lentamente a merecer una reparación. Ya no se trata solamente de exhibir neurosis encantadoras sino de imaginar alguna forma posible de reconstrucción afectiva.

Ese movimiento también transforma a Victoria. El vínculo terapéutico deja de funcionar únicamente como espacio analítico y deriva hacia algo más ambiguo y afectivo, cercano a la amistad. Siciliani trabaja desde el gesto mínimo, desde la incomodidad corporal y el titubeo emocional. En este tramo, deja de condenar y competir compulsivamente con otras mujeres. La envidia pierde centralidad como motor identitario. Y la antiheroína que antes observaba a las demás desde el resentimiento empieza lentamente a convertirse en aliada.

La Victoria de Griselda Siciliani nunca termina de quebrarse del todo ni de estabilizarse completamente. Está comprometida con la escena y, al mismo tiempo, parece mirarse de reojo, con ironía y hastío. Nunca fue una estrella fría ni una actriz solemne. Su potencia aparece justamente en esa mezcla entre fragilidad, inteligencia y velocidad emocional. En Envidiosa encontró quizás su personaje más representativo: una mujer contemporánea atravesada por discursos terapéuticos, feminismos de superficie, vínculos líquidos y angustias muy antiguas.

En el fondo, Victoria Mori funciona porque expresa una fantasía contemporánea muy específica: la de convertir la propia neurosis en estilo. Fracasar con encanto. Derrumbarse con gracia. Sobrevivir al ridículo afectivo sin perder sofisticación. Y en esa gimnasia emocional, tan porteña como universal, Griselda Siciliani encontró uno de sus tonos más precisos.


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