4 de marzo de 2026
Cada vez hay más personas centenarias y los nacimientos siguen disminuyendo. Mientras la ciencia explora cómo retardar el envejecimiento, la longevidad plantea desafíos inéditos.

Actualmente, la única población que crece en el mundo es aquella que tiene más años. O, como dice María Julieta Oddone, doctora en Sociología de la UBA y magíster en Gerontología de la Universidad Nacional de Córdoba, «los centenarios, es decir, los muy viejos, salieron del clóset».
En 2015, se calculaba que, a nivel mundial, había 450.000 personas de cien años o más. Ese número aumentaría a 3,7 millones hacia 2050.
Argentina no escapa a este fenómeno que ha interesado al ser humano desde tiempos remotos y que resurgió con la miniserie de Netflix Vivir 100 años: los secretos de las zonas azules (2023), de Dan Buettner.
En ella, el investigador exploraba la forma de vida, la alimentación y las costumbres que han llevado a los habitantes de diferentes puntos geográficos, como Okinawa, Japón; Cerdeña, Italia; Loma Linda, en California, Estados Unidos; Icaria, Grecia, y la Península de Nicoya, en Costa Rica, a ser más longevos que en otros sitios.
Estas personas, según Buettner, «viven vidas activas, vibrantes y felices, y sus secretos podrían ayudarnos a todos». Dieta adecuada, actividad física, vida con propósito, pertenencia a una comunidad, manejo del estrés, figuran entre los elementos más o menos conocidos. La médica geriátrica Clara Perret agrega: «Evitar hábitos tóxicos como el tabaco, tener una red de afectos, una tendencia al optimismo y ser resiliente».
«En la Argentina no tenemos zonas azules ni centenarios con un tipo de vida como aquellos que viven en una montaña o en una isla. En general, los centenarios de nuestro país comparten algunas características y viven en ciudades, sobre todo en CABA y los alrededores», comenta Oddone. «La expectativa de vida varía según nivel económico-social. En CABA y otras poseen niveles un poquito más altos (con cierta protección en el curso de la vida, como la salud), pero no en todos los casos».
¿Cómo son estos centenarios? «Muy activos, curiosos, optimistas, tenaces; con gran autonomía para actividades cotidianas y agilidad mental; tienen proyectos; se sienten queridos y acompañados; poseen determinación y fuerza frente a la adversidad y transforman las pérdidas en ganancias», enumera Oddone, que también es investigadora principal del CONICET y directora del Programa Envejecimiento y Sociedad en FLACSO.
Cuestión de células
En 2001, basándose en el censo, había 1.855 argentinos de cien años o más. «Hoy, la cantidad de centenarios rondaría los 10.000, la mayoría son mujeres», señala Oddone. «Siempre hubo personas viejas, pero nunca hubo sociedades envejecidas. Y cada vez hay menos niños», precisa. De hecho, la tasa de natalidad argentina bajó un 40% en la última década. «Acá, como en otras sociedades, la tasa de reemplazo entre generaciones está por debajo del 1,5% y, en CABA, por debajo del 1%», analiza Oddone.
Aunque no se puede establecer con certeza por qué algunas personas viven más, la genética y los hábitos jugarían un papel en ello. «Muchos factores determinan cómo envejecemos, y posiblemente no los conocemos todos», afirma en una entrevista Salvador Macip, médico y director de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universidad Oberta de Catalunya (UOC), que investiga las bases biológicas del envejecimiento, hace años.
El reputado doctor en Genética Molecular David Sinclair, que es profesor en el Departamento de Genética de la Universidad de Harvard y estudia el envejecimiento y cómo retardarlo, recalca que «la inmortalidad parece un largo camino, incluso para un ratón. Aún ni siquiera podemos crear una célula de levadura inmortal».
Sinclair subraya que antes se consideraba «egoísta» hablar de «retardar el envejecimiento», porque envejecer «es visto como algo natural que se tiene que aceptar. Pero el público y la profesión médica rechazan cada vez más que esté bien quedarse ciego o sordo y perder la memoria a cualquier edad… Mucha gente quiere vivir más, aunque no lo admita».
