27 de mayo de 2026
En la carrera por sumar seguidores y dinero, los influencers cruzan límites cada vez más extremos. Lograr visibilidad: el nuevo imperativo de un tiempo colonizado por el algoritmo y la mirada.

Como si fuese una escena sacada de un capítulo de Black Mirror, esa serie que se sumerge en los límites oscuros y sádicos de la tecnología y las redes sociales, en la vida real crecen los streamers e influencers que se exponen a retos inhumanos y humillantes. En algunos casos, para convertirse en famosos, sumar seguidores y likes y en otros por necesidades económicas. Del otro lado de la pantalla, hay quienes gozan en tiempo real del sufrimiento ajeno. Influencers que aceptan desafíos extremos, incluso poniendo en riesgo su vida, o los llamados trash streamings que se someten a retos humillantes, desde tomar cantidades extraordinarias de cocaína hasta beber su propia orina.
El 30 de diciembre de 2025, la muerte por sobredosis de Sergio Jiménez Ramos, un reconocido streamer catalán, conmocionó a España. La noticia se viralizó por el mundo a la velocidad de un relámpago. Se supo que durante la madrugada de fin de año, un grupo reducido de personas había participado por Google Meet de un reto viral: a cambio de dinero, Sergio fue desafiado a consumir en directo cocaína y alcohol.
Para Martín Becerra, investigador principal de CONICET y profesor en la Universidad Nacional de Quilmes y UBA, la tentación de exhibirse, buscar reconocimiento o visibilidad ya existía en generaciones anteriores, aunque en contextos mediáticos muy distintos. La diferencia central es que las tecnologías previas no permitían la difusión en tiempo real ni el acceso inmediato y masivo a públicos de millones de personas. «La verdadera novedad de la evolución digital no es la autorreferencialidad, sino la escala, la velocidad y el alcance. Manuel Castells ‒investigador en globalización, sociedad en red y estudios de Internet‒ denomina a este fenómeno “autocomunicación de masas”: una comunicación producida por el propio sujeto, centrada en sí mismo, pero con difusión potencialmente masiva», dice.
Valentina Arias es doctora en Ciencias Sociales (UNCuyo) y docente de las materias Psicología y Teoría de la Comunicación: «Vivimos en un tiempo que produce cada vez más imágenes, y eso ha transformado nuestra relación con la mirada. En ese ecosistema saturado, ser visto implica volverse extraordinario en el sentido literal del término: salirse de lo ordinario. No necesariamente para producir algo bello o valioso, sino incluso algo extraordinariamente horrible. Dos de los grandes temas de la humanidad: la sexualidad y la muerte ‒o, si se quiere, el amor y la violencia‒ circulan hoy con una facilidad inédita», dice.
Según la especialista, autora de numerosas investigaciones sobre medios digitales, para lograr visibilidad en redes es necesario subir la apuesta, elevando el umbral de lo violento o explícito. Contenidos antes escandalosos, hoy resultan normales. En un contexto de fuerte desregulación, potenciado por la lógica de las plataformas, los algoritmos no solo facilitan el acceso a contenidos extremos, sino que los premian. En ese sentido, los trash streamings ganan popularidad y aceptación. La figura del influencer ocupa un lugar central en la economía de la atención contemporánea. No se trata solo de individuos excéntricos, sino de actores relevantes en la producción de sentido social: «La intensidad se convierte en un valor central y en capital simbólico. Esto produce una lógica donde la pregunta ya no es si algo está bien o mal, sino si es espectacular, si circula, si vende. El juicio moral queda desplazado, incluso ridiculizado como anticuado. Vivimos en una cultura que valora la intensidad: vivir, amar y trabajar intensamente. Entonces, las experiencias extremas se convierten en capital simbólico», dice Arias, autora del libro Mandar fotitos. Mujeres jóvenes, imagen y sexualidad en la era digital.
Desde hace 20 años, Pablo Avendaño, conocido como Magnus Mefisto, produce contenidos audiovisuales de misterio y terror. Tiene dos millones de suscriptores en YouTube y más de 457.000 seguidores en Instagram, su trabajo de youtuber consiste en analizar películas y sintetizarlas en piezas breves para redes. Ese material puede derivar en contactos con distribuidoras de cine o empresas del rubro. Su rol es informativo: presenta estrenos y cuenta de qué tratan, no está obligado a elogiar una película si verdaderamente no le gustó
Vista desde afuera la vida de un creador o influencer suele asociarse a canjes e invitaciones, la dinámica diaria es exigente. «Es un trabajo prácticamente 24/7. La cabeza sigue procesando ideas y proyectos incluso cuando no estás frente a la pantalla. Tenés que obligarte a frenar. El desgaste es mental: comparable al de un oficinista que trabaja días y días sin descansar», dice el famoso influencer.
Como base, dedica al menos ocho horas diarias, distribuidas en bloques flexibles de edición, planificación y revisión. Para él, vivir de las redes es posible, pero requiere ser profesional: «Hay que tomarlo como un trabajo full time: estudiar el nicho, analizar formatos y producir de manera constante».
Las investigadoras en ciencias Sociales Valentina Arias y Nemesia Hijós realizaron un dossier sobre «Ser influencer. Cuerpos publicitarios, liderazgo y reconocimiento en el capitalismo global». Hijós dirigió el proyecto, el espacio de trabajo fue en el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires.
«Durante el trabajo de campo con grupos de running en Capital Federal, observé cómo algunos corredores se destacaban no solo por su desempeño deportivo, sino por su visibilidad digital. Eran influencers, embajadores de marcas o aspirantes a serlo. Sus cuerpos, sus rutinas y sus estilos de vida comenzaban a funcionar como marcas personales, atravesadas por procesos de mercantilización propios del capitalismo global y neoliberal. Las redes sociales exhiben una vida editada: éxito, felicidad, disciplina, superación. La vulnerabilidad ‒el llanto, el cansancio, la frustración‒ también se vuelve mercancía, generadora de engagement (capacidad de una marca para lograr una conexión con su audiencia). El cuerpo, aún cuando no responde al ideal hegemónico, debe ser trabajado, disciplinado y mostrado como resultado de elecciones “correctas”», dice Hijós, quien además es becaria postdoctoral de CONICET y docente UBA-UNMdP.
Para la investigadora, estos procesos están fuertemente atravesados por los discursos del coaching ontológico y de la vida empresarial, que han calado hondo en la subjetividad contemporánea. Influencers y embajadores de marcas se afianzan como una identidad reconocible que traspasa la cultura digital. Ideas del mundo corporativo como «ser tu propio jefe», «superar tus límites» o «convertirte en tu mejor versión incluso sufriendo un dolor placentero» se trasladan al campo del ser influencer, por ejemplo en el mundo fitness. «Muchos entrevistados contaban que correr maratones, exigirse físicamente o mostrar disciplina corporal era valorado también en sus ámbitos laborales. Por ejemplo: algunos publicaban con cierto orgullo que les sangraban las tetillas luego de una maratón o que perdían las uñas luego de correr 42 kilómetros. Incluso algunos corredores terminan dando charlas motivacionales en empresas, donde el disciplinamiento del cuerpo aparecía como modelo de rendimiento, cumplimiento de objetivos y éxito profesional», dice.
En la carrera por sumar likes y seguidores, algunos influencers cruzan límites cada vez más extremos, llegando incluso a poner en riesgo su vida. Por una foto o un reto inhumano, aceptan desafíos con el objetivo de obtener una popularidad instantánea, tan fugaz como superficial en su impacto.
