Sociedad | Crímenes desde la cárcel

La trama detrás del suicidio en Olivos

Tiempo de lectura: ...
Ricardo Ragendorfer

La muerte de un soldado en la residencia oficial encendió todo tipo de teorías especulativas, pero solo se trataba de un caso de chantaje. El rastreo de un crimen que combinó nuevas tecnologías y azar.

Drama. El soldado del regimiento de Granaderos, Rodrigo Gómez, se quitó la vida en la Quinta presidencial el 16 de diciembre.

Foto: NA

Esa llamada por WhatsApp fue efectuada al anochecer del 16 de diciembre de 2025. Y comenzó con la siguiente frase:  
–¿Te enteraste de lo que pasó?
Quien la había pronunciado, no esperó la respuesta. Y soltó de corrido la novedad en cuestión. A su interlocutor, aquello le cayó con el mismo peso que una gigantesca roca en el océano.

Ambos eran socios en un emprendimiento –por demás, floreciente– que, sin embargo, acababa de irse a pique. Y por algo que ellos no habían calculado.

Cabe destacar que tal comunicación se hizo a través de un celular desde el penal de Olmos, a otro en el de Magdalena. Es que estos dos «empresarios» se encontraban privados de su libertad. 

En el asunto participaba un tercer preso, también alojado en Magdalena. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. 


La reja por destino
Tomás Francavilla, nacido 22 años antes en un barrio de San Justo, del partido de La Matanza, había soñado en su adolescencia con integrar una banda como la de Luis «El Gordo» Valor. Claro que no llegó a tanto. 

Es que su iniciación delictiva fue posterior a la era de los espectaculares asaltos tipo comando a bancos, grandes empresas y camiones de caudales. Ya no había hechos de esa magnitud; especialmente, por motivos tecnológicos: la profusión, hasta en los sitios más recónditos del tejido urbano, de cámaras, tanto privadas como municipales –algunas, incluso, capaces de identificar a un sujeto por una arruga en la comisura del ojo–, hizo que, por ejemplo, fuera imposible encubrir la ruta del repliegue de los pistoleros tras consumarse un atraco, puesto que sería reconstruida por la policía con una sencilla revisión de sus imágenes en forma sucesiva. Por no hablar de las alarmas cada vez más sofisticadas.  

Paradójicamente, a Francavilla (a) «El Monito», le atraía la tecnología; al menos, a la que él tenía acceso a través del celular.

Sin embargo, no le había quedado más remedio que el robo de vehículos a mano armada, además de asaltos a peatones. Era, diríase, un módico salteador de caminos. Y a cambio de magros botines. Aun así, mantenía intacto su anhelo de grandeza. El resto de su vida hasta parecía normal, dado que tuvo el tino de no llamar la atención entre sus vecinos de San Justo.  

Porque su zona operativa se extendía desde Avellaneda a Quilmes. Pero, a comienzos de 2022, «perdió» en Wilde a bordo de una moto robada. 

Permaneció allí, en un calabozo de la comisaría 5ª, menos de una semana, ya que lo liberaron por ser menor. En San Justo no se había notado su ausencia. 

Por entonces, comenzó a noviar con Iris Ayelén Consentino, una piba de su misma edad que residía en Lomas del Mirador.

Ella no imaginaba la trama en la que se embarcaría junto a él. Aunque no de inmediato. Porque, primero, el Monito volvió a caer preso.

Fue a fines de 2023 en González Catán por un asalto a mano armada.

Ya era mayor. De modo que, en el invierno siguiente, el Juzgado de Garantías N°4 de La Matanza lo condenó a tres años y diez meses de prisión. Así fue a dar con sus huesos al penal de Magdalena. 

Lo cierto es que su estadía penitenciaria (que aún hoy perdura) haría de él un hombre de provecho, pero solo en el mundo del hampa.  


Gambeteando la suerte
De entrada, hubo una circunstancia que allí lo favoreció: tener como compañero de celda a Mauricio «El Nene» Duarte, de 23 años y «chorro» de autos como él, con quien estableció una gran amistad. 