De modo indirecto, el médico recomienda dejar de tomar alcohol (mientras que en la serie de Buettner respaldan la idea de beber una copa de vino al día), porque «es un neurotóxico que encoge el cerebro, y todos necesitamos nuestros cerebros para estar en buenas condiciones».
Si bien la reprogramación celular (una técnica que busca rejuvenecer los tejidos y que, hasta el momento, se ha ensayado con resultados fallidos o limitados en animales) es uno de los enfoques más prometedores en la lucha contra la vejez y la enfermedad, otro científico reconocido, el especialista en investigación biomolecular Manuel Serrano, asegura que el anhelo de la inmortalidad «es pura fantasía para hacer volar la imaginación. No lo critico, pero no es un objetivo realista en la mente de la inmensa mayoría de los científicos o empresas farmacéuticas», dijo en un reportaje de la RTVE, en 2024.
Para Serrano, que actualmente trabaja en Altos Labs, «la investigación en envejecimiento en realidad es investigación en enfermedades, y la enfermedad no es más que el envejecimiento acelerado de un órgano».
Problemática estructural
¿Se está adaptando la sociedad al aumento de la longevidad? La geriatra Perret dice que sí, «pero a un ritmo más lento que el de la vejez poblacional». Entre los desafíos locales, se contarían: «Políticas públicas que promuevan un envejecimiento saludable y el acceso a ayudas técnicas para preservar la funcionalidad, autonomía e independencia en los adultos mayores, en la mayor medida y el mayor tiempo posible». A su juicio, los sistemas de salud tendrían que «adaptar sus instalaciones, formar recursos humanos y orientarlos a la atención de pacientes con enfermedades crónicas y dependencia, incorporando áreas, tanto de geriatría, como de rehabilitación y cuidados paliativos». Ya se percibe «una mayor demanda de un abordaje especializado e integral», sostiene.
Las problemáticas sociales «son muchas», indica Oddone. Aparte de la salud, a nivel de economía, educación, cuidados. «En educación, hay que generar alternativas, quizá universidades de la tercera edad», menciona.
Antes, la estructura familiar era «un triángulo perfecto (niños en la base, adultos al medio y viejos en la cúspide), ahora es casi una pirámide invertida», explica la socióloga. «La media es con abuelos, bisabuelos y hasta tatarabuelos, pocos padres, tal vez un tío, un niño o ninguno, sin hermanos ni primos. El sostenimiento es cada vez más difícil».
Oddone y Paula Pochinesta, psicóloga y doctora en Ciencias Sociales, llevan una investigación sobre centenarios para la que han entrevistado a argentinos de 108 años y más edad. Así descubrieron que «existe una proporción muy alta de cuidadores mayores. Hay gente de 80 cuidando a cónyuges, parejas, hermanos e incluso padres. Y personas de 70 o 75 y más cuidando a niños».
Oddone opina que, «salvo por el tema de la jubilación o del cuidado de los viejos, no se abordan los cambios estructurales. Se sigue pensando en la familia como un triángulo perfecto, no invertido. Y que la problemática de la vejez y del envejecimiento es de los adultos que deben cuidarlos». Y no. «La solidaridad, que antes era horizontal entre generaciones, va a pasar hacia el propio grupo generacional, porque los jóvenes o niños no van a tener quienes los sostengan si continúa esta baja natalidad y esta verticalidad de las familias».
En 2024, la OPS cifró la esperanza de vida en Argentina en 77,5 años. Neuquén lideraría el ranking con mujeres que viven unos 83 años y hombres que pasan de los 76, según datos locales, lo cual ha llevado al gobierno neuquino a diseñar programas para que los mayores se integren y permanezcan socialmente activos. Quienes estudian la vejez coinciden en que más que llegar a los 120 años a toda costa, la cuestión parece ser «cómo vivir más y mejor».
