Sociedad | CALIDAD DE VIDA

Las edades del cerebro

Tiempo de lectura: ...
María Carolina Stegman

Hallazgos recientes demuestran que el envejecimiento cerebral no depende solo de factores individuales, sino también de condiciones sociales. Un estudio que redefine el enfoque sobre la salud cognitiva.

Jugar por jugar. Las actividades lúdicas y culturales y los deportes retrasan el deterioro cognitivo.

Foto: Getty Images

Un estudio publicado en la prestigiosa revista Nature Medicine, y de la cual participaron investigadores argentinos, reveló que el entorno donde las personas transcurren su vida condiciona de forma directa la velocidad a la cual el cerebro se va deteriorando, es decir, envejeciendo. 

En un contexto de aumento, a nivel mundial, de la expectativa de vida, el hallazgo ofrece algunas claves sobre las condiciones en que las personas llegan o pueden llegar a edades cada vez más avanzadas. A su vez, conocer las variables que influyen en estas situaciones resulta valioso al momento de diseñar políticas públicas orientadas a mejorar el envejecimiento.

El equipo de investigación analizó los datos de más de 18.700 personas de 34 países, incluida la Argentina. Lo que se demostró es que el denominado «exposoma» (el conjunto de factores físicos, sociales y políticos a los que estamos expuestos a lo largo de la vida) posee un impacto acumulativo que puede llegar a explicar hasta 15,5 veces más variabilidad en el envejecimiento cerebral en comparación a cualquier factor individual por sí solo.

«El descubrimiento más importante del estudio no es que estos factores interfieren en el envejecimiento sino que es la interacción de los mismos lo que acelera el envejecimiento y puede explicar mejor el proceso», sostiene en diálogo con Acción Cecilia Jarne, investigadora del Conicet y de la Universidad Nacional de Quilmes, que formó parte del trabajo.

Según detalla la investigadora, el trabajo incluyó datos de países de América Latina, como Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Perú, y de Estados Unidos y Canadá. También participaron muchos otros de Europa, incluyendo España, Noruega, Suecia y países bajos, además de Australia, Japón y China.

«Se buscaron bases de datos cerebrales sobre personas sanas y otras con demencia. En mi caso, trabajé con el modelo para predecir la edad cerebral. Los datos cerebrales provienen de diversas técnicas de medida. En este caso, la resonancia magnética fue una, ya que las imágenes permiten medir el volumen de materia gris. A su vez, se sumaron  técnicas como las encefalografías o magnetoencefalografías; que miden actividad y salud cerebral y son útiles para predecir la edad del cerebro», describe Jarne.

Los unos y los otros
Los participantes de la investigación se dividieron entre personas sanas (controles), otras con Alzheimer y personas con lo que se conoce como demencia frontotemporal, que es un tipo de demencia que afecta a las personas de más de 50 años, pero que no está caracterizado por la pérdida de memoria, sino por una desinhibición muy salvaje. Otra de las condiciones que padecían era el decaimiento cognitivo inicial, que precede a una patología cognitiva como la demencia.

Lo que se hizo concretamente fue relevar los indicadores del lugar geográfico de residencia de cada participante. Por ejemplo, los índices de calidad de vida: la calidad del aire, el acceso al agua potable, a la electricidad, cuán cerca o lejos se estaba de cuerpos de agua. Además de los factores ambientales, se prestó atención a los asociados a índices de desigualdad: coeficiente de Gini u otros vinculados con medidas de calidad democrática, por ejemplo. Luego, estos datos fueron analizados mediante estrategias de aprendizaje automático Machine Learning, una rama de inteligencia artificial usada para entrenar modelos y hacer predicciones, en este caso, la edad cerebral.

«El estudio diferenció, además, los efectos según el tipo de exposición: mientras que el entorno físico (como la contaminación) acelera el envejecimiento estructural del cerebro, el entorno social y las inequidades impactan más en su envejecimiento funcional», indica la investigadora. Es decir que los factores sociales y políticos tienen efectos sobre la conectividad de las redes neuronales.
El envejecimiento estructural es lo que se mide, precisamente, con las imágenes proporcionadas por las resonancias magnéticas y que pueden evaluar qué pasa con la materia gris en el cerebro, cuya disminución es un proceso natural a lo largo del tiempo. Se puede comparar el volumen de materia gris de personas sanas versus personas con patologías o pueden hacerse comparaciones entre personas expuestas a diversos factores.

Según Agustín Ibáñez, científico argentino y director del instituto BrainLat en América Latina y el Programa Internacional de Investigación en Salud Cerebral del Trinity College, en Dublín, Irlanda, y uno de los líderes del estudio, este hallazgo redefine el enfoque tradicional sobre la salud cerebral: «Factores como el clima, la pobreza o la inestabilidad política tienen efectos combinados en el cerebro. Esto muestra que la salud cerebral no depende solo de decisiones individuales, sino también de condiciones sociales y ambientales».

«Las imágenes estructurales evidencian el acumulado, porque la reducción del volumen de materia gris te habla de la historia de daño natural o acelerado. Mientras que la información funcional surge de medir la actividad a lo largo del tiempo, observada en períodos cortos, en distintas regiones cerebrales, lo que permite armar lo que se conoce como matrices de conectividad entre las distintas regiones. Si se ve comunicación entre dos regiones significa que están conectadas, entonces se puede medir cómo estas conexiones, a lo largo del tiempo, van cambiando, esa es la información funcional del cerebro. Si las conexiones disminuyen se puede decir que las regiones cerebrales se van desconectando. El estudio mostró que exponerse a factores sociales como la desigualdad afecta a la conectividad funcional, mucho más que los factores ambientales», explica Jarne.

Políticas públicas y ciencia
Los hallazgos científicos no son menores y sería deseable que fueran considerados al momento de diseñar políticas públicas, en un contexto local donde, según datos oficiales del segundo semestre de 2025, unas 13 millones de personas se encontraban debajo de la línea de la pobreza. 

«Sería ideal que las personas que se dedican a crear políticas públicas pudieran sentarse con los científicos para poder basarse en evidencias al momento de hacerlo. Hay políticas públicas muy baratas que mejoran la calidad de vida de la población: hacer actividades lúdicas, culturales, hacer deportes, todo esto disminuye el envejecimiento cerebral.  Incluso, si lo viéramos solo desde una mirada económica, se reducirían costos sanitarios, porque la atención de las demencias es algo muy caro, hay que invertir en tratamientos y cuidados; todo eso bajaría», asegura Jarne. «Estresar y explotar a la población no es productivo, se deteriora muy rápido la calidad de vida ‒concluye la profesional‒. Pensar en cultura, ciencia y arte no es una inversión vacía. No se trata de decidir entre darles de comer a las personas o darles cultura, son las dos cosas: tienen que ser políticas de Estado».

Estás leyendo:

Sociedad CALIDAD DE VIDA

Las edades del cerebro

Dejar un comentario

Tenés que estar identificado para dejar un comentario.