Tampoco fue un hecho menor que consiguiera un celular en el mercado negro del penal, gerenciado –dicho sea de paso– por los guardiacárceles.

Pues bien, no necesitó más para poner en marcha un plan algo diabólico. Y tal vez, solo al principio, para mitigar las horas muertas del encierro. Pero, de a poco, su desarrollo empezó a intoxicarlo como una droga.

La tentación fue muy grande, y no era para menos: todo plan, en el campo del delito, es una denodada lucha contra el azar. Y él lo sabría en carne propia. 

Aunque, por lo pronto, paladeaba la dulce certeza de que nunca más iría a «salir de caño» por unos pocos pesos.

La ingeniería del asunto fue afinada meticulosamente por el Monito, con la asistencia in situ del Nene, a quienes se les unió Kevin Sandoval (a) «Jopito», pero en forma remota, ya que estaba preso en Olmos. 

He aquí su operatoria, que consistía en cuatro pasos, comenzando por la creación de perfiles «truchos» de chicas en Evermatch, una conocida aplicación de citas. Ese era el anzuelo para atraer al «punto», así como ellos denominaban al incauto de turno. Tras los primeros mensajes por esa aplicación, las comunicaciones entre ambos proseguían, siempre a través de mensajes de texto por WhatsApp.

Hasta que, de pronto, entraba en escena la presunta madre de la chica imaginaria –interpretada por el propio Monitto, impostando una muy creíble voz de señora furiosa–, quien, también por WhatsApp, acusaba al galán de «degenerado», al sostener que su hija es menor, además de anticipar que ya le hizo la denuncia (a esta fase, el Monito la llamaba «el audio del terror». Y la frutilla del postre era el llamado de un «cana» –que se identificaba como el oficial Nahuel Conti– con el propósito de exigir dinero para «cajonear» la causa.

Lo cierto es que Nahuel Conti existe y pertenece a la Policía de la Ciudad, pero el Monito le había usurpado su buen nombre y honor.

Los tres presos contaban con el apoyo externo, en servicios de logística y cobranzas, de cuatro mujeres, a saber: la ya mencionada Iara Ayelén, Karen Yael Vufré (la novia del Nene), Camila Moscato y Érica Yamila Torres. 

Ninguna sombra aún se extendía sobre esta gavilla no tradicional.


El tiro del final
Ya a días de terminar la primavera de 2025, el negocio seguía viento en popa. Los damnificados se contaban por docenas y la facturación era fabulosa.

De la última víctima, por caso, habían obtenido casi 1.500.000 pesos en cuatro depósitos enviados a diversas billeteras virtuales. Y, para colmo, aún no habían terminado de exprimirla.  

Fue cuando Sandoval, desde Olmos, lo llamó a Francavilla para decir:  
–¿Te enteraste de lo que pasó? 
Y sin esperar la respuesta, le soltó de corrido la novedad: 
–El «punto» acaba de matarse. ¡Te lo juro! Lo acabo de oír por la radio.
Era el soldado del regimiento de Granaderos, Rodrigo Gómez.  

Su deceso había ocurrido durante la mañana de ese mismo martes nada menos que en la Quinta presidencial de Olivos. Es que, asfixiado por el chantaje del que era objeto, se descerrajó un tiro con su FAL. 

El sonido del disparo sobresaltó al propio Javier Milei. Y de inmediato, el cuerpo fue hallado en una garita aledaña a su chalet. 

Semejante epílogo –pensó el Monito– no podía ser más embarazoso.

Era algo que no estaba en sus cálculos. Y se maldijo por ello. Pero también por otra razón: la bitácora de la tragedia estaba en el celular del occiso. En consecuencia, la resolución del caso sería un juego de niños.   

El azar, finalmente, había ganado la partida, y sin privarse de una ironía: la jueza federal Sandra Arroyo Salgado tardó 54 días en esclarecer lo sucedido. 

Estás leyendo:

Sociedad Crímenes desde la cárcel

La trama detrás del suicidio en Olivos

Dejar un comentario

Tenés que estar identificado para dejar un comentario